Hay una puerta de entrada a la aventura africana que yo suelo atravesar con frecuencia. Tras ella, el tiempo no existe, se detuvo hace años y sigue a la espera de la llegada de otra caravana de camellos que vuelva a atravesar el colorido valle del Ounila, trayendo desde las lejanas arenas del Azeffal, oro de Ghana, plumas de avestruz del Sudán, nueces de cola o historias increíbles de remotos reinos.

La puerta está medio oculta y sólo se llega a ella zigzagueando por una pista en muy mal estado sobre un valle donde la única compañía será un perdido rebaño de cabras funambulistas encaramadas a sus queridos árboles de argán y algún desdentado vendedor de geodas. Enseguida se va dejando atrás un pequeño bosque de sabinas retorcidas por ese viento del desierto, que por allí sopla siempre con venganza, caliente y asfixiante y unas viejas minas donde extraían la sal que llevaban las caravanas en dirección al desierto.

Y poco mas, pero tras atravesar un pequeño desfiladero de rocas negras descoloridas sobre tierras ocres aparece la aldea de Telouet, donde todavía aguantan en pie las ruinas de un palacio que poco a poco se va derritiendo sobre la tierra roja. Es el palacio de El Glaoui, el Pachá de Marrakeck y Señor del Atlas, que convirtió esta pequeña aldea en una nueva versión del reino de Sherezade y los cuentos de las 1001 noches.

Hombres de estado, militares, científicos o periodistas, todos los personajes importantes de la época fueron pasando por Palacio: desde Winston Churchill al General Patton, Ernest Hemingway, Petain o Montgomery …Y entre aquellos suelos de mármol, paredes estucadas y techos maravillosamente artesonados tuvieron lugar decisiones políticas, intrigas palaciegas, suculentos banquetes, suntuosos regalos, romances y hasta algunas escenas incontables en las que ahora no puedo pensar porque estoy recién operado del corazón, pero que mi mente calenturienta no para de imaginar que pasaron. Dicen que allí todo era posible.

Desde un balcón de palacio se divisa el valle del rio Ounila. No es mal contraste el de las cumbres nevadas del Atlas, los acantilados ocres, el intenso verde de las copas de las palmeras y los bosques de eucaliptos, con un cielo increíblemente azul. Poco más abajo se encuentra el Valle de las rosas, en Kelaa Mgoun y mas allá el desierto. Que rápido se entiende al bajar por este valle aquello que decía Kapuscinsky de que en África primero era el color y luego el olor. Aunque soy consciente que no se refería a esto cuando lo escribió.

 

Continuando por el valle desde Telouet hacia el gran desierto hay que bajar a media marcha y sin hambre, que la tripa vacía siempre ha sido mi peor consejera, atentos a cada recodo del camino, que en África la aventura está siempre al acecho. Por el camino los Glaoua construyeron decenas de Kasbahs para proteger y apoyar las caravanas que venían agotadas desde el oasis de Audaghost tras atravesar las muertas llanuras del Ametlich. Tenéis que parar en las kasbash de Ameniter o en Assaka, colgada sobre una gran grieta y en Tamdagh, en todas…todas me gustan. Recuerdo perfectamente la primera vez que recorrí esta pista, iba en mi vieja bmw, excitado, tratando de contener a mi solitaria hormona femenina que por cierto me lleva de cráneo con tanta sensibilidad y que se encontraba totalmente disparada ante la belleza del paisaje.

El broche final del día vendrá sumergido en un gintonic en copa de balón desde la terraza de Dar Mouna contemplando el ksar de Ait Ben Haddou al atardecer mientras se intenta imaginar las historias de aquel viejo pasado lleno de esplendor.

Para mí, de todos aquellos grandes personajes que pasaron por Telouet, Rosita Forbes, la gitana al sol, siempre ha sido mi predilecta. Dicen que la aventurera británica se enamoró de El Glaoui y que allí también conoció a El Raisuni, sobre el que escribió un libro del que se hizo una película muy especial, el Viento y el León. Me gusta mucho la despedida que el Raisuni le hace a su enamorada antes de perderse galopando hacia el Atlas:

Volveremos a vernos, Sra. Pedecaris, cuando los dos seamos como nubes doradas flotando sobre el viento…

Con los años se me ha ido ablandando un poco el espíritu y los días de lanzarme a la aventura empujado por algún juramento nocturno o en busca de un beso inalcanzable, empiezan a dar paso a los de disfrutar releyendo aquellas aventuras cercanas a la fantasía que tantas veces me hicieron soñar y que a tantos líos me llevaron.

Y será que por fin voy madurando, porque esta noche estoy encantado recordando una gran locura de la exploración africana cuyos pasos intenté seguir, a mi manera y con resultado desigual.

Me refiero a la gesta de Emile Gentil. Hace unos días escribía sobre las aventuras para desvelar el secreto del río Níger, y esta vez os llevo al río Ogooué, más al sur. Otro río, otro loco, otro sueño…

Aquella locura ideada por Gentil consistía en recorrer el interior de Gabón por el río en un barco de vapor, desmontarlo al llegar a su nacimiento y llevarlo a cuestas atravesando selvas, sabanas y zonas pantanosas para montarlo nuevamente en el Chad y navegar por los ríos Logone y Chari hasta llegar a la ciudad mercado de Kousseri, en el extremo norte de Camerún…

Y aunque así contado parezca de sencillísima ejecución, el asunto se veía complicado por las enfermedades, los animales salvajes y los hostiles habitantes del reino de Kanem Bornu.

 

Una idea descabellada, pero como dijo Unamuno, “Sólo el que intenta lo absurdo es capaz de conquistar lo imposible”. Y yo, que no he conseguido ningún imposible, pero cosas absurdas he hecho unas cuantas, fui y navegué por aquellos ríos, y por supuesto, entré en Kousseri. Todavía no sé bien porqué lo hice, si fue porque se encontraba en el límite de todo, y los limites siempre me han tentado o simplemente fui porque nunca antes había estado allí. El caso es que entré.

No suelo planear mucho las cosas, que planear en África es fantasear, que lo dijo Moravia y yo lo aprendí en mi primer día. Viajo ligero, aunque nunca me falta en la mochila un trozo de fuet, una navaja, mi moleskin, un mapa, el pañuelo que me regaló un saharaui, un kikoi manta keniata, un par de camisetas y mis calzoncillos de la suerte (limpios). Eso es lo único que necesito para dejar todo atrás y desaparecer… y con ello me subí a una destartalada barcaza (sin intención de desmontarla) y puse rumbo al rio Ogooué, para terminar una aventura empezada mucho tiempo atrás.

Recorrimos en ella las playas salvajes de Gabón, viajando a media marcha, entre densos manglares rojos y negros o bosques inundados, atravesamos aldeas perdidas de los fang entre bosques primitivos y pequeños claros, donde suelen acudir a beber tímidos sitatungas o búfalos y elefantes de bosque. Fue el final de una gran aventura a plazos. Apegado a los placeres de la carne, regresé cuando se terminó el fuet. Además, aunque disfruté, reconozco que algo de miedo me daba aquella noche, tan negra, invadida por los cánticos de las ranas, algún inquietante chapoteo cercano, el chillido de los monos o el movimiento invisible de algunos mamíferos… esa noche, todo me mantenía alerta.

Tiempo atrás había recorrido los rio Chari y Logone, navegando en canoa entre aldeas de los Saras por el Chad, o visitando poblados Musgum en el Camerún, con aquellas edificaciones tan características. Allí empezó para mí esta aventura. Recuerdo los atardeceres en el Chari, el olor a mango o nuez de cola, las bandadas de garcetas saliendo en grupo de una acacia solitaria o el ronroneo cercano de una familia de hipopótamos. Ahora desde la lejana prisión de mi oficina, recuerdo con especial nostalgia aquellos días.

Por el Chari llegué a Kousseri, la ciudad mercado, donde todavía quedaba en pie el Palacio del sultán Rabih, aquel que dio batalla a Gentil en el rio, y perdió.  Además del palacio había un colorido mercado de miserias, alimentado por un tráfico incesante de motos, camiones y camellos todos enormemente cargados, que atravesaban sin cesar el Chari por el único puente existente y que terminaba en la frontera con el Chad. Allí, bajo un ritmo incansable, todo se vendía y todo era posible.

Y esta noche, mientras recordaba que atravesaba las aldeas perdidas de los fang, navegaba entre los hipopótamos del Chari o veía los elefantes de Kalamaloue acercándose a la ciudad de Kousserí, pensaba feliz que había sido una increíble aventura, otra mas.

Y como diría Hellen Keller, sorda, ciega y luchadora, la vida, o es aventura o es nada…

 

 

Y hablando de aventuras, y como no quiero que mis Consejos se pierdan o caigan en saco roto, aquí los vuelvo a escribir y los guardo:

1.-Escoge un destino diferente, lejano e inaccesible
2.-Una vez elegido no lo pienses dos veces
3.-Luego escoge cuidadosamente alguien que te acompañe
4.-Una vez elegido, piénsatelo dos veces
5.-Traza un buen plan
6.-No lo sigas. Cámbialo durante el camino, adáptate.
7.-Durante el viaje, haz siempre algo nuevo, algo que te de miedo, muuuucho miedo.
8.-No dejes de hacer cosas que lamentes no haber hecho, ni hagas cosas que luego lamentes haber hecho
9.-Enamórate perdidamente durante el camino, máximo tres días.
10.-No seas flojo
11.-Riete de todo
12.-Pruébalo (casi) todo
13.-Y finalmente, piensa con el corazón y no con la cabeza ( ni con otro apéndice del cuerpo…)

Estos trece consejos se resumen en uno, mira nuestra web  www.desertando.com y apúntate a alguna de nuestras aventuras

 

Cuenca del río Ogüé.

Algunas de las grandes gestas del siglo XIX, protagonistas todas de muchos de mis sueños confesables, tuvieron lugar intentando desvelar los misterios del Níger, un río que nadie sabía dónde estaba, ni hacia donde se dirigía, pero que, quizás por eso, ejercía un increíble poder de atracción. Un río con un espíritu rebelde que naciendo en las selvas de Futa Djalon, cerca de la costa, prefiere huir de ella, retorciéndose hasta internarse contra toda lógica en las ardientes arenas del desierto…  No, si yo fuera río haría lo mismo, le entiendo perfectamente.

La perspectiva de regresar este próximo otoño a Mali, acercarme hasta el puerto de Koulikoro y navegar en una pinaza por el río hasta Tombuctú me ha hecho pensar en aquellos exploradores que intentaron llegar allí siguiendo un impulso incontenible. Tan fuerte como el que motivó a Gordon Laing a arrastrarse durante 600 kilómetros por el desierto de Tanezrouft a pesar de estar gravemente herido (recibió dos disparos y hasta 28 heridas de sable de bastante gravedad), el que dio fuerzas a Oudney hasta morir estoico a camello consumido por las fiebres o arrastró a Mungo Park a internarse en soledad por el interior de África…Muchos otros lo intentaron, Clapperton, Lander…todos como Joseph Conrad, atraídos por esos espacios en blanco de maravilloso misterio. A ellos también les entiendo…

De todos aquellos que lo intentaron, creo que con el que más me siento identificado es con Ledyard. Dicen que fue convocado por la Royal Geographic Society para pedirle que se trasladara al Cairo y desde allí se internara en el interior de África atravesando un gran desierto desconocido hasta dar con el Níger y desvelar su secreto. Aquel día, cuando Sir Joseph Banks le preguntó cuando estaría listo para partir, contestó “mañana por la mañana”. Así me gusta, impulsivo y descerebrado, como uno que suscribe…

Mi camino fue diferente, pues el viento había borrado ya los pasos de aquellos aventureros, y aunque mucho menos peligroso, tampoco fue fácil, pues me sorprendieron la rebelión tuareg del Azawad, el golpe de estado del capitán Sanogo, algún que otro ataque terrorista, y lo que es peor, la falta de cobertura wifi en gran parte del itinerario. Por eso cuando me vi por primera vez frente al Níger, tan cerca de Tombuctú, estrella polar de mis viajes por el Sahara, convirtiendo en realidad lo que tantas veces soñé mientras recorría una y otra vez el mapa con un lápiz, se me llenaron los ojos de lágrimas y el corazón de recuerdos. Aunque quizá fuera el gin tonic que saboreé viendo el atardecer sobre el Níger desde aquella terraza de Segou, el que ablandó mis sentimientos.

Desde la terraza veía pasar las últimas pinazas del día. Y es que por el Níger hay que viajar así, despacio y en pinaza, viendo como en las orillas se van sucediendo grupos de mujeres lavando la ropa, familias de hipopótamos o ancianos a la sombra de algún gigantesco baobab, charlando, con todo el tiempo del mundo para perderlo… La pinaza se transforma en el transporte del alma, en un estado de permanente aventura y en continua exaltación de los sentidos. El Níger es el eje de la vida, atraviesa islas de pescadores bozo, aldeas bambaras o ciudades legendarias como Segou y Djenné. Inolvidable el paso por el bullicioso puerto de Mopti al atardecer o la mezcla de aromas (o mejor dicho olores), colores, la música de un djembé o los gritos de los mercados donde acuden por cientos bambaras, dogones, peuls, bozos, songais, senufos, mandingas o tuaregs con sus esclavos bellah. Más allá del puerto de Mopti, el Níger se va adentrando en el desierto, y se percibe la soledad en toda su grandiosidad. Después llega Tombuctú, la Perla del desierto, la ciudad de los 333 santos (aunque ya no quedan tantos), o Gao la capital del imperio Songhai….

En sus orillas nació, mucho tiempo atrás y de la mano del español Es Saheli, el arte sudanés, que consiguió unir agua, barro y paja para formar una obra de arte sublime y un estilo inconfundible. Acercaros a la mezquita de Djenné, el mayor edificio de barro del mundo, y vedlo con vuestros ojos, pasead por su fachada, mientras se oye la letanía de los niños recitando las suras del Corán…Id a verlo y entenderéis que digo.

Pero otro día os hablaré de estos lugares, que hoy os quería llevar a Segou. No lejos se encuentran las ruinas de Sekoro, el viejo Segou, la antigua capital del imperio bambara, donde hace mucho ya que el tiempo impuso sus derechos y ahora es tan solo dominio de los muertos.

Allí, en Segou, a orillas del río, después de más de un año de viaje en solitario y tras haber sido apresado, apaleado, robado, engañado, enfermado… fue donde llegó Mungo Park y desveló el secreto del curso del Níger.

Y feliz de la hazaña, mientras le explicaba a un nativo, probablemente un bambara, la importancia de su logro y los muchos sufrimientos pasados para conseguirlo, el nativo sorprendido, y con ese pragmatismo tan propio del lugar, le preguntó ¿es que no hay ríos en tu país?.

 

Recuerdo perfectamente aquel día. Hay años enteros perdidos en la memoria y sin embargo mantengo segundos que permanecerán intactos para siempre. Acabábamos de terminar de comer. Volábamos por el mar de dunas de Ubari a bordo de un destartalado todoterreno mientras en la radio sonaba Tinariwen, esa música tuareg, monótona como el mismo desierto que la inspira pero que tiene un encanto especial que adormece los sentidos y hace soñar al espíritu. Música que a mí, de sentimientos más básicos, me estaba amodorrando, a pesar de que unas moscas impertinentes y unos fusiles AK-74 que teníamos entre los pies, impedían que fuéramos lo relajados que la situación demandaba.

En aquel coche me acompañaban dos tuareg de confianza y un amigo llegado de España, hermano de sangre, muchas historias juntos por sitios extraños, no siempre fáciles. A pesar del calor llevábamos puesto el Chéché o Tagelmust para intentar pasar desapercibidos, aunque a mí me parece que a mi amigo le quedaba tan mal y a mí tan bien que provocábamos el efecto contrario. El otro coche que nos acompañaba estaba siendo tragado por el polvo rosa del harmatán, que había empezado a soplar levantando el desierto con un fuerte aire abrasador. Apenas se veía y hacía muchísimo calor.

Me gusta esa situación extraña que siempre precede a la aventura, aunque al final no termine de cuajar, da igual, es ése momento en el que la prudencia, que nunca ha sido mi fuerte, aconseja recapacitar y echar el freno, el que me atrae poderosamente. Aunque si de mí hubiera dependido habríamos continuado hasta alcanzar el lago Gabroun, el jardín más escondido del Sahara, o hasta las ruinas de Germa, la capital del imperio Garamante, la ciudad de los antiguos señores del desierto, tan cerca y a la vez tan inalcanzable. Pero de entre todos los deseos que invadieron mis sueños de aquella tarde, el que habría elegido cumplir sería el de perdernos por las montañas de Akakus, y acampar en cualquiera de esos miles de lugares sin nombre que sólo los tuareg conocen, al abrigo de los vientos y al calor de un fuego hecho de restos de acacias. Acampar y dejar que la noche nos alcanzara contando viejas y nuevas historias o hablando de mujeres, mientras saboreábamos un té espumoso, un gintonic  o cualquier otro jarabe de Fierabrás que nos hiciera recuperar del largo viaje.

Pero aquella tarde, mientras disfrutaba de aquella cabezada, y me quedaba cuajado pero siempre alerta, oí contar a los tuareg historias de un lugar siempre lejos, lejos de todo, un lugar hecho de silencio y soledad, donde se encontraba una extraña montaña de roca negra y caprichosas formaciones. Una misteriosa montaña, Jebel Akakus, en cuyas paredes se encontraban monumentos megalíticos y dibujos prehistóricos de cazadores, elefantes, jirafas, leopardos o cocodrilos, recuerdos de un pasado diferente, lleno de vida. Pinturas como el gran dios marciano que enloqueció a Henri Lhote en el Tassili o la cueva de los nadadores que enamoró al Conde Almasy en Uweinat. Esta es la otra gran riqueza escondida del Sahara.

Una maravilla que se me fue metiendo en el alma a medida que nos iban contando. Jebel Akakus, que los tuareg llaman Alkamar, el paisaje de la luna, una tierra que posee el poder de hacer que uno viaje hasta tan lejos y afronte algún que otro peligro. El mal ya estaba hecho, no había más remedio que ir.

Desde entonces este lugar se convirtió en mi obsesión, tristemente consciente de las dificultades y peligros para llegar allí, pero empeñado en hacerlo. Tuve suerte, porque fue a los pocos días que recibí la gran sorpresa, y es que a veces, en contadas ocasiones, el Cielo te manda un adelanto como compensación por los muchos desvelos y sacrificios realizados en este valle de lágrimas. Y este regalo del Cielo vino para mí en forma de invitación a sobrevolar por encima de dicha montaña.

Así que por fin allí estaba, ante mí, aquella impresionante mole negra del Tadrar Akakus, rodeada de silencio y desolación. Una desolación que se mostraba de muy diferentes formas, desde las interminables dunas blancas que dejamos en dirección a Murzuq a los laberintos de pináculos rocosos que emergen de entre la arena rojiza. Desde arriba divisaba tan pronto ríos fantasmagóricos, como esquinas de dunas de mil tonalidades o enormes formaciones encantadas de piedra, la imaginación disparada…Todo eso divisaba, la naturaleza sin domesticar.

Después de una hora de vuelo aterrizamos en Ghat, la ciudad de las tres fronteras, ciudad olvidada por el paso de la historia. Hasta aquí llegaron las cuadrigas de los garamantes, luego fue un importante centro caravanero y después el ultimo lugar de descanso de aquellos grandes exploradores, si es que lo tuvieron, antes de perderse para siempre camino de Tombuctú. Poco queda de su esplendor, convertida en un lugar de paso y frecuentado por una guerrilla invisible procedente de los países vecinos o por viajeros clandestinos cargados de esperanza y poco mas, y si acaso, algún loco como yo, emocionado.

Nunca en mi vida tuve un vuelo igual. Estaba extasiado y daba las gracias a todos aquellos grandes aventureros, como Alexander Gordon, los hermanos Lander, Heinrich Barth, Michael Asher y tantos otros que me precedieron por aquel lugar, cuyos relatos de aventuras me llenaron la cabeza de pajarillos y habían acabado por arrastrarme hasta allí.

Regalo del Cielo o Castigo Divino, porque ahora voy a tener que volver, y no me voy a quedar en Ghat.

 

Inicialmente había pensado titular el artículo la Venecia africana, y con este tan atractivo como poco original nombre sacado de una guía para turistas, quería llevaros a Benín y navegar por el laberinto de canales de Ganvié, la ciudad sobre el lago. Otro de esos lugares especiales que desde hace mucho tenía en pausa, a la espera de conseguir juntar tiempo y dinero, que son dos cosas que nunca me vienen juntas, aunque a decir verdad, ni separadas.

Pero Benín es mucho más, es como el significado de la palabra vudú, la fuerza, el alma, el África ancestral reflejada en sus etnias, es su esencia, el país de la magia. Por eso cuando recuerdo Benín, me aparecen con igual fuerza las danzas de máscaras gueledé, las fortalezas del País Somba o el olor tras la tormenta en la ciudad imperial de Abomey. Recuerdo también mis deseos de perderme por aquellos caminos de tierra roja entre las selvas del norte o simplemente el relax de la playa rastafari de Grand Popo; y por supuesto, recuerdo entrar por el paseo de eucaliptos encalados de Ouidah, la cuna del vudú, para atravesar el umbral que separa lo real y lo sobrenatural, la ciudad donde apenas se distingue entre vivos, muertos y ausentes…

Es todavía el África de la aventura y la sorpresa, lo que siempre busqué, que a veces aparece a la sombra de un baobab en las proximidades de una aldea Gourmanché, allá por el norte, mientras compartes fuet y un buen Ramon Bilbao a morro con una mejor compañía.

Volviendo a Ganvié, para entender el porqué de este lugar hay que remontarse 300 años, cuando el comercio de esclavos estaba en su apogeo y cerca, en Ouidah, belgas, ingleses, daneses, franceses y portugueses levantaron sus fuertes dedicados a la trata. La Puerta de No Retorno en la playa de la ciudad era el último lugar que veían de África. De allí salieron miles de esclavos tras ser subastados bajo el árbol de la plaza Chacha, marcados a fuego y hacinados en la oscuridad a la espera de ser embarcados hacia lo desconocido, dejando todo atrás, convertidos en mercancía.

Pero mi espíritu romántico y bohemio prefiere llevarme a recordar a aquellos botánicos, aventureros, tratantes, exploradores, buscadores de fortuna…  todos atraídos por la aventura, sabedores de que lo mejor de la vida se encuentra siempre al otro lado del miedo. Por eso dejaron todo, por eso llegaron a esta ciudad de tierra roja, bosques de caoba y playas vírgenes, por la aventura. Poco a poco fueron sucumbiendo, se los llevó el clima, las enfermedades o los ataques de los nativos. Cayeron tantos que Rudyard Kipling llamó a la costa de Guinea “la tumba del hombre blanco”. Aquí se empezó a beber el Gin-tonic como profilaxis contra la malaria, una de las grandes aportaciones del s.XIX a la medicina preventiva.

En Ouidah se mezclan todavía el sabor colonial que convive con templos vudús, mercados de fetiches, estatuas de dioses y leyendas. Se venera tanto al Dios cristiano como a los murciélagos que cuelgan del gran iroko del bosque sagrado de Kpassé, o a las serpientes del Templo de las Pitones (que aunque parece nombre de garito de carretera, es un templo dedicado a Dan, el dios serpiente).

Con el florecimiento del mercado de esclavos de Ouidah, algunos reinos como los fon de Dahomey, los Yoruba de Nigeria o los Ashanti de Ghana, tuvieron que decidir entre ser esclavistas o esclavos y para ello crearon ejércitos poderosos. El más singular y temido de todos era el de las Amazonas de Dahomey, célibes consagradas por entero a su rey y a la guerra, valientes y crueles que antes del combate bailaban la Danza de la decapitación (muy bailable). Una peli de Tarzán me hizo soñar con ellas, aunque la realidad estaba lejos de lo que mi imaginación de adolescente hormonado me sugería.

 

Fue el único ejército de amazonas que realmente existió, hasta la aparición de la Guardia Amazónica que Gadafi creó para su protección en el palacio de Bab el Aziziya. Vírgenes, expertas en artes marciales, capaces de pilotar aviones o combatir cuerpo a cuerpo, sofisticadas, bellas y temidas…. Otro África, también ya lejana. Al hamdulillah

El caso es que ante los ataques de las guerreras de Dahomey el rey de los Tofinu ideó esconderse en el lago Nokoué consciente de que sus enemigos no se atreverían a perseguirles hasta allí, pues tenían la creencia de que en el fondo del lago se escondía un terrible demonio. Y vencieron al lago y a la muerte a base de ingenio, ideando vivir sobre palafitos y apartarse del mundo.

La ciudad fue creciendo hasta convertirse en un caos de canales bulliciosos que es la base de su encanto. No es mal plan perderse por ese laberinto acuático, especialmente por el mercado flotante, donde cada mañana se acerca un desfile de mujeres con sus coloridos bubús y sus desvencijadas piraguas cargadas hasta arriba de fruta o verduras. El ambiente es fascinante. Mientras tanto, los hombres salen a pescar, que allí desde pequeños, todos son pescadores.

 

Una vez fui en domingo, cuando los cánticos religiosos se apoderan de la laguna, pues hasta cinco cultos diferentes conviven en la ciudad, toda una experiencia. Tuve la suerte de asistir a una misa de la secta del cristianismo celeste y todavía retumba en mi cabeza el exaltado sermón del pastor amenazando con ir al infierno de continuar esta vida pecadora.( que no lo diría por mi…)

Así es Ganvié, la versión más exótica de Venecia. Han pasado más de 300 años y desde entonces están ahí, son los hombres del agua, los moradores de Ganvié, “los que han encontrado la paz”, (como significa el nombre).

Qué afortunados son, yo sigo buscando la mía, mi paz…

Esta vez voy a intentar sorprenderos trasladándoos al lugar más bajo, caluroso, seco e inhóspito de la tierra (y no, no me refiero a Hoyo de Manzanares en pleno mes de agosto).

Suena bien, la verdad, pero si además os digo que allí se encuentran montañas de sal, mares petrificados, llanuras infinitas de ardiente sal y arena quemada, volcanes en erupción, y una de las tribus más hostiles de África, entonces seguro que encontraréis este reclamo irresistible del todo.

Así lo sintió Nesbitt el primero que se aventuró a cruzarlo y sobrevivió para contarlo, después Rimbaud y luego Thessiger, y así lo sentí yo muchísimo después. Uno tras otro, todos fuimos acabando por allí, almas nómadas atraídas por tierra de nómadas. Es allí, en el Danakil, donde dicen que Etiopia guarda celosamente la Puerta de la Tierra y el silencio del desierto.

Me obsesionaban especialmente tres joyas escondidas en aquel desierto, alejadas, inaccesibles, exigentes, a salvo de turistas Simpson, sólo para mí: el Lago Abbe, el Lago Assal y sobre todo, el Dallol, el único volcán del mundo por debajo del nivel del mar y el sitio más caluroso de la tierra. Como podéis imaginar, fui para allá, varias veces, entré por Etiopia, por Yibuti, por todos los caminos, tenía que quitarme esa obsesión, pero ni por esas. Fui por eso y  por mi colección,  porque no sólo colecciono desiertos, también tengo mi particular atlas de lugares imposibles. En él están marcados aquellos lugares tan espectaculares como extraños donde el mundo real y el de los sueños parecen estar separados por una línea muy delgada. Y así es el Dallol, paisaje lunar, pero casi igual de inaccesible, un lugar imposible.

De aquellas exploraciones pasadas me quedo con la de Nesbitt, el primero en cruzarlo de norte a sur, que exploró la zona durante tres meses y medio con una caravana de poco más de 20 camellos. Al terminar describió el lugar como “una tierra de terror, de dificultades y de muerte”. Y no exageraba, yo mismo pude comprobar la dureza de atravesar esas tierras abrasadas en días de calma sofocante o azotado por fuertes vientos cargados de polvo. Menos mal que yo no me quejo (casi) y que al final del día, el puesto militar de Ahmed Ela, a los pies del Dallol tenía unas cervezas, de esas tan frías que sudan por si solas… Volviendo a la expedición de Nesbitt, que me disperso, por aquel entonces, los Afar controlaban todas las rutas del desierto hacia el norte y eran conocidos por su salvajismo y agresividad, siendo su trofeo preferido los testículos de sus enemigos. De hecho las tres expediciones que le precedieron fueron masacradas y según la tradición Afar sus testículos pasaron a formar parte de algún bello collar de cuentas, muy ponible. Nesbitt lo consiguió aunque en varias ocasiones puso en peligro su posible descendencia, llegando a perder a varios de sus hombres por los ataques de los Afar.

Reconozco que también me atrae la aventura de Rimbaud, el viajero perpetuo. Quería comerciar con los Afar y para ello organizó una caravana de más de 100 camellos que atravesó el desierto hasta Tadjoura, en Yibuti. Único extranjero rodeado de un millar de peligros. Asi se sentía, pero también lo consiguió. Salió desde Harar, la ciudad santa. Cerrada a los extranjeros hasta que Richard Burton cruzó sus puertas por primera vez. Noventa y nueve mezquitas, una por cada uno de los nombres de Alá. Impresionante la Ilamada a la oración del atardecer. Harar, la ciudad mercado, irresistible. La mejor época para llegar allí es en abril, cuando florecen las jacarandás y cubren la ciudad con un manto púrpura, y un paseo de buganvillas te marca la salida hacia el desierto. Tenéis que ir, en abril…

Si por algún casual no tenéis a mano un centenar de camellos ni un par de meses para recorrer con tranquilidad el Danakil, no os preocupéis, que hay opciones menos exigentes y altamente gratificantes. Solo tenéis que llegar en avión hasta Mekele y desde allí bajar hasta la localidad de Ahmed Ela. Antes de llegar podréis ver algunos bosques de mimosas o aislados arboles Dragón, pero a partir de Ahmed Ela, el desierto manda, alguna raquítica acacia a la que la muerte encontró de pie y poco más hasta llegar al Dallol. Allí la tierra hierve, más todavía, y los humeantes geiseres han esculpido extrañas formaciones junto a charcas de colores irreales. Un espectáculo único e indescriptible.

 

No muy lejos está la montaña de sal, con otras formaciones tan diferentes como extrañas, y hay llanuras de sal, y un lago de aceite y por supuesto las salinas, donde trabajan los extractores y los talladores de los bloques. Cada atardecer es posible ver largas caravanas de camellos transportando la sal extraída para venderla en el mercado de Berahile. Quedan pocas caravanas como éstas, un mundo perdido que se niega a desvanecer… Otro espectáculo impresionante

No muy lejos, pero por la peor pista del mundo se encuentra el volcán Erta Ale, uno de los pocos en el mundo con una laguna de lava en el cráter. Subid y probad a dormir a escasos metros del cráter. Este el último espectáculo que os propongo por hoy.

Nesbitt, Rimbaud y Thessiger tardaron cada uno más de 60 días en explorar este desierto, pero bastan tan solo cuatro días para recorrer el Dallol, visitar llanuras de sal, subir a un volcán en actividad y ver alguna de las últimas caravanas atravesando el desierto.

Parece que la falta de tiempo ya no va a valerte como excusa, búscate otra.

Hace mucho tiempo cayó en mi poder, o más bien caí yo en el suyo, un viejo mapa del antiguo África Ecuatorial Francesa, un tesoro. Acostumbraba a extender el mapa para pasar largos ratos sumergido en él, practicando mi deporte favorito, soñar, planear rutas. Tan pronto seguía las exploraciones del Conde de Brazza, como me internaba con los pigmeos Baka por las selvas de Dzanga Sangha siguiendo el rastro de los gorilas de llanura o de los elefantes del bosque. Si, ya sé que no es normal mi tara, pero la culpa es de los mapas, deberían estar prohibidos, todos, son adictivos e invitan a soñar y a perder la cabeza.

En aquel mapa me atraían poderosamente dos pequeños puntos perdidos en la nada, un fragmento de sabana africana atrapada entre el desierto del Este y la selva del Oeste. Parecía ser el mismísimo corazón del continente y yo siempre pensé que tenía que llegar hasta su corazón si quería empezar a comprender África, la tierra de los atardeceres púrpura y las noches estrelladas, el paraíso del misterio y la aventura, el reino del León.

Aquellos puntitos correspondían a Birao en la antigua región del Ubangui-Chari, dos ríos que delimitaban la región y que por cierto, ni sospechaba que navegaría años más tarde. Tan solo eso, dos puntitos de la República Centroafricana en la frontera con Sudán y Chad, pero sí, allí tenia que estar el corazón de África. Así que llevado de esta inconsciencia mía que me sale tan natural, y tanta gracia hizo siempre a mis padres…, decidí ir.

 

Poco o nada sabía de aquel rincón olvidado de África, por allí nunca pasaron Livingstone, ni los versos de Rimbaud, ni la locura de Kurtz, tampoco pasó Barth, ni ningún otro explorador enviado por la Royal Geographic Society en busca del vellocino de oro…Por allí sólo pasaron los janjaweed, las milicias islamistas de Darfur, el diablo a caballo, sembrando la muerte y la destrucción. Y los rebeldes ugandeses del Lord Resistance Army empeñados todavía en imponer por las armas un gobierno basado en los 10 Mandamientos, otra locura peligrosa, aunque en política, ya nada puede sorprenderme…

Bueno, también pasaron aquellos que escaparon de formar parte del almuerzo del Emperador Bokassa. Ah, y los paracaidistas de la Legión Extranjera francesa, que tomaron la ciudad tras aquél ataque de los rebeldes. Fueron ellos los que me enseñaron aquella canción, le Diable marche avec nous… Esos días, buscábamos por la mañana refugiados huyendo del horror y por la noche nosotros mismos buscábamos refugio del horror vivido, bebiendo aquellas guarradas con pastis que tanto gustan a los franceses, otro horror por cierto, sobre todo para un hombre de gustos tan refinados como los míos.

Recuerdo las noches de regreso a la choza, la oscuridad más absoluta, y aquel cielo estrellado, pocas veces he vuelto a ver algo parecido, eran tantísimas que llegaban hasta el suelo, allá en el horizonte. Y el silencio, sólo roto por el ruido apagado y monótono de un grupo electrógeno lejano, un concierto de grillos y algunos pájaros y monos, maquinando como quitarme mis reservas de fuet y pan bimbo. Mi tesoro…

 

En el centro del pueblo presidía un gran baobab, a su sombra se concentraban todos los eventos importantes de la aldea, anuncios, cuentos, reuniones…. También tenía carácter sagrado y a sus pies acudían a descansar los espíritus de los antepasados. Junto al baobab nacía un pequeño mercado, tan colorido como escaso. También había una patrulla del ejército seis hombres, seis uniformes distintos, la única coincidencia de uniformidad estaba en  el calzado, todos cholas, y  en el kalashnikov, omnipresente en África.

Tras aquel gran baobab se extendía la ciudad y el pueblo vivía entre un laberinto de chozas de hojas de palma, espíritus de la sabana y rituales de iniciación.

 

Frente al mercado había un restaurante, La Chuiterie, bueno había otro, pero inspiraba menos confianza todavía que éste. Los sábados por la noche, aparte de algunos aldeanos,  acudían los cooperantes de ACNUR o de Médicos Sin Fronteras y el bar cobraba una vida diferente. La etnia de los Banga son conocidos por su música, y por supuesto como estaréis imaginando, yo la interpretaba a mi manera realizando esos arrítmicos movimientos imposibles que nadie más entiende. El gintonic, que me desinhibe. También había una mezquita y una iglesia, por entonces convivía en paz, no sé cómo estarán ahora después de que el país quedara envuelto por la violencia entre la coalición musulmana Seleka y las milicias cristianas.

Cada dos domingos venía a oficiar misa el párroco de la localidad de Ouanda Djallé, a más de dos horas de distancia. Era el gran día, las mujeres se arreglaban con coloridos vestidos y los hombres, otro estilo… La misa duraba casi dos horas, pero no recuerdo haber asistido a ninguna celebración tan alegre y bonita. No importaba que la oficiaran en Sangho, el mensaje me llegó  fuerte y claro. Todo el mundo ofrecía de corazón lo poco que tenía, con alegría. Los bailes y los canticos de aquellas misas quedaran para siempre en mi memoria. Que se lo pregunten a aquel grupo que vino conmigo por el norte  de Tanzania…

Por Birao atravesaba la vía principal de comunicación con Sudán, aunque eso no quiere decir que estuviese asfaltada. La ruta pasaba junto al gran baobab, que ejercía además de terminal de pasajeros, justo allí nacía una avenida de enormes mangos que proporcionaban una sombra muy agradable ante el calor aplastante. La carretera llegaba hasta Am Dafok en la frontera con Darfur, de donde además de venir todas las mercancías sudanesas, venían también los males. De vez en cuando íbamos hasta allí, me gustaba mucho el color ocre de la tierra del camino cuando la luz de la mañana inundaba cada rincón. Alguna que otra vez aparecimos por la Reserva Nacional de St Floris, donde dicen que se podía observar a los Cinco Grandes (león, elefante, leopardo, rino y búfalo), aunque yo ya no recuerdo bien si vi uno o ninguno. Los furtivos, que están terminando con esta zona que todavía es Patrimonio de la Humanidad…

Allí, bajo aquel gran baobab, encontré el corazón de África, latiendo con mucha fuerza, y allí quedó una parte del mío. Por eso mi pena cuando un día vino un avión a sacarme, para nunca volver. Y por eso este ataque de nostalgia.

Uno de los lugares que hace volar mi efervescente imaginación, uno de tantos…, es el desierto libio, cuyas arenas se extienden hasta Egipto y Sudán.

A lo largo de los siglos, los únicos que se atrevieron a adentrarse por la inmensidad de aquellos espacios vacíos fueron los mercaderes de esclavos, que en grandes caravanas recorrían la llamada Ruta de los 40 días o Dar el Arba´in. De aquella ruta que unía el Nilo con el mercado de esclavos de El Fasher en Sudán, surgieron muchas leyendas, algunas de las cuales fueron recogidas en el libro “Las Perlas escondidas”. Contaban historias de tres oasis a la deriva, perdidos en aquel inmenso mar de arena, en uno de los cuales se encontraba la ciudad blanca y amurallada de Zerzura que atesoraba en su interior enormes riquezas.

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Leyendas que fueron corroboradas allá por 1835 cuando un pastor de camellos, que tenía una hermosa hija llamada Zoraida pero que no viene al caso por muy mona que fuera, le relató al egiptólogo John Wilkinson la existencia de esos tres oasis misteriosos, y en especial uno llamado Zerzura que se encontraba en la confluencia de tres valles en la meseta de Gilf el Kebir.

Exploraciones posteriores del Príncipe Kemal el Din y otros aventureros consiguieron localizar los oasis de Uweinat y Arkenu, pero el de Zerzura continuaba siendo un misterio.

Aquellas leyendas de oasis, ciudades y tesoros perdidos calaron muy hondo en aventureros, locos y amantes del desierto que la Providencia vino a juntar en 1930 en el Greek Bar de la localidad sudanesa de Wadi Halfa. Allí tras apagar con cerveza la enorme sed acumulada en sus viajes a través del desierto, se conjuraron para encontrar el último oasis, el oasis perdido de Zerzura. Locos aspirantes a tesoros inexistentes…

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Y así comenzó la última gran aventura de la exploración africana, con unas cervezas, unas leyendas y muchas ganas de aventura.

Usaron como base de partida para sus expediciones los lejanos oasis del sur. Recorrieron  el Desierto Negro del oasis de Bahariya y el Blanco de Farafra hasta más al sur del antiguo centro caravanero de Dakhla, allí donde nacen las dunas rojas de Gilf el Kebir. Descansaron en grandes palmerales o bajo la débil sombra de acacias solitarias, acamparon en lugares sin nombre o junto a las ruinas del Valle de las Momias Doradas y atravesaron llanuras del desierto abrasadas por el sol. Siempre intentando desvelar los secretos de esta tierra muerta, perdida y escondida. Cuando el escritor Edward Lear, al que imagino que habréis leído (no como yo), escribió que Egipto es una tierra para aprender del color, seguro que fue porque recorrió ésta mismo zona.

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Allí junto al desierto Blanco también buscaron otra leyenda, el Ejército perdido de Cambises, los 50000 persas que yacen para siempre sepultados por el Harmattan, ese infatigable viento caliente y seco que por aquí se llama Khamsin. Dicen que los djinns, los espíritus malignos del desierto, los transformaron en esas extrañas formaciones que confieren a esta zona un aspecto tan irreal como fantástico. Hay que ir a verlo.

Siguieron buscándolo durante años hasta que el inicio de la II Guerra Mundial hizo que el grupo se separara y combatieran en la misma zona pero en distintos bandos, abandonando la búsqueda del oasis para tiempos mejores. Así los británicos Ralph Bagnold y Patrick Clayton crearon el Long Range Desert Group, unidad encargada de espiar y frenar el avance de Rommel sobre el Cairo y por otro lado, el Conde Almasy (el protagonista de El paciente inglés) se convirtió en espía del Tercer Reich.

Menos mal que el tiempo volvería a juntarles en el desierto, la vida, que da muchas vueltas…

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A pesar de todas las expediciones posteriores, la ubicación del oasis continúa siendo un misterio y al igual que Tombuctú, simbolizan el ideal de la exploración, el espíritu romántico de la aventura.

Pero no hace falta ir hasta Wadi Halfa a iniciar la gran aventura de la vida, cualquier lugar sirve, tan solo basta un buen vino y un mejor amigo (que ninguna locura se inició bebiendo menta poleo) para dejar salir al joven que siempre permanecerá en cada uno de nosotros. Porque nuestro espíritu aventurero es como el acheb, esas semillas que permanecen enterradas durante años bajo la arena del desierto y florecen rápidas con el menor chaparrón, sólo necesitamos regarlo.

Yo nunca he dejado de buscar el oasis perdido de Zerzura. Ni sería la primera vez que una cosa lleva a la otra y unos gin tonics me han llevado a pasear por el palmeral de Dakhla, ver atardecer en el desierto blanco de Farafra o dormir bajo las dunas negras de Bahariya…

Esta vez me voy a despedir con el epitafio encontrado en la tumba de Tutan Khamon: Que tu espíritu viva y permanezca millones de años, sentado con la cara al viento del norte y los ojos llenos de felicidad.

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Una vez más me animo a escribir éste artículo desde el desierto de Ubari, al sur de Libia. Al atardecer me gusta acercarme a las dunas a desconectar del día, y el viento, que me suele traer recuerdos de antiguos amores o viejas historias, hoy me ha traído a la cabeza un sitio muy especial, el Lago Chad.

Recuerdo que la primera vez que supe de éste lugar fue leyendo a Julio Verne. De adolescente, mi belleza oculta pasaba totalmente desapercibida para las chicas, así que consumía los días refugiado en la lectura, devorando sus novelas, soñando sin freno… Lo mismo me acostaba con Miguel Strogoff (en sentido figurado) que me levantaba con la hija del Capitán Grant (unfortunately, mas figurado todavía)

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Pero de entre todas sus aventuras, mi favorita fue aquella en que tres amigos atravesaban África durante Cinco semanas en globo y especialmente cuando eran atacados por los biddiomahs, unos piratas que habitaban en unas islas remotas de un océano en mitad del desierto del Sahara. A mí me sonaba tan fantástico, que decidí que algún día iría allí.

Todo lo que fui leyendo después no hizo sino alimentar mis fantasías, y por tanto, mis ganas de ir. Las crónicas decían que en sus aguas acechaban mil peligros y que sus riberas estaban controladas por un antiguo imperio, tan lejano y desconocido que hasta los mapas lo habían olvidado.

Leyendas que se mantuvieron en la historia, hasta que en 1823 la expedición de Oudney, Clapperton y Dexham, alcanzó sus orillas, y empezaron a desvelarse algunos de sus enigmas. Descubrieron que esas historias de países imposibles, con hipogrifos y ninfas, tribus hostiles o cordilleras inventadas, eran sólo eso, viejas historias… como las mías. Pero el secreto del nacimiento del Níger se mantuvo intacto, pues el único río que allí llegaba era el Chari, más modesto, pero que también ofrecía grandes dosis de belleza y aventuras.

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Por eso recuerdo perfectamente mi entrada en Ndjamena, pues fue tan ansiada como desconcertante. Todavía se oían los disparos de los rebeldes del UFDD, que procedentes de Darfur, habían alcanzado la capital poniendo en jaque al Presidente Deby, pero a mí no se me iba de la cabeza la necesidad de llegar al lago. Menudo comienzo, presagiaba aventuras.

Pese a la situación de seguridad de la capital, seguía abierto Le Carnivore, lugar prohibido, un antro, mi bar…y su música rompía el silencio de la noche como tambores lejanos llamando a la guerra. Allí, mientras bellezas de exageradas pelucas bailaban ritmos africanos con movimientos imposibles de traseros pétreos (imagino), yo apuraba mi gintonic y planeaba mis escapadas. Y el Lago Chad tanto por el extremo norte del Camerún, como por el lado chadiano fue siempre mi principal objetivo.

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Y por fin conseguí llegar, y después, fui varias veces más. El camino atravesaba aldeas escondidas entre acacias retorcidas por el sol, coloridos mercados y rebaños de camellos o cebúes de grandes cuernos.  Llegué incluso más allá, a Mao, la capital de Kanem-Bornu, aquel imperio olvidado de “la parte inútil del Chad” que dirían los franceses, (pero que tanto me atrae). De su pasado esplendor solo queda un sultán y un bullicioso mercado donde acuden Tedas, Kagas y algunos Tubus llegados de las montañas lejanas.

Me encantaba parar durante la ruta en un lugar llamado Dougia. Además de la belleza del paisaje, el lugar proporcionaba reposo y aventura a partes iguales. Parábamos a comer junto al rio, cerca de una familia de hipopótamos, que nos vigilaba o pasaba, ya no sé. Durante la comida nos divertíamos defendiendo cada miga de pan de los ataques coordinados de dos grullas coronadas y varias decenas de cercopitecos, esos monos descarados que se encuentran en cada rincón africano. Eran días increíbles. Desde allí se podía remontar el rio en pinaza hasta el lago, recorriendo bancos de arena, aldeas de pescadores, y palmerales, acompañados por la presencia de hipopótamos, cocodrilos y bandadas de abejarucos rojos que por centenares volaban sobre nosotros.

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Y entonces llegas al lago y, hasta yo que tengo la misma sensibilidad que un bistec a la plancha, rompes a llorar no sabes si de la emoción o sobrecogido por la belleza del paisaje. No lo puedo explicar, mejor venid a verlo, pero rápido que dicen que en 20 años desaparecerá. Entonces esto será la crónica de un lugar inventado. Y entonces lloraré, de pena.

En fin, viejas historia… el Salat al Maghreb, la llamada a la oración del atardecer, y el rugido de mis tripas llamando a la cena me han hecho regresar al mundo de los despiertos, aunque sigo pensando en los aventureros de aquella expedición. Me emociona saber que pasaron por aquí  siguiendo rumbo sur para atravesar las montañas del Tibesti y el mar de dunas de Yourab antes de alcanzar el imperio de Bornu. Los tres murieron en África, Oudney murió allí mismo, derrotado por el misterio que quería desvelar, Clapperton siguió obsesionado con el Níger y encontró la muerte buscando su desembocadura y Dexham falleció en Sierra Leona. A los tres se los llevó la misma enfermedad. Dicen que fue disentería. Pero yo sé que fue otra cosa, yo padezco el mismo mal, se llama África.

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Cuenta la leyenda que para frenar los deseos de Mussolini de invadir Etiopía, le propusieron ocupar el Desierto etíope del Ogadén, una parte del desierto del Danakil y ampliar sus territorios por el de Libia, éste contestó airado que él “no era un coleccionista de desiertos”.

Bueno, no sé que hay de malo en eso, yo sí que los colecciono, y los quiero ver todos, desde el mar de dunas del azefal, al erg de Bilma o las negras dunas de Qattara. Todos. Tengo en casa una moleskine que es mi perdición, en ella apunto cada desierto que aparece por mi vida, y que, tras ocupar una página de mi agenda pasa a convertirse en mi siguiente obsesión. Y  entonces no puedo parar hasta que voy a él. Recuerdo que en la primera página de aquella libreta anoté las dunas rojas del Achkar, después le siguieron las negras cumbres del Tibesti, el Amukruz y sus bosques de acacias, las ondulantes dunas del Amatlich, o las  coloridas lagunas de Ounianga donde descansaban del largo viaje derrotadas garzas y flamencos…fui anotando tantos lugares por miedo a que el tiempo borre de mi memoria aquellos sueños que tuve.

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Por eso me vine al sur de Libia, junto a las montañas de Akakus, persiguiendo aquella obsesión, encantado de disfrutar de todo aquello que no quiso el Duce. Con ganas de escaparme al otro lado de la duna, a darme un baño en los lagos de Ubari, uno de los oasis más bonitos del mundo o ver la ruinas de Germa, la capital de los Garamantes, el reino de las arenas.

Y por eso acepté la invitación de un amigo que me pidió que le acompañara a Yibuti, bueno, por eso y porque nunca he rehusado una pelea, jamás le he hecho la cobra a una chica, ni he dicho que no a una aventura… (ni a nada que sea por la patilla). Así que me fui para allá, para poder cerrar otra hoja pendiente de mi libreta que quedó abierta en mi última visita a éste país. Y es que allí, en la otra punta de Yibuti se encuentra uno de los lugares rechazados en aquél famoso trato, y en pleno desierto del Danakil, el Lago Abbe, que era justo lo que tenía yo en la cabeza y que quería contaros hoy.

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El viaje no es fácil, el paisaje es duro, la carretera atraviesa los desiertos de Gran y Pequeño Bara antes de desaparecer en Dikhil, la última aldea, el calor es extremo, la comida escasa y el alojamiento nulo, pero como dijo Livingstone, en esta expedición, no todo son placeres…

El único placer es el de la vista, recuerdo que describí así mi primera visión del lugar: El espectáculo te paraliza, te llena, te emociona. Quieres pararte a contemplarlo y a la vez quieres recorrerlo entero. Lo quieres todo. Te alegras de que el lugar sea tan remoto, duro y desconocido que sea sólo para ti… pero a la vez quieres compartirlo. (Ya no recuerdo si había bebido cuando escribí esto, pero no lo descarto)

El paisaje era increíble, había un desierto, blanco, y un volcán, un lago azul, y centenares de chimeneas humeantes, y caravanas de camellos y miles de flamencos rosas en el lago, y avestruces, hienas, facoceros, gacelas…. Y aquel guía, Jacob, que subí en Dikhil para guiarme por entre aquel laberinto de chimeneas. Nadie más. Sólo los dos, y algunos pastores Afar, éste es su territorio, gente dura hasta en el trato, como el terreno al que se apegan. Antiguamente eran temidos por aquella costumbre de cortar los testículos de sus enemigos y colgárselos del cuello. Parece que ya han dejado tan feo hábito, o por lo menos a mí no me dejaron “nenuco”, pero lo cierto es que por si acaso no dormí a pierna suelta.

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Acampamos allí mismo entre las rocas, no pensaba marcharme, hicimos un fuego, hablamos de la vida, mascamos qat y bebimos gintonics, un clásico. Al rato, caía adormilado y solo se oía el crepitar del fuego y las risas de las hienas que merodeaban por los alrededores

Mientras caía, imaginé como se debió sentir Rimbaud, el poeta maldito convertido en aventurero cuando llegó allí montado sobre sus zapatos de suelas de viento. Él fue el primero en verlo. Después vino Henry de Monfreid capitán de velero en el mar Rojo, traficante de armas y hachís, pescador de perlas, cazador en Kenia, fotógrafo, pintor…una vida intensa.  Mucho más tarde llegué yo, pero entre medias no hubo muchos más. Y así se mantiene, eterno, tal como lo vió Rimbaud, esperando a que llegues tú y empieces tu colección.

 

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Desde tiempos de los fenicios y hasta que no llegó el portugués Gil de Eanes y se atrevió a doblar el cabo Bojador, éste remoto lugar de África fue considerado el símbolo de lo desconocido, el lugar del Mare Tenebrosum tras el cual era imposible aventurarse sin la certeza de no regresar jamás. Tampoco contribuyeron a las exploraciones las extrañas crónicas del periplo de Hanon, ni mucho menos que Ptolomeo bautizara a este lugar del mapa como “el cabo del miedo”.

Qué equivocados estaban Herodoto y aquellos otros que afirmaban que más allá de esas tierras no había nada, pues el calor era tan extremo que la vida era imposible y cualquier hombre que osara internarse por allí se volvería negro ipso facto (en mi caso tardaría un pelín más, atravesando previamente todas las tonalidades de rosa). Pero claro, lo decían en un perfecto latinajo, plus ultra nihil est (mas allá no hay nada), y sonaba tan verídico que a cualquiera se le ocurría ponerlo en duda.

 

Pues eso, que gracias a Dios, se equivocaban, porque si tan sólo hubieran seguido unas millas más con rumbo sur, habrían encontrado uno de los lugares más increíbles que conozco, Dakhla.

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Lo siento por ellos, se lo perdieron, no tuvieron la suerte de ver la entrada por aquel istmo de arena blanca, mar turquesa y roca negra, la playa de Duna Blanca, las colonias de flamencos y la isla del Dragón. Se perdieron recorrer una costa abrupta azotada por el irifi, ese viento de poniente que de tanto azotarme me ha hecho tan independiente. No pudieron probar aquel pincho de gacela dorca, recién cobrada entre las dunas que me ofreció un amigo saharaui, o saborear unas bailas en el restaurante Samarkanda, mientras desde el otro lado de la ría y como canto de sirena, se siente la llamada de El Aargub, atrapado por el desierto. Tampoco pudieron acercarse a la Punta de la Sarga, divisar orcas y con suerte ver alguna de las ultimas focas monjes. Todo eso se perdieron…

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Así es Dakhla, “la entrada”, la puerta del paraíso, aunque para mí siempre será mi querida Villa Cisneros, nuestro destacamento más antiguo en el Sahara Occidental, desde 1884 que lo fundara el africanista Emilio Bonelli. Siempre se me ha representado como lugar de encuentro de legionarios, meharistas, saharauis, pescadores, paracas, buscadores de sueños o aventuras, gente dura, con mil historias escritas sobre una piel curtida por el sol y el siroco. Hoy viene gente diferente, pero siempre aventureros, y nadie sale de allí sin idea de regresar.

Yo soy uno de ellos, hace mucho tiempo que escogí ser como Gil de Eanes y atravesé el Cabo Bojador, y fui descubriendo África, en busca del oasis perdido de Zerzura o de cualquier otra aventura que sonara a locura.

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Por el camino fui encontrando amigos entre los peul, fulanis, tubus, tuareg, masais…escalé volcanes, y atravesé desiertos, pude ver las ultimas caravanas de camellos de los afar y decenas de elefantes por carreteras olvidadas de Camerún, incluso vi cazar al caracal…Recuerdo haber rezado a Dios ante las dunas del Tanezrouft y al diablo en los peores garitos de Bamako. He fumado hierbas extrañas con los hadzabe, bebido Konyagui con otros amigos guías en el corazón del Serengeti y he bailado mbalax en las noches de Dakar (con ese estilo mío tan personal, nunca bien comprendido…). Hubo noches que dormí en solitario en la duna de Chinghetti y otras en las que me emborraché con una compañía de la legión extranjera francesa en una aldea perdida de la Vakagá, mientras cantábamos aquella canción…Le Diable marche avec nous. Esa canción tan africana, y que necesito escuchar cuando me invade la nostalgia de antiguos camaradas y aventuras pasadas.

En fin, que durante estos años he visto golpes de estado, vivido revoluciones, me han disparado, detenido, timado, amenazado, emocionado, enamorado y hasta seducido (bueno de esto último no recuerdo bien si me ha pasado una o ninguna vez).Y por eso justo aquí, en Dakhla, donde hace tantísimos años empezó mi aventura es donde empiezo ésta otra, la de contaros el África que he visto, espero que os guste lo que iréis descubriendo.

Solo os pido una cosa, no hagáis mucho caso de las ideas de Herodoto y atreveros a cruzar vosotros también el cabo del miedo.

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Hola a todos, abandono por un momento mi aventura periodística y regreso al blog porque tengo algo especial que contar ( además no quiero que la fama me cambie, quiero seguir siendo yo 🙂 , así que vuelvo a mis esencias.

El caso es que el otro día sobrevolé el mar de dunas de Ubari. Fue en un C-130 Hércules, igualito a los que volaba en aquellos tiempos en que me dedicaba a saltar de los aviones y arrastraba todos los vicios de la juventud ( salía de juerga, me gustaban las mujeres y me inflaba a colacaos…no, si hay vicios que nunca se dejan del todo).

Y el otro día como entonces, me sentí feliz de volver a oler el queroseno, ese aroma inolvidable que siempre acompaña a la aventura y precede a los desconocido…

Pues eso, que volé en un Hércules, pero ésta vez, en lugar de ir en la perrera, lugar al que se empeñan en mandarme una y otra vez, fui en cabina con un amigo que me quiso enseñar porqué se hizo piloto, y por qué, a pesar  de tantos años pilotando, sigue siendo feliz cada día que vuela sobre el desierto.

Y ésto es sólo una muestra, que yo aquella noche no dormí de la excitación ( por el vuelo)

Muchas gracias Omar por este regalo, pero has creado un monstruo, porque ya estoy deseando repetirlo, y tengo muchos planes…

 

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Una vez más el trabajo me ha llevado a Omán, y a mí, ante las proximidades de un desierto (o de un antro), es difícil sujetarme o dejarme encerrado en el hotel. Y si encima la tentación es nada menos que el desierto de Rub al Khali, el gran espacio vacío, el mar de dunas mas grande del mundo, me abandono a mi suerte y me dejo arrastrar.

Aunque yo creo que lo que me tiene mas atrapado es la seducción de la palabra lejos. Lejos, lejanía, leggins…

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En realidad, no sé por qué me siguen atrayendo tanto los sitios duros e inhóspitos como éste, si las horas de oficina del último año me han ido amansando el espíritu poco a poco.

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Algún rescoldo debe quedar en mi alma adormecida que sigue suplicando que mis aventuras tengan siempre sus pequeñas dosis de amargura. (como decía Flaubert, al que sigo mucho aunque todavía no he leído nada suyo, Sofia Mazagatos dixit)

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Lo que sí que llevo leyendo demasiado tiempo es sobre las aventuras de Bertram Thomas o Harry St John Philby, aquellos exploradores que se arriesgaron a cruzar el Empty Quarter por primera vez, o las de Wilfred Thessiger que no solo lo cruzó dos veces, sino que se quedó a vivir allí en compañía de una tribu bedu, durante algo mas de seis años.

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El problema es que tanta lectura me está trastornando y como le sucedió a Don Quijote, salgo en busca de aventuras creyéndome un explorador como Sir Richard F. Burton o Mungo Park. Pero como soy más parecido a Danny deVito o Dora la exploradora, me meto de cabeza en esos líos que tanto me gustan.

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Lo malo es que los límites de la aventura son cada vez mas difíciles de superar, y no creo que hacer el “mannequin challenge” en lo alto de las Dunas de Wahiba, que por el momento es lo mas intrépido que se me ha ocurrido hacer, permita convertirme en fellow de la Royal Geographic Society. Who knows…

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Quién sabe si algún día, aunque ya puedo ir espabilando porque estoy en tiempo de descuento, alcanzaré la gloria de encontrar tras alguna duna lejana, el oasis perdido de Zerzura, la ciudad escondida de Ubar o porqué no, el ejército desvanecido de Cambises…
Algún dia….

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Pero por el momento, con tan poco tiempo disponible me voy a tener que conformar con internarme por el barranco de Tiwi, asomarme a las dunas de Wahiba o seguir el cauce del wadi Bani Khalid. También me han servido de placebo los fiordos de Musandam, los fuertes de Ibra al borde del desierto o simplemente he apagado mi sed de aventuras a base de cervezas con sabor a prohibido en algún tugurio de Muscat.

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Sé que algún día, con Desertando y aquellos amigos lo suficientemente irresponsables como para fiarse de mí, nos internaremos por cada uno de aquellos caminos que se adentraban en las montañas de Muscat, o mejor todavía recorreremos parte de la ruta que siguió Thessiger entre Shalala y Doha cuando cruzó el Rub Al Khali por primera vez.

Algún día…

 

Y aquí es cuando me están entrando unas ganas enormes de decir que algún día volveré a estas tierras a galopar libre como caballo desbocado mientras el viento acaricia sus crines…etc etc, pero claro, me van a decir que deje de beber Ginebra Hacendado y abandone las marcas blancas, que mira lo que pasa…

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Para terminar iba a poner una foto en la que salgo, pero he descubierto que me ha salido una cana, y me niego a aceptar que incluso a Peter Pan también le pasan factura los años, así que en su lugar os he colocado otra montañita mas.

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El Ol Donyo Lengai, la Montaña de Dios, el volcán sagrado de los masais, cumbre de serena belleza que se yergue amenazadora mostrando sus inexpugnables laderas de ceniza, formando profundos barrancos y grietas, confiriéndole un aire inhóspito y majestuoso…

Lo que traducido al román paladino, la hermosa lengua de Don Gonzalo de Berceo, Garcilaso de la Vega y tantos otros grandes poetas que me precedieron, viene a ser algo así como: ”la madre que parió al puto volcancito, quien coño me habrá dicho que lo suba, p’abernos matao…”

cuchara-lengai 3Y por mi mala cabeza y esa atracción de Desertando hacia los grandes retos, me veía otra vez subiendo el volcán sin comprender qué me había vuelto a empujar hacia allí arriba. No sé por qué extraña razón los recuerdos tienen esa tendencia a trasformar los momentos mas duros en especiales…

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Pues eso, que no comprendía qué me había vuelto a llevar hasta allí, hasta que estuve otra vez arriba y recordé el premio que reciben los que resisten a la montaña y a la noche y contemplan desde la cumbre el amanecer del mundo ( joder que místico que estoy hoy…así, a palo seco, sin gin tonics…)

Y es que desde arriba tienes a tus pies el Lago Natrón, la gema escondida de Tanzania que atraviesa la Avenida de los Volcanes, territorio Masai donde el Empakai, el Ngorongoro y hasta ocho cráteres dormitan desde hace ya tiempo. También se ven las paredes escarpadas de la franja del Rift y al fondo la mole del Kilimanjaro y las llanuras de Ndutu salpicadas de aldeas masais. y Kenia…Todo eso se vé. Sólo desde arriba…

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Y hay mas. Al amanecer se toma conciencia de la gesta realizada, Con los primeros rayos de luz se descubre una escena infernal, una visión aterradora, un espectáculo  dantesco, lo mas parecido a un paisaje lunar pero igual de inaccesible… y parece increíble que hayamos podido trepar por ese caos de rocas y lava blanca durante la noche. Con ese viento…

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Como os decia, la recompensa es tan grande como exigente es la subida y larga la noche. Salimos a medianoche y coronamos cumbre poco antes de las seis de la madrugada. Aprendí en los paracas que por encima de todo esta la misión y que el frío, el hambre, el sueño y el cansancio  para mi serían estimulantes y aunque esa noche todo incitaba al estímulo,  para mí, mi mayor impulso provino de Merche, sin cuya compañía no sé si habría llegado hasta arriba, bueno, seguro que sí, pero no habría sido igual.

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Por el camino cayó Pili, vencida por una indisposición, que no por la montaña, y también cayeron aquellos alemanes que nos pasaron a tan buen ritmo, así como esas luces que como Santa Compaña nos siguieron hasta apagarse…o aquella pareja de españoles que llegó con nosotros pero no aguantó el frío y el viento de la cumbre. Sólo nosotros dos lo conseguimos.

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Por eso esta entrada va dedicada a Pili que lo intentó hasta el final y muy especialmente a Merche, porque allí arriba te lo ganaste

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Hoy desde casa, ya cerradas y lamidas las heridas estoy recordando con nostalgia aquella noche trepando por paredes verticales de lava y ceniza, o la espera al amanecer en la cumbre azotados por el viento, tiritando de frío y solo pienso en una cosa… volver allí¡¡¡  (si cuando digo que estoy fatal es por algo)

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Esta vez os iba a enseñar la ruta que hemos diseñado para Mauritania pero tengo que confesar que me muero de ganas de que alguien me pida escaparnos de verdad al desierto, sin rumbo, sin prisas, sin metas… y es que el mapa de Mauritania no agotará nunca mis ansias de exploración, quiero recorrer cada lugar que aparece en él, sin abusar de las lineas rectas, despacio, desde el oasis de Lagueila a aquel camino perdido que a través del valle blanco llevaba a Tidjikja y que no pudimos coger…

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No muy lejos de allí, hace 50 años, en un polvoriento cafe de la ciudad de Atar, Bruce Chatwin anotaba en su moleskine ”Esto se resuelve andando‟ justo antes de perderse por entre las dunas del Ametlich. y eso es lo que proponemos, empezar a andar para resolver esa duda que siempre nos asalta al pensar que habrá tras la siguiente duna.

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Y claro está, eso lo que hemos hecho nosotros, perdernos por un mar de dunas de 90km, que es mas o menos la distancia que separa las ciudades de Chinguetti y Ouadanne. Existía una pista paralela, qué fácil¡¡, que acerca las distancias entre ambas ciudades, pero se aleja del espíritu de Desertando…Ademas si la coges, te perderás dunas, wadis, oasis, aldeas y ese sentimiento de aventura, que al fin y al cabo, es lo que a mí, en aquellos días en que me niego a ser adulto, me impulsa a dejarlo todo y viajar.

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Ese mar de dunas marca el inicio del desierto mas grande del mundo, el Desierto de la Gran Travesia, el Majabat Al Koubra, cuyo nombre me evoca directamente grandes aventuras, que por supuesto me gustaría superar, especialmente la de Michael Asher, aquél que consiguió persuadir a su prometida de lo romántico que seria pasar la luna de miel recorriendo el Sahara de Oeste a Este en camello, ( un campeón, aunque creo que todavía está pagando por ello…)

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Y en medio de ese mar de dunas nos encontramos con éste espejismo, que es hasta donde llegaron nuestros pasos, exactamente hasta alli, ni un paso mas, ni uno menos…

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…porque confundido con el espejismo, las dunas, el calor, la intoxicación con jamón de oferta del lidl y que sospecho que Pedro no llevaba las trócolas puestas…, casi nos chocamos contra el arbolito, y aunque lo conseguimos esquivar de milagro, acabamos medio sepultados entre las dunas.

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Por cierto que tanto la acacia como la aventura me recuerdan al famoso árbol del Teneré, el árbol mas solitario del planeta, el único en un radio de mas de 400km de desierto, y que allí seguiría si no llega a ser porque un camionero libio, totalmente petroleado que conducía cimbreante por entre las dunas, chocó contra él, arrancándolo…

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Pero como lo que sucede, conviene, nuestro coche quedó atrapado en las cercanías del oasis de Tanouchert, donde una familia bereber nos abrió las puertas de su casa y compartió con nosotros, té, comida, agua y una tarde muy especial mientras esperábamos que bajara el sol para poder intentar sacar el coche de las dunas.

O a que Justi sacara sus superpoderes y levantara el coche el solito.

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Lo cierto es que fueron tan hospitalarios y pasamos tan buen día con ellos, que desde ya, el oasis de Tanouchert se ha convertido para Desertando en un alto obligado en nuestras rutas por las dunas del Ametlich, de Ouaranne o de Maghteir, las puertas de entrada al Sahara infinito.

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Y es que el oasis de Tanouchert es un lugar muy especial, escondido entre altas dunas que le protegen de los vientos del Harmattan, donde la sombra de las palmeras es agradable, el agua fresca, los dátiles exquisitos y las mujeres muy bellas. Cuidado que atrapa.

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Ahora es cuando os iba a describir como es la ruta que hemos seleccionado, pero je suis fatigueé y me gustaría dedicar una entrada entera a contarla. Basta deciros que sólo pienso en volver allí, y es que no va a faltar de nada, pues no solo pasa justamente por los sitios que mas me gustan, sino que además lo intentamos compaginar con buenos alojamientos y mejor comida, porque aventura, glamour y alta gastronomía ( el fuet y el queso juntos es cocina de fusión) son los adjetivos que mejor definen nuestra manera de viajar (especialmente si van Pedro, Justi o Rafa, porque yo me lío mas con la parte de aventura).

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Os dejo con alguno de los sitios que os esperan, aunque ya hablaremos de ellos

 

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Y ahora una del Oasis de Terjit. Si os fijáis bien, el que parece el mas crío de todos, y que la luz del flash ha dejado un pelin mas claro que a los demás, tiene un aire a mi.

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Hay lugares tan especiales que guardo una foto de ellos en mi caja de galletas imaginaria. Alli dentro, junto a un par de canicas, la muela que se llevó mi juicio, el reloj de la primera comunión y otras cosas de incalculable valor, almaceno sitios increíbles.

Sitios que pese a mi condición de hombre de cromagnón han sido capaces de aflorar en mí, sentimientos profundos, antes desconocidos, diferentes al hambre o las ganas de sexo, mucho mas habituales en mi mundo interior….

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Como podéis imaginar casi todos estos lugares se encuentran en África, en algún lugar desierto, lejano, difícilmente accesible o peligroso ( o una combinación de todo lo anterior).
El Lago Natrón cumple alguno de estos requistos, y aunque ya os he hablado de él en otra ocasión, he tenido la suerte de volver con Desertando, llevando a uno de los grupos mas flojeras aunque encantadores (al final hasta les cogí cariño, aunque claro, ésto se lo digo a todos los grupos…) que he tenido nunca.

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Es una de las perlas escondidas de Tanzania, sin duda mi lugar favorito, alejado de los saltos de los masais, de la canción Jambo bwana, de los leones del Serengetti y por supuesto de las hordas de turistas Simpson cazando Pokemons. Y es que para llegar allí sólo hay dos caminos, el tortuoso que sale desde Longido o el interminable que procede de Mto Wa Mbo, ninguno es fácil, y ambos te llevarán varias horas por un camino infernal y lleno de polvo.

Nada que no se pase con una cerveza bien fría al llegar..

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Ademas, la sucesión de baobabs, acacias, poblados masais, jirafas, cebras y ñus, harán que las cinco horas de polvo y botes te parezcan segundos ( aquí he usado un recurso literario llamado hipérbole, que no es otra cosa que una pequeña exageración ….o mentira piadosa para no desalentar a futuros interesados).

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Después de este camino te dolerá todo el cuerpo, hasta el bolsillo, y es que viniendo desde Mto Wa Mbo hasta llegar a Ngare Sero a orillas del Lago, hay hasta 3 check points oficiales que bajo la consigna de Mzungu paga¡¡ aligeran con rara habilidad el bolsillo de los concurrentes
Pero te dará igual, porque todo habrá merecido la pena.

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Como me gusta que la gente que viene conmigo se lleve una visión de Africa distinta del lujo y el glamour que siempre va tan asociado a los viajes con El cuchara y Desertando, llevé al grupo al colegio masai de Engaruka, en la ruta al lago Natrón, a ver si así ayudábamos a poner en marcha alguno de los proyectos pendientes del colegio.

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Desde luego, Desertando cada vez que pase por esta zona iremos a verlos.

Escribí hace tiempo que éste lago es un lugar de serena belleza que te sacude el alma haciendo aflorar tus sentimientos. Si el primer blanco que lo vió , el explorador Jpseph Thomson, (llamado así en recuerdo de las gacelas Thomson, o era al revés, que me liao), capaz de cruzar dos veces en 1881 el peligroso territorio masai, es decir un tipo con los huevos renegrios ( con perdón) escribió que asombrado por la belleza del atardecer de aquel lugar, rompí a llorar,… qué no me va a pásar a mi, que soy mucho mas sensible y con tendencia al lagrimeo

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Es un espacio atemporal, mientras paseas por el paisaje lunar de sus orillas, entre la mayor colonia de flamencos de la región, no hay sensación de presente, solo de pasado  Es de los sitios que quiero sólo para mi, y sin embargo disfruto muchísimo enseñandoselo a los amigos. Me gusta ver su caras, sus reacciones, se quedan como yo, como un tonto, con la boca abierta, sin saber que decir, solo desean que no se acabe el día, que nunca se ponga el sol, que sea eterno. Y de hecho lo va a ser, nunca se olvida.

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Y como dice Sabina, Peor para el sol que se mete a las siete en la cuna del mar a roncar…, y se pierde lo mejor, la luz de la tarde y la fuerte brisa con que lo empuja la luna, envuelta en el polvo del desierto. Entonces necesito un lugar donde sentarme sólo a disfrutar del espectáculo, mientras observo las bandadas de flamencos que echan a volar, como los pajaritos de mi cabeza, que van en busca de otros sueños.

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He tenido que tirar de hemeroteca porque este año no he salido bien en ninguna foto junto al lago, y no estoy yo para mostrar mis debilidades, aunque bien pensado, el lago y yo somos muy parecidos, de belleza atemporal, inmutable pero que no todo el mundo entiende.

Detrás aparece el volcán Ol Donyo Lengai, la Montaña de Dios de los masas, el próximo día os enseño lo que se ve desde arriba.

 

 

 

Hay viajes que contados parecen un déjà vu del anterior, misma ruta, mismos paisajes, más de lo mismo…
Pero la verdad es que vividos son totalmente diferentes, cambian algunos lugares, otros momentos, diferentes amigos…Solo hay algo común a cada viaje, el humor permanente, las risas. Cuando falten, dejaré de llevar gente conmigo.

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Los lugares increibles, la aventura, un poquito de vino y un buen guía como yo, estimulan el buen humor, y llevando a gente de Ohio de Manzanares, las risas estan aseguradas.

desertando-oasis FintSuelo además preocuparme en exceso de que la gente coma bien, indispensable para mantener vivo el buen humor. Para éste grupo aposté por una cocina de fusión, de marcado carácter mediterráneo en el que los productos estrella fueron el fuet y el melon, consiguiendo así una dieta equilibrada e innovadora capaz de proporcionar el aporte calórico que requería una aventura de tal envergadura.

Y así día tras día… Vamos, que a lo mejor se me fue de las manos lo del fuet.

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En cada viaje descubro sitios nuevos que van aumentando la lista de lugares donde perderme. Me encanta mostrar estos lugares a mis amigos, pero más me gusta descubrirlos con ellos, lugares que desde entonces nos unan y nos pertenezcan para siempre.

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Esta vez he descubierto dos sitios bien distintos. Uno de ellos está en la pista de Telouet, antigua ruta de las caravanas hacia Tombuctú. Allí hay unas minas de sal que las prisas por llegar a Ait Ben Haddou siempre me negaban, hasta que decidí pararme…

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El segundo sitio lo descubrí por casualidad, en internet. Ví una foto de las cumbres del Jebel Saghro reflejándose entre la bruma sobre el rio Draa y no paré hasta llegar allí.

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El lugar se llama Hara y es un paraíso escondido en el corazón del inmenso palmeral que nace en Agdz. Atardecer junto al río, dormirse en la orilla viendo las estrellas o pasear al amanecer por el semiderruido barrio judío, puede hacernos replantear nuestra vida de corbata, horarios, jefe y oficina y preguntarnos por qué coño no lo hemos dejado todo y estamos viviendo ya allí…Peligrosisímo si no se controla, con algo parecido empezamos muchos la vida de perroflauta.

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Otros viejos lugares, en los que la ausencia de turistas simpson me ha llevado a hacerme creer que me pertenecen en exclusiva, son el mar de dunas del Erg Chegaga, la ciudad perdida de Bounou o ese horizonte irreal que nos muestra Fata Morgana en la planicie del lago Iriki,

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Por esta vez no voy a hablar de esos sentimientos encontrados que me asaltan cuando me alejo de todos y disfruto de la soledad entre las dunas. Es que despues de mis ultimas entradas me han dicho que mis escritos son predecibles: hay dosis de humor, sueños que cumplir, el recuerdo a viejos aventureros, amores lejanos y, si acaso, algún que otro gin tonic.

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Ni voy a hablar de gin tonics, quería yo haber hecho un viaje a palo seco, muy sano, ni una cerveza, sólo colacaítos, pero no sé en que momento el asunto también se me fue de las manos.

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Reconozco que mis escritos pueden ser predecibles, pero mis viajes os aseguro que no. Me gusta ser flexible, salirme del programa, adaptarme a la situación, meterme en algún lío…eso que algunos podrían llamar improvisación a la mecagoendiez y que yo llamo aventura.

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Y de la que siempre se sale tan bien, por que ya sabéis como decimos los paracaidistas portugueses, “a sorte protege a os audaces”. Aunque en esta ocasión no quise yo dejarme llevar mucho por la aventura, pues venían en el grupo mi cuñado Eduardo y mi hermana Nuria, que aunque mucho mais madura que yo, siempre será mi hermana pequeña, y hay que cuidarla

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Mi hermana llevaba años queriendo hacer un viaje conmigo por algún lugar de Africa, y ahora la he metido el veneno en el cuerpo. Ya me veo con ella recorriendo los oasis perdidos del Ametlich…Estoy encantado, además, así le podrá explicar a mi madre por qué a veces prefiero estar perdido en algún desierto africano, en lugar de saboreando su famosísima paella dominical.

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Algún amigo me ha dicho que en mis entradas se intuye que estoy enamorao  y que siento mariposas en el estómago y no falta quien dice que mis noches de reflexion en el desierto han hecho que evolucione y se va observando en mí un cierto atisbo de sentimiento pues voy dando mas profundidad a lo que escribo. Así que me siento tentado de romper el embrujo del amanecer en el desierto con el estampido de un sonoro kuesko mañanero, para demostrar que sigo con la misma sensibilidad que un bistec a la plancha bien pasao.

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Ya voy terminando que me he vuelto a liar. Espero que os hayan gustado tanto como a mí estos secretos escondidos del sur. hay muchos mas esperando. Es un viaje corto pero con efectos demoledores. Para cuando termina, al atardecer del último día, en la terraza del Dar Kamar, rotos del cansancio y las emociones, acariciados por la suave brisa mientras escuchamos en silencio la llamada a la oracion, sabemos que ya no volveremos a ser los mismos. Ni siquiera yo…

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Y me he guardado una sorpresa, otro lugar al que estoy deseando volver, pero eso será con el próximo grupo que se anime a acompañarme.

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Os dejo con algunas fotos mas por si a alguno le estuviera o estuviese entrando las ganas de seguirnos.IMG_0208 copia

desertando- ruta telouet 1IMG_20160521_000224Ups, esta foto se me ha colao, debe ser un selfie de alguien…..:-)

Dicen que hay que tener amigos hasta en el infierno, y yo, que presumo de tenerlos por todo el mundo, pues también tengo allí unos cuantos.

Y es que Touggourt, en la Wilaya de Ouargla se disputa con alguna que otra zona del mundo, (en las que mira por donde también he estado), el honor de haber alcanzado el récord histórico de máxima temperatura. Asi que digo yo que entre aquellos lugares que pudieran parecerse al infierno, éste, con sus 59 grados, debe ser de los que mas se ajusten.

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Aunque para mí, el calorcito que hizo aquél verano de Bagdad, pocas veces se ha superado, y la prueba está en esta foto que tomamos de un termómetro en nuestra ventana de Palacio. (ojo, para los de la LOSE, hay que mirar el número pequeño que son los grados centígrados)

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Y volviendo a los infiiernos, decia que tengo unos amigos, Pedro, Alejandro, Antonio y Javier,  que conociendo mis inquietudes por los desiertos y mi curiosidad por saber como será el averno y lo que me voy a perder por ser tan bueno, pues han tenido el detalle de llevarme hasta allí. Y me preocupa, porque vengo encantado, ( aunque estos días no ha hecho ni de lejos esa temperatura, pero claro, la organización no puede estar en todo).

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Reconozco que no me costó mucho aceptar la invitación, pues hacía tiempo que ya tenia metido Touggoort en el punto de mira, y es que desde allí partió en 1922 la expedición que organizó André Citroen, y que supuso el primer cruce del Sahara en vehículo.

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Dicha expedición liderada por Audoubon- Dubreuil atravesó  el Gran Erg Oriental por los oasis de Ouargla, Hassi Inifel e In Salah, continuó hacia el sur por la inmensa hamada de Tademait, atravesó las Montañas del Hoggar, se internó por Tanezrouft el desierto de los desiertos, y el hogar de los tuareg en el Adrar de los Ifoghas…Y no sigo por que me está entrando una envidia de la cochina sólo de pensar en la increíble aventura que vivieron. El caso es que tres meses después alcanzaron Tombuctú, donde embarcaron por el Niger hacia Gao.

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Audoubon, Dubreui y muchos otros aventureros, son mis poetas muertos, aquellos que me enseñaron el camino y aprendo de sus experiencias pasadas, que ya llegará el momento de que inicie mis propias aventuras, aunque por ahora, estas hazañas alimenten en los pajaritos de mi cabeza cierto grado de ansiedad por que todavía no he hecho nada especial y ya estoy en tiempo de descuento.

Por eso me tranquiliza saber que existe Desertando, pues ese es nuestro objetivo, recorrer nuestras propias aventuras ( qué arte tengo para meter una cuña publicitaria…).

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Desgraciadamente esta foto no es mía, que uno es mayorcito pero no tanto, aunque una vez yo también atravesé algunos desiertos en un camión que parecía de la misma época.

Volviendo a la expedición, iba a decir que se me antoja fácil comparada con la aventura que están teniendo mis amigos, y en especial Javier en la zona de Touggourt, que están transformando un patatal, en el sentido mas peyorativo, en un campo de nabos, en el sentido mas literal, bueno, nabos, calabacines y lo que haga falta, un milagro de vivero que dará empleo y comida a la población de toda la Wilaya.

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Y antes de terminar, os tengo que presentar a mi nuevo amor, que me tiene tan atontao que no se ni cuando es de día ni cuando las noches son

Dicen las malas lenguas, (que hay mucha maldad por el mundo), que se nota que no es la primera zorrita que tengo entre los brazos, pero tengo que decir que es completamente falso, fue mi primera vez. Bueno, ésta está para comérsela.

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Aparte de gozar recordando la historia de la zona y achuchando al peluchito de la foto, he disfrutado con otras cosas, como esos atardeceres entre el palmeral, a orillas del lago de Fatima, el paseo por el mercado de Touggourt, la vista a la madrasa de Temacine o simplemente compartiendo con los amigos unas cervezas y una huevos rotos en el Hotel Oasis, que no hace falta mas, que cuando uno está fuera de casa y en buena compañía, las exigencias disminuyen o todo se saborea mas.

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Y como somos seres de pasión y la mayor parte de las aventuras que merecen la pena surgen del fondo de varias jarras de cerveza, fue durante aquella cena en el hotel Oasis cuando surgíó la necesidad de una nueva aventura, el Tassili Najjer, uno de los desiertos mas insólitos y asombrosos del mundo. Si ya lo dijo Walt Whitmann ( que alguno pensará que me he inventado el nombre de este pollo) la vida es desierto y oasis, y así, literalmente, es como quiero que sea mi vida, desierto y oasis.

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Muchas gracias amigos por haber querido compartir esto conmigo.

 

 

 

 

Por si alguien todavía no se ha dado cuenta, a mí lo que me gusta es el desierto, allí dí mis primeros pasos y allí me gustaria terminar el camino, pero a veces me da por variar y recorrer otros mundos.

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Y da igual donde vaya, cada vez que salgo de casa me invade una extraña sensacion: Siempre necesito mas, perderme en cada camino, arriesgarme, dejarme llevar, meterme en líos, enamorarme, perder la cabeza, recuperarla a los 2 dias, probarlo todo ( aquí estoy hablando de comida, no sé que habréis entendido…)

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Busco desesperadamente aquél lugar donde quedarme para mucho. No se cual será ese sitio, pero como dicen en el Rif: “Maktub” (todo está escrito), así que sigo buscando, que un día aparecerá.

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La verdad es que en los últimos doce meses he creído encontrar ese lugar en Libia, Túnez ( aquí me quedaría a vivir en el bar La Cloisteri, qué barbaridad, qué sitio¡), Egipto, Marruecos, Djibouti, Etiopia, Tanzania, etc etc, y cómo no, hace poco me pasó con Gabón.

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Y es que, aunque cualquier viaje que se hace al continente del león y los amaneceres púrpura, se convierte en especial, os contaré que me bastaron tan sólo 4 cosas para pensar que éste sitio podría engancharme:

1.-Un camino. Y la necesidad de recorrerlo en moto hasta el final, el inaccesible Loango, el paraíso, allí donde hasta los hipopótamos hacen surf en la playa…desertando-

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(ojo que esta foto no es mía que es de la BBC, pero es que si no nadie se lo iba a creer)

2.-Una playa. Todavía me inquieta el recuerdo de aquel capitaine grillé que saboreé en el Hoteliere du Phare. Y mas todavía el posterior paseo desnudo por la playa de La Sablière, dejándome sorprender por el atardecer, perdida la noción del tiempo mientras lanzaba poesias al viento y a las olas. ( no se si se me ha ido la mano con la escenificación de mi éxtasis 🙂 )

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3.-Una selva. Tan inexpugnable, tan atrayente y tan desconocida para mí. Que gran verdad es eso de que uno no sabe que tiene hambre hasta que te ponen delante un plato que te gusta. No lo cambio por el desierto, pero…

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4.-Y por supuesto, un bar,( bueno, más de uno) quiero volver a cenar en el Skylife de Libreville y digerir la cena con ayuda de un gin tonic en el No Stress bar.

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Pero volvamos a la selva. Cuentan que cuando el Ché aterrizó en Congo (RDC) como apoyo cubano a la causa de los rebeldes Simba (que para el amor o la revolución no hay distancia grande), Laurent Kabila le advirtió que no había llegado para hacer el Tarzán. Consejo que podía haber seguido yo, porque exactamente así me sentía y claro, la Selva se encargó de demostrarme que me creía Tarzán de la Selva cuando en realidad era más como Dani de Vito en “Tras el corazón verde”.

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El primer intento de vencer a la selva fue por tierra, así que alquilé un coche con la idea de llegar hasta Coco Beach en la frontera con Guinea Ecuatorial. Difícil. (Aunque me costó varias horas aceptarlo).

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Resuelto a no darme por vencido, la segunda intentona fue atravesando el parque nacional de Akanda para intentar acortar dicha ruta. Imposible.

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Y finalmente probamos a adentrarnos en la selva remontando en pirogue el río Ogooué y el estuario de Gabón hasta el parque de Wonga Wongue. Locura.

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Lamentablemente, ahora que se pone interesante voy a cortar que veo que me he enrollado mucho.

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Como podeis imaginar, todos los intentos fueron un desastre, pero no estuvo mal la aventura, verdad Micky? Yo me alegro de que al menos lo intentáramos..

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A veces, cuando menos te lo esperas, todos tus desvelos son recompensados y del cielo te mandan algún adelanto. Aunque bien pensado no estoy seguro de si todo esto ha sido regalo del Cielo o castigo Divino. Y me voy a explicar, los dos últimos grupos que he llevado por África estaban formados por 17 chicas y dos amigos el viaje por Kenia y Tanzania y por cuatro chicas el de Marruecos…

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Y es que hay veces que este trabajo no está pagao…

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De estas dos rutas hoy quería escribir sobre la ruta de Marruecos, porque es la primera ruta que hace el club Desertando y aunque ha pasado ya casi un mes desde que volvimos, es lo que he necesitado para recuperarme y volver a ser persona.

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Recuerdo que el filosofo Bertrand Russell decía algo así como que las grandes aventuras personales tienen siempre una buena dosis de embriaguez, para conseguir que la pasión triunfe sobre la prudencia. Pero ojo, que este mensaje no debe uno tomárselo de manera literal, literal, que en este viaje nos ha faltado ésto para lanzarnos a atravesar el desierto en busca del oasis perdido de Zerzura.

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Y yo que andaba pensando en una copa tranquila, entre las dunas del erg Likhoudi, y después dormir a la belle etoile, no sé en que momento se nos fue de las manos…Menos mal que años de instrucción me avalan y para mi el frío, el hambre, el sueño o el cansancio son tan sólo estimulantes.

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El caso es que no era un viaje fácil, bajar al sur de Marruecos en Semana Santa y mantenerse alejados de las rutas transitadas por las hordas de turistas y poder disfrutar en soledad de lugares especiales se convertía un reto. Yo tengo varios de esos sitios especiales, voy tanto y me siento tan bien en ellos que empiezo a considerarlos de mi propiedad.

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No puedo desvelar el secreto de su ubicación, que cualquier día me lo encuentro lleno de turistas Simpsons y me da algo, sólo diré que para llegar  a ellos hay que sufrir un poco y hacer unos cuantos kilómetros, pero como son todos por una ruta con unas vistas como ésta de la pista de Telouet, os aseguro que merece la pena.

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De estos sitios ya os he escrito tantas veces…, me gustan tanto, que cualquier día arreglo una de estas kasbash, la convierto en casa rural y me vengo a vivir aquí. Casi lo puedo ver, mis fogones serían famosos y mi cocina creativa envidiada por todo el valle del Draa, Paul Bocuse a mi lado seria un pobre diablo, volverían a pasar por aquí aquellas caravanas de camellos que conectaban la casa de los Glaoui en Telouet con Tombuctú o Kumbia Saleh… bueno, voy a dejar de soñar que me estoy viniendo arriba

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Otro de mis lugares favoritos esta en Tamnougalt, desde la terraza de aquel lugar se tiene esta vista. No me importa decir el nombre del kasr, porque una vez allí, llegar a MI sitio es muy difícil. Éste es además el mejor lugar para hacer excursiones por Jebej Saghro, una de las joyas escondidas del sur de Marruecos.

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Mas hacia el sur, cerca de Mhamid, se encuentra la localidad de Bounou, otra joya, que sobrevive a pesar de encontrarse medio en ruinas y devorada por las dunas. Conoció tiempos mejores cuando el cauce del Draa pasaba por allí, antes de que se lo tragase la tierra, pero lo que ha quedado del pueblo, produce en mi una atracción fatal. Yo creo que es por culpa de este lugar que me empeño en venir siempre al Erg Chegaga y no a la duna de Merzouga

Desertando-MhamidEn Mhamid termina la carretera, y empieza la aventura, desde allí se puede ir al Erg Chegaga o al Erg Likhoudi, y mas allá de ellos, se encuentra la tentación. Advierto, pasas una noche entre las dunas, bajo las estrellas y el cuerpo te pide mas, a la mañana siguiente quieres coger la dirección contraria a la de casa, deseas seguir así, continuar la aventura.

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Pero lo que pase al día siguiente depende de quien haya ganado la batalla interior. Si ha vencido el irresponsable que todos llevamos dentro, (algunos menos dentro) entonces al otro lado de las dunas te encontrarás con Foum Zguid, y mucho mas al sur Smara, pasando cerca del el oasis de Bir Lehlou y Tifariti, imposibles de visitar, (desde Marruecos, claro).

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Si la batalla mental la ha ganado el otro yo, el responsable, entonces estarás camino de regreso a casa, pero aun así seguirás oyendo un run run permanente en tu cabeza y volverás, antes de lo que crees.

desertando.-dunasAunque a mi, el ruido que mas está sonando en mi cabeza desde entonces son las risas del viaje, no lo pasamos mal, no..Y con esto os dejo, porque tengo acumulados viajes por Argelia y Gabón que tengo que enseñaros, y se me van a juntar con otros proyectos. así que corto y cierro.

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