Decía la exploradora Isabela Bird que los viajes le daban a uno el privilegio de hacer las cosas mas impropias con total impunidad y yo, que en verdad que no las he hecho nunca, ni las volvería a hacer, me encuentro como consecuencia de una de ellas, postrado en la cama con un pie roto, purgando mis muchísimos pecados.

Días antes de mi ocurrencia, había atravesado Botswana por las tierras altas del Kalahari, cruzado la sabana de Zimbawe, el desierto del Namib, el Kaokoland, la costa de los Esqueletos, navegado por el Zambeze y el Chobe, etc etc. Casi 6000 kilómetros de espacios abiertos, salares, desiertos y montañas, empachado cada segundo de paisaje y aventuras por una pista infinita y salvaje… Así que ahora, mientras permanezco encerrado contra toda voluntad en mi jaula de oro, miro las 17 grapas que cierran mi herida y duele… pero no tanto.

Algo tienen esas pistas interminables que me atraen irresistiblemente y necesito perderme por ellas. Y no es que vaya huyendo de la justicia ni de ninguna ex novia despechada, ni me haya hecho vegano y busque encontrarme a mí mismo, es simplemente el placer de enfilar la pista y acelerar, acelerar hasta desaparecer entre la nube de polvo que vamos levantando, sin más mapa que las emociones ni más testigos del viaje que algún grupo de oryx o solitarias jirafas.

Por el camino me voy apropiando de los increíbles lugares que la ruta nos va descubriendo, el duro camino más al sur de Solitaire, el silencio del valle de acacias muertas de Deadvlei o aquella vieja mina de diamantes habitada ya sólo por un grupo de leones marinos.

Me pertenecerán para siempre el frío del amanecer entre las blancas dunas de la Costa de los Esqueletos o los suaves matices del atardecer en aquella pista perdida del Damaraland mientras buscábamos un lugar donde acampar antes de que el día se apagase. Tampoco olvidaré las noches en las tierras sagradas de Spitzkoppe y Kubu, cuando el calor del fuego, del vino y de los buenos amigos, nos llevaban de la mano a ese otro mundo de viejas leyendas que agitan la tienda atraídas por los suspiros del viento y los lejanos aullidos de la noche.

El aburrimiento, una película triste y la mezcla del nolotil con el vino me están trayendo hasta el sofá estos recuerdos de una forma poética preocupante que afecta a mi prestigio de hombre de Cromagnon, pero mientras dure, seguiré pensando en aquellos caminos interminables. En ellos vimos merodear al chacal, comer al guepardo y luchar al león, compartimos la comida con los herero en mugrientos bares del Kaokoland y cenamos en Bostwana en compañía de centenares de elefantes (tirando mmmmuy por lo alto).

Alternábamos el lujo de los mejores lodges del África Austral con el perraje de algunos lúgubres bares de excusados inexcusables…Disfrutábamos tanto de la soledad de las dunas de Torra Bay como de la compañía himba en una aldea perdida o del bullicio de un mercado herero. Eran días de gran intensidad que terminábamos siempre agotados, soñando con una buena ducha caliente, una buena comida y un mejor vino, que nunca faltaban…

Ahora mientras permanezco con la pata en alto, recuerdo las gans irresistibles de de subir por la costa de los esqueletos más al norte de Torra Bay en busca de leones y elefantes del desierto o continuar por el sur hasta Sandwich Harbour, allí donde las dunas abrazan al mar. Pero eso de momento tendrá que esperar y formar parte de los sueños que como las muletas, seguirán atormentándome durante un tiempo. Porque si todos los sueños se cumpliesen, ¿cómo distinguiríamos entre sueño y realidad?

Ayer mismo comprobé cuán impenetrable seguía siendo éste trozo del Amazonas, al menos para mí, porque era la segunda vez que me vencía. La primera vez no fue hace mucho tiempo, y recuerdo que terminé el conato de aventura acompañado de un rastafari de pinta mas que dudosa y su pistola bajo mi custodia en la guantera del coche. Entonces decidí desistir y regresar a Georgetown, a tomarme una copa de El Dorado, el roncito local, que fue la bebida oficial de la Armada británica durante muchos años. Y de esto, ellos entendían un rato.

La derrota de ayer fue debida a otro cúmulo de circunstancias mas tranquilas, aunque pesaba sobre todas la promesa a mi madre, que vuelvo a tener unos días en chapa y pintura, de que estos días iba a dejar de lado este talento especial que tengo para los problemas e iba a pensar con la cabeza y no con las vísceras, para evitar que se me ocurrieran mas genialidades.

Sobre todo porque meterse bajo una lluvia torrencial por aquella pista roja, tenebrosa y encharcada que se perdía hacia el interior del Amazonas, no parecía una buena idea, y menos cuando tenía que coger un avión a Panamá esa misma tarde. Siempre con prisas.

Así que aunque el cuerpo nos pedía seguir por ese camino, (iba con el Richal que tenia las mismas ganas que yo de aventura por el Amazonas), decidimos regresar a la ciudad de Linden a que amainara el temporal y apareciera una alternativa de aventura viable. Y es que para ver  el museo minero de la ciudad no nos habíamos levantado a las 4 y pico de la mañana renunciando al desayuno buffet del hotel, lo que en mi caso significa mucho renunciar…

Mientras llovía, vi poco que me atrajese en Linden, aparte de un ruinoso mercado, vacío, sin vida, por donde circulaban a sus anchas dos vacas sentenciadas. También había un  pequeño paseo junto al río Demarara donde terminaban los destartalados restos de unas minas de bauxita que conocieron glorias mejores cuando se acercaban enormes barcos de carga, despertando a la ciudad de su letargo.

Pero siempre pensaré en Linden como el lugar de Guyana donde muere la carretera y nace la aventura, alli justo, en aquel camino que intentamos seguir y que llevaba hasta Lethem, en la frontera con Brasil, Un camino que se perdía entre la jungla, sin mas color que un verde tan intenso, tan igual y tan oscuro, que daba al paisaje un aire muy tenebroso, al menos con la lluvia. Ese camino es una maldita tentación.

Pero como os podéis imaginar, no escribo esto para poner fotos del museo de Linden, porque tras un tiempo de frustración y espera, se asomó tímidamente el sol, la lluvia nos dio una tregua y la estrella que siempre nos ilumina nos mostró una alternativa a aquel maldito camino: Intentarlo por el río, en una de aquellas barcazas que lo atravesaban continuamente de una orilla a otra.

Y no es por nada, pero fue una autentica maravilla

Estoy en Costa Rica, de regreso a casa, no hay descanso para mi mente,  la jungla sigue atormentando, aunque sé que algún día conseguiré llegar hasta el final de ese camino y la venceremos, pero lo que mas me duele es que me han gustado mas las fotos de Richard que las mías. Manda cohones

Definitivamente voy a comprarme un iphone, lo hago por vosotros.

 

Estaba un tanto aburrido, así que he escrito esta pequeña historia de un lugar que me atraía demasiado. Pocas letras que se que algunos me leen en oblicuo.

La Tercera Legión Augusta tenía África como teatro de operaciones y su base central era la ciudad de Leptis Magna, la cuna de Séptimo Severo, el puerto mas importante de Libia,. Desde allí los legionarios romanos conquistaron el norte de África, doblegaron a Numidios, Mauretanos, Atarantes y Garamantes, se adentraron por Murzuq y llegaron incluso hasta el reino de Hausa, allá por el Lago Chad.

Con semejante historia, como para ver el cartel de desvío a la ciudad y no entrar a verla. Y eso que a priori no parece muy buena idea atravesar una carretera donde abundan los check point de unas milicias bien armadas. Pero claro, hemos tenido ideas peores…

La ciudad parece dormida, como si alguna extraña fuerza les hubiera obligado a abandonar la ciudad de la noche a la mañana. Tras atravesar el arco levantado en honor a Septimo Severo, se inicia un increíble viaje en el tiempo. Allí, entre un mar de columnas, frontones y capiteles apilados en desorden, todavía parecen resonar las voces de los oradores en el foro, las ovaciones del coliseo y hasta el barullo del mercado de la playa.

Seguro que algún día será menos complicado llegar hasta allí y os lo podremos enseñar. Inshaallah

Tenemos unas amigas que siempre piden guerra. Han cruzado con nosotros las dunas del Sahara, navegado por el río Gambia hasta el mítico Janjanbureh y atravesado Burkina Faso por el país Lobi. También conocimos juntos lugares tan misteriosos y ocultos como la magia del vudú de Ouidah, el territorio de los Somba o incluso asistimos a una celebración de la secta del cristianismo celeste en un palafito sobre el lago Nokoué.

Tan sólo necesitan una garrafa de vino sudafricano de Namaqua y un poco de fuet para adentrarse como Tarzán por el legendario reino de Opar o encontrar la ciudad perdida de Kor y desafiar el poder de “Ella, la que debe ser obedecida…” Menudas son

Y como no podía ser de otra manera, este año quisieron atravesar el Kalahari, la tierra de la Gran Sed. Un desierto lleno por igual de maravilla y de misterio, implacable con los incautos y los desprevenidos, tan seductor como exigente, un mundo solitario.

Tierra dura a la que solo han sabido adaptarse los bosquimanos. Casi el único pueblo cazador recolector que queda en África, perseguidos y casi exterminados en el siglo pasado, un mundo que se desvanece.Yo los encontré más al sur, desierto adentro y también en el lago Eyasi, en Tanzania. Acababa de leer el libro de Van der Post, así que reconozco que por aquel entonces intenté identificar esa deformación de las nalgas que las mujeres tienen para acumular agua y grasas. También decía que los varones bosquimanos tienen una danza para cada acto, adoran el baile y tienen un estado de semierección permanente durante toda la vida. Tengo un amigo en Madrid que no lo sabe pero debe ser bosquimano…

Empezamos la ruta en Maun, con unos días de descanso recorriendo el laberinto de canales del Okavango, disfrutando de encuentros casuales con elefantes, saboreando gin tonics al atardecer sobre el río Boteti y de entretenidas charlas al caer la noche.

Tras Maun, la aventura, y la alegría de iniciarla dejando la carretera y siguiendo las huellas de un débil sendero que nos llevaba a lo salvaje, entrando en una región donde hasta hace poco nadie había osado internarse. Los primeros fueron Livingstone y Oswell, después Baines, Chapman, los hermanos Green y tantos otros…Hasta un funambulista, el Gran Farini, se atrevió a desafiar el gran desierto y atravesarlo a pie con tan solo un revólver, una cámara y un libro de notas. Yo las leí y me atrapó su historia, por eso salgo dispuesto a superarla internándome por el desierto acompañado tan solo de cuatro amigas, que así soy yo, inconsciente total.

Juntos recorrimos Makgadigadi y las tierras de Nxai Pans, convertidas en un barrizal, un lugar solitario que a veces recibe la visita de miles de cebras y jirafas y otras veces la de nadie . Allí acompañamos el galope de un grupo de Oryx en la inmensa llanura del salar, vimos el baño del elefante y almorzamos a la sombra de uno de aquellos durmientes baobabs que inmortalizara Baines.

Tras la aventura, la calma, disfrutando de una increíble puesta de sol entre los baobabs de Kubu, la Isla sagrada de los bosquimanos, uno de los lugares más solitario y místico que conozco. Nada más fácil que al caer la noche, bajo una inmensa luna, dejarse atrapar por el aroma del vino sudafricano mezclado con el del fuego de leña de acacia y el olor a promesa de lluvia. Las risas iniciales se fueron transformando en conversaciones apagadas hasta convertirse finalmente en ronquidos…Una gran noche.

Y tras la calma, el éxtasis final, recorriendo el Parque Nacional del rio Chobe, el lugar del mundo más poblado de elefantes, y cruzando Zambia y Zimbawe para llegar a las cataratas Victoria, la séptima maravilla de la naturaleza.

Por el camino y para el recuerdo quedan aquellos safaris en barca por el Chobe, la cena a escasos metros de una charca con elefantes,  un atardecer en la reserva de Elephant sands, un pequeño paraíso en Pandamatenga… y sobre todo la visión desde Zimbabwe de las cataratas Victoria

Aquella noche, a orillas del Zambeze, cenando entre impalas y cebras decidimos el destino de nuestra próxima aventura, las Montañas de la Luna…

Deseando estoy de volver a la aventura, con el sol sobre la cabeza, el viento en la cara y el camino a los pies…

 

Leí que el gran explorador Richard Burton comentó al marchar en busca de las fuentes del Nilo, que entre los momentos más felices de la vida está el de partida a un lugar lejano, a tierras desconocidas. Qué gran razón tenía¡¡. Hace tiempo conté que a mí, ese estado de excitación y felicidad previo a un viaje me suele venir asociado al de un olor, el del keroseno de los aviones, un aroma que tengo grabado en lo más profundo del alma, un olor que siempre acompañaba a la aventura y precedía a lo desconocido…

Es llegarme el olor  y regresar en segundos a aquellos años de paracaidista cuando creíamos que el sexo era seguro y saltar de los aviones peligroso, a aquellos vuelos en un destartalado Mi-8 sobre inmensas manadas de elefantes en el parque chadiano de Zakouma, al vuelo con el pirata Omar sobre las montañas Akakus del desierto Libio…es volver a tantas aventuras…

Esto viene a cuento porque ayer, en el aeropuerto de St Lucia (dejo una pausa larga para que lo busquéis en el mapa), ese olor, mi cápsula de viaje astral, me volvió a sacudir el corazón llevándome muy lejos, a un sobrevuelo que hice no hace mucho tiempo por el mayor santuario de vida salvaje del mundo. Y entonces recordé que guardaba sin clasificar unas fotos dignas de las alabanzas que mi ego siempre necesita.

Mi mente regresó al pasado verano, al Old Bridge backpackers de Maun, justo cuando nos acabábamos de quitar el polvo de un largo día de camino atravesando el salar de Makgadikgadi, Aquella noche a orillas del Okavango, trasegando cervezas al amparo de un ventilador agonizante, estábamos cuatro amigos unidos por el mismo deseo, escapar hacia lo desconocido y vivir una buena aventura (liarla, vamos).

Habíamos acabado en ese remoto lugar siguiendo los pasos de Livingstone ( sin tantas exigencias) por aquella mítica ruta que le llevó hasta las cataratas Victoria. Nos sentíamos atraídos por el misterio de un río que huyendo del mar, se pierde hacia el interior de África, cruzando Angola, Namibia y Botswana para morir en las arenas del Kalahari.

Aseguraba Proust que no hay más paraísos que los perdidos y nosotros, que más perdidos no podíamos haber estado, nos encontrábamos aquella noche a las mismísimas puertas del Edén,

Durante los días siguientes buscamos nuestro paraíso soñado. Lo hicimos desde el aire, sobrevolando en avioneta por aquel laberinto de islas, canales, dunas, bosques  y palmerales, despertando la curiosidad de algún grupo de elefantes o ante la indiferencia de enormes manadas de búfalos, todo un espectáculo. Inolvidable.

También lo buscamos a bordo de un silencioso mokoro, internándonos por el laberinto de canales, entre nenúfares y papiros. Lo buscamos allí donde imponen su ley el cocodrilo y el hipopótamo, donde acuden a beber y refrescarse manadas de elefantes o combaten a muerte el león y los irascibles búfalos, donde sólo rompe el silencio el chapoteo inesperado de temerosos grupos de cebras o tímidos sitatungas.

Acompañados de un grupo de ba-yeis, los auténticos conocedores del Delta, recorrimos los senderos abiertos por los hipopótamos, atravesamos bosques de mopanes, vimos grupos de elegantes jirafas de andares femeninos, nerviosos impalas, imponentes kudus y desvergonzados babuinos chacma.

Acampamos en una de aquellas diminutas islas, bajo un cielo estrellado, reímos junto al fuego, sellamos la amistad con vino de Namaqua, y nos dormimos al arrullo del ronquido de los hipos, el cantar de las ranas y el lejano ladrido de algún solitario chacal.

Y allí, en aquella isla sin nombre, encontramos el paraíso. Y fuimos felices. ( hasta que se acabó el fuet)

Ademas, como tanto los antros infernales como los paraísos terrenales hay que administrarlos en pequeñas dosis y a partes iguales, enseguida sentimos la necesidad de partir en busca de algún garito que nos acogiera. E hicimos como el mismísimo Okavango, nos fuimos perdiendo entre las arenas del Kalahari, camino del Nxai Pans, un sitio duro, otro lugar para que os lo apuntéis…

 

Dicen que en el corazón del Sahara se encuentra uno de los lugares más increíbles y misteriosos del mundo. Dicen que el lugar es inaccesible, que hasta allí sólo puede llegar el viento, escondido como está tras las montañas del Air, el Hoggar o las del Tibesti y rodeado por la inmensidad de los desiertos del Tanezrouft, el Tamesna y el Teneré. Y dicen también que siempre fue un lugar peligroso, tan cerca del temible encuentro de fronteras de Argelia con Libia y Níger, punto de paso obligado de enigmáticos tuareg y belicosos tubus, siempre insumisos, siempre en guerra. Eso dicen…

También oí decir que allí reinó hace muchos años Tin-Hinan, la mujer gigante del Sahara y que tras su muerte, los espíritus malignos del desierto, los terribles djinns, se apoderaron para siempre del lugar. Y que así quedó olvidado y perdido, durmiendo un extraño sueño durante siglos, ajeno a todo, Y que los primeros exploradores que se atrevieron a recorrerlo perdieron la cabeza con lo que descubrieron en su interior.

Cuentan que en su interior, entre un laberinto de agujas que emergen sobre enormes dunas de arena rosada, uno de aquellos locos exploradores, Henri Lothe descubrió la ciudad perdida de Sefar, el regalo más secreto del Sahara. Y cuentan también que allí yacen los mismísimos restos de la Atlántida y que entre sus paredes hay pinturas milenarias representando seres gigantes, extrañas figuras, animales  desconocidos y seres de otros mundos. Sí, eso dicen…

Y contaban que entrar allí, en el Tassili N´ajjer, era abrirse paso a un mundo irreal, con montañas volcánicas, profundos desfiladeros y un paisaje atormentado por un viento infatigable que arrastra la arena de las dunas suaves y curvadas de Moul N’agga o las rosadas de Tin Merzouga produciendo una erosión permanente y caprichosa al golpear contra las extrañas formaciones de Tamezguida. A veces es obligatorio pasar por la puerta pequeña del imaginarium para encontrar un mundo de fantasía.

 

Tantas cosas decían…que no tuvimos mas remedio que ir a verlo con nuestros propios ojos, es mas, no se ni como habíamos podido aguantar durante tanto tiempo. Así que, aprovechando que la zona está segura (porque aunque lo parezca, no semos unos inconscientes), volamos a Djanet, aquel oasis a la deriva en el umbral del misterio y acompañados de Mohamed y su pequeña “Katiba” iniciamos la aventura atravesando el gran Erg D´admer dispuestos a conquistar este sueño.

Eran días de harmattan, el viento rojo del desierto, siempre violento, que levantaba la arena y daba al cielo un tono plomizo. La visibilidad era escasa pero no impidió que Mohamed nos enseñara parte de aquel infinito de tesoros ocultos. Nos enseñó que hubo un tiempo en que aquella tierra fue un vergel, y por ella corrieron antílopes, jirafas, elefantes y leopardos; con ríos infestados de cocodrilos e hipopótamos. Que las piedras así lo dicen.

Otras pinturas representan la vida cotidiana del neolítico, y hasta vimos la muy probable primera pornografía de la historia, que no reproduzco aquí por pudor, pero que me hizo ver que seguimos igual de inmaduros desde hace 8000 años.

El atardecer es incluso más espectacular que el dia, cuando reina el silencio y solo se oye el canto de las dunas. Nada como sentir el frío de la noche, con el cielo infinito por techo y por única cama la tierra fría, y esperar al amanecer observando en silencio mientras llega el aroma de las brasas de acacia. Es cuando siento de verdad que de mi doble existencia ha triunfado la del desierto, siempre aventurera, y encierra por unos días a la calmada del hombre responsable que soy.

Siempre entre risas fuimos recorriendo cada rincón del Tassili y durmiendo cada noche al abrigo de los vientos, devorando junto al fuego la comida de Mohamed, escuchando los ronquidos de Issa (y de alguno más que lo niega) y las canciones de Mousa, (sobre todo una que me llevaba a otros brazos muy lejanos), hasta que no tuvimos más remedio que regresar a Djanet, camino de casa.

 

Hice otros viajes, tuve otros sueños y conocí la magia de otros desiertos, más duros y más lejanos, pero éste…éste me obligará a volver muchas más veces, lo sé. ( Pedro, ahora es cuando digo lo de que Desertando te lleva allí el próximo mes de octubre?, pues eso)

Siempre he hecho mía una frase de T.E Lawrence que leí mientras esperaba con ansiedad un viaje al desierto del wadi Rum. Aquella frase decía “un dia de estos, si no me vigilo, saldré atropelladamente hacia el lugar mas disparatado”. Y es que a mí me pasa lo mismo, aunque ni vigilándome consigo no aparecer en los sitios mas disparatados, increíbles, espectaculares, problemáticos o difíciles que siempre están rondando por mi cabeza.

Esta es la historia de la última vez que conseguí burlar mi propia vigilancia:

El viaje empezó en mi cabeza hace mucho tiempo, a orillas del parque fronterizo de Kgalagadi, en una noche clara y fría, atravesada por los vientos. Aquella noche, al calor del fuego y del vino, bajo uno de los cielos estrellados más impresionantes que he podido contemplar, me contaron que no lejos de allí, al otro extremo del Kalahari, había una isla sagrada. Una isla que surgía solitaria en un mar de sal, blanco e infinito, un oasis de rocas sobre las que surgían fantasmagóricos baobabs milenarios. Un lugar mágico. Me lo contó un desconocido, alguien que trajo el camino y que desapareció por él al día siguiente, pero a mí ya siempre me quedó un run run…

Así que me compré un mapa del Kalahari y pasé años planeando la ruta que seguiría para llegar allí. En aquel viejo mapa, ya desgastado, agrietado y con manchas de colacao y gintonic, descubrí que aquel inmenso mar blanco era el salar de Magdadigkadi y que en su interior había varios humedales, en uno de los cuales, el Sowa Pan, se encontraba aquella isla, Kubu.

Durante la estación de las lluvias, la isla se transformaba en el jardín del Edén con la llegada de centenares de flamencos rosas, grandes manadas de cebras y ñus, gacelas springbox, orix, jirafas y hasta algún que otro elefante…pero entonces quedaba casi inaccesible. Con la estación seca, el paisaje cambiaba por completo y se convertía en una costra seca de barro salado, donde con suerte se podía ver alguna solitaria hiena marrón, ya sin ganas de reír y enormes colonias de descarados suricatos. En cualquier caso el camino siempre es muy exigente, que es lo que atrae.

No era la primera vez que me acercaba al Kalahari, un territorio tan hostil como seductor cuyo nombre susurra deseos de emociones, aventura y desafíos, que es justo lo que nunca me falta, y sabía que para internarme en él iba a necesitar un 4×4, logística adecuada y mucho sentido común, que es justo lo que casi siempre me falta. Por eso ésta vez, fui con Desertando, por si acaso…

La ruta inicial que planeamos salía cerca de las minas de diamantes de Orapa y llegaba a Kubu tras atravesar salares y pequeñas zonas de hierba, raquíticas acacias y mopanes. Llegar a la isla no es fácil, agota, pero la recompensa es enorme. Imagino que fue allí, a la sombra de uno de aquellos gigantescos baobabs, cuando Livingstone comentó que en esa expedición no todo iban a ser placeres (eso mismo me dije yo, allí y días mas tarde al ver el hotel económico en el que había reservado habitación en Francistown, de regreso a Johannesburgo, para verlo…).

Llegar a la isla cuando las luces del atardecer tiñen de rojo los baobabs, destacando más todavía entre las enormes rocas y ver como el horizonte blanco se va transformando en una mezcla de cobaltos y grises, es un regalo para la vista. Con la puesta de sol invade una sensación de soledad y desolación. Entonces se entiende porqué la isla ha sido desde siempre un lugar sagrado dedicado a ritos e iniciaciones.

Allí no hay alojamientos y se acampa a la belle etoile, preferiblemente a los pies de algún enorme baobab. Al caer la noche empieza el ritual: disfrutar del cielo estrellado, caer hipnotizado ante la hoguera, saborear un buen vino de Namaqua, conversar y reir con buenos amigos y finalmente caer dormido al arrullo del canto de las cigarras. Es la combinación más peligrosa para caer enamorado, de haber sido otra la compañía, claro…( yo no, que no me pertenezco)

Desde allí Livingstone continuó su ruta hacia las cataratas Victoria pasando por el humedal de Ntwetwe, otro paisaje lunar, con extrañas formaciones rocosas, dunas, islotes y canales, donde apenas sobrevive una población de suricatos. Otro lugar para quedarse a dormir, que tenemos que dejar para el próximo viaje.

También pasó Thomas Baines, antiguo compañero de expedición de Livingstone, que siguió rumbo norte, de isla en isla, Kubu, Kukonje, Thithaba… hasta Nxai Pan, donde inmortalizó para siempre con sus dibujos la impresionante figura de unos baobabs conocidos desde entonces como Las Siete Hermanas.

 

Le acompañaba Chapman, que también se inmortalizó firmando en el más grande todos ellos, uno con mas de 25 metros de perímetro. Cerca de ellos se concentra la escasa vida salvaje que permanece durante la estación seca, springbok, avestruces, un par de zorros de orejas de murciélago y algunos elefantes dándose un baño de barro, poco mas…

Baines, Chapman, Livingstone, los hermanos Green, son algunos de aquellos exploradores que cruzaron por aquí persiguiendo la belleza de los árboles más increíbles de África. No me extraña. Una de las rutas mas increíbles que conozco.

Desde Nxai Pan abandonamos la ruta de los baobabs y nos trasladamos a Maun para iniciar un recorrido por el delta del Okavango, pero eso ya, si eso, os lo cuento el próximo día. Lo que ahora no se me va de la cabeza, es que aquella noche, en Kgalagadi me hablaron también de la ciudad perdida del Kalahari, una ciudad sepultada entre las dunas rojas de Kiki. Sé que es tan solo una leyenda, pero me están entrando unas ganas enormes de ir tras ella, lo digo por si alguien se anima a acompañarme…

Esta entrada se la dedico a mi madre, un alma mochilera que ha tenido que posponer un viaje por Tailandia mientras pasa por el taller de chapa y pintura para que la vuelvan a dejar como nueva. Besos mami

Hace poco recordaba la ruta de Aeropostale en la que pilotos como Saint-Exupery o Mermoz arriesgaron su vida atravesando el desierto para llevar a tiempo el correo de Dakar.

Y es que estos años he tenido la suerte de conocer a pilotos de una casta parecida, que con las mismas dosis de locura y sentido del deber, fueron siempre capaces de tomar en aquella pista solitaria del desierto de Libia. Compartí con ellos la aventura de volar cerca de las dunas, sobre oasis perdidos o entre las montañas de Akakus. Qué suerte la mía¡

Hace poco realizaron su último vuelo. Fue el pasado 28 de abril, esa mañana el avión despegó, se alzó hasta unos 200m y a continuación se desplomó sobre la arena del desierto.

Y por un par de casualidades, y algunas horas extras de mi padre desde el Cielo, el destino quiso que esta vez no estuviese en ese avión, en aquel vuelo. Lo dicho, qué suerte la mia¡ Como dicen por aquí, Maktub, todo está escrito.

Así que he vuelto a nacer y por lo tanto, empiezo una nueva vida, que quiero empezar desde cero. Había pensado dedicarla por entero al orden, la vida asceta y el trabajo de oficina, pero veo que ya me estoy volviendo a liar.

De hecho, días después ya me estaba asomando otra vez a las dunas, pensando en mi siguiente aventura. Si es que yo como dijo el astronauta Collins, para mí es imperativo explorar. Aquel día soñaba despierto con llegar a un pueblo que siempre ha vivido aislado y escondido, allá lejos, al otro lado del desierto, tras las montañas de Akakus, incluso más allá del peligroso paso del Salvador, pasado el territorio de los temibles Ifoghas…Mas lejos.

Así empezó su aventura hace cientos de años el pueblo Dogón, saliendo desde Libia y siguiendo mi ruta soñada, la de veces que habré estado tentado a recorrerla…Siempre he compartido la tentación de André Citroen, aquel soñador que también se internó por esa ruta, empeñado en atravesar el Sáhara a bordo de unos pesados vehículos de cadenas. Otro loco más de mi lista de favoritos.

Yo he seguido en ocasiones otra ruta más asequible, desde Djenné, navegando por el Bani entre aldeas de los Bozo y los Kurumba, hasta alcanzar Mopti, el puerto más bullicioso del Níger. Desde allí por tierra, alternando paisajes desérticos con verdes campos de cebollas se llega fácilmente (si no eres alérgico a las cebollas como yo) a Djiguibombo, el primer pueblo de la falla de Bandiagara. También tiene su dosis de aventura, aunque no es lo mismo.

Como decía, allí lejos, atrapado entre las paredes de la gran falla y el desierto anaranjado de Gondo, sigue viviendo el pueblo dogón, escondido durante cientos de años, tras echar a los pigmeos Tellem, que a su vez expulsaron a la cultura Toloy, habitantes de la falla hace miles de años. Tellem y Toloy huyeron hacia el Congo dejando para siempre unas casas diminutas, irreales, colgadas en el escarpado. Y allí se mantuvieron los dogones durante siglos, escondidos, a salvo de los ataques del imperio Shongai, de los Mossi, de la islamización, y hasta de los franceses… La version africana de Patones de arriba.

Por eso los dogones mantuvieron intactas sus costumbres y siguieron adorando al dios de agua, al Lebé y a Binu, a los gemelos Nommo…y a tantos otros espíritus totémicos. Un pueblo que entre la tranquilidad de aquel valle rojo dominado por gigantescos baobabs, las aldeas con sus puntiagudos y característicos graneros de mijo y el andar pausado de sus habitantes, cualquiera diría que esconde uno de los mayores misterios de África y la religión más compleja del continente.

El primero en estudiar dicha cultura fue el antropólogo Marcel Griaule, que abordó dichas creencias desde una perspectiva cosmogónica. Libro de obligada lectura, aunque confieso que no entendí mucho (ni poco) y en ocasiones mi materia gris estuvo a punto de cristalizar tras la meditación de lo leído, pero aun así, imprescindible para comprender la complejidad de sus rituales y simbología.

Indispensable para entrar en aldeas como Kani Kombolé o Telly e identificar  y comprender el significado de los tótem y amuletos que se encuentran entre las calles, o el significado de las casi 80 clases de máscaras rituales. Necesario para entender el orden de las cosas establecido por el Hogón, el jefe espiritual de la aldea, el único que se puede relacionar con el Dios Amma, el creador.

Imprescindible para saber que Nommo, el dios mitad reptil llegó hace 3000 años procedente de la tercera estrella de Sirius, una estrella enana, invisible al ojo humano, cuya existencia conocieron misteriosamente siglos antes de que fuera descubierta. También le contaron a Griaule las orbitas de dicha estrella, la existencia de los anillos de Saturno, las 4 lunas de Júpiter y hasta una cuarta estrella de Sirius, Emme ya, que los astrónomos todavía no han encontrado…

Recuerdo ahora con el tiempo aquellas noches que pasé a “la belle etoile” en el tejado de alguna casa dogón escuchando al Cigala. Ví unos cielos con tantas estrellas y tan cercanas que empecé a pensar que pudiera ser verdad, que Nommo llegó desde una de ellas.

Y así mantuvieron durante siglos éstos conocimientos de astronomía y sus complejas creencias, hasta que finalmente el Islam se expandió por cada rincón del desierto y lo cambió todo. O casi todo, porque cada atardecer podrá resonar por todo el valle la llamada a la oración desde las mezquitas, pero siempre creerán en Amma, el dios de agua, y cada 60 años, cuando aparezca Sirius entre los cuernos de aquellas dos lejanas montañas, lo adorarán…

 

 

Prestad atención, dejad que os cuente una historia que hará volar vuestra imaginación. Venid conmigo al desierto, descubrid un mundo lejano y escondido. Escuchad

Así empezaba una historia que hace poco oí contar al tuareg Bubakar, un viejo conocido, mientras nos ofrecía dátiles y yogur de camella en el patio de la mezquita de Al Uweinat. Todavía no podía imaginar que aquel día cambiaría mi destino. Había llegado hasta allí huyendo del frío de Madrid y de la irresistible tentación del Netflix y la bata-manta, ansioso de calor, aventura y líos por partes iguales.

 

Me habían acompañado tres amigos, entre ellos Omar, un gigantesco y barbudo sheikh, que no se separaba de mí, ni de una enorme ametralladora pesada, lo cual me transmitía cierta tranquilidad, aunque a veces, todo lo contrario…

Habíamos llegado hasta allí tras varias horas por una carretera que se perdía hacia el sur, medio devorada entre un inmenso mar de dunas. Recuerdo de aquel viaje la monotonía del paisaje, un intenso olor a asfalto recalentado y la letanía de la música de Tinariwen, mi eterna compañera en los desiertos. Varios check point de los tuareg sobre la ruta se empeñaban en romper el aburrimiento de la mañana. Saludos,  ceremonia del té y vuelta al amodorramiento hasta el siguiente puesto. La rutina de cada día.

Fuera, soplaba el infatigable Gibbli, ese viento caliente del sur que trae en el aire el lejano desierto de Borkou… Apenas se divisaba el horizonte hasta la llegada al palmeral de Uweinat, la puerta de entrada a ese mundo escondido.

Allí fue donde Bubakar empezó a contar aquella historia que hablaba de un lugar, no muy lejano, donde las dunas eran tan mágicas que cambian continuamente de color, volviéndose rojas cada atardecer. En ellas había tan solo dos pozos, pero de un agua tan caliente que parecía surgir de las mismísimas entrañas de la tierra. Junto a ellos crecía a duras penas un grupo de raquíticos tamariscos, nada más podía vivir allí, sólo tamariscos, y djinns, los espíritus malignos del desierto. Bubakar aseguraba haberlos oído algunas noches durmiendo entre las dunas, y yo también.  Contaba que entre aquellas dunas se elevaban unas enormes montañas rocosas, de formas fantasmagóricas, que a veces desaparecían con el viento.

Y tras aquellas rocas se escondía una cueva, habitada desde hace miles de años por locos, porque locos tuvieron que estar para elegir un sitio así para vivir, sometidos a ese sol abrasador y al incansable viento. En sus paredes dibujaron jirafas, elefantes, gacelas y hasta unos seres extraños que parecían de otro planeta, sí, debieron de volverse locos, todos. Desde entonces la llaman Kafel Gonoun, que significa algo asi como “tienes que estar loco si quieres ir allí”, y según me dijeron, hace muchísimo que nadie se acerca por aquel lugar. Aunque para mí el nombre resonó como un clarísimo “no hay…” y claro, ante eso, no cabía razonamiento alguno. Además, teníamos todo lo necesario, combustible, munición, agua y un par de cabras, vivas, por lo que salimos inmediatamente hacia el desierto.

Paramos a comer a la sombra de un tamarisco, junto a uno de los pozos de agua hirviendo, tal como había descrito Bubakar. Un grupo de nómadas tuareg había acampado junto al pozo. Y allí, junto a ellos, entre dunas, camellos y camaradas sacrificamos las cabras y las cocinamos al fuego con leña de acacia.

Al atardecer, tras el té, subimos a las dunas que ya se estaban volviendo de un color rojo intenso. Y entonces lo vimos, entre las dunas se levantaba un enorme farallón con rocas de extrañas formas, que protegían el acceso a la cueva de los locos. El lugar impresionaba

La visión duró escasos minutos, se había vuelto a levantar el Gibbli con gran fuerza, ese mismo viento que por el este le llaman el Khamsin y en el Sahara Occidental es el Irifi, pero que siempre es igual de enloquecedor y arrastra el mismo desierto. Y así, mientras veía la montaña desvanecerse, mi corazón solo pensaba en permanecer allí, recorrer cada lugar del Awis o perderme por entre los riscos del Tadrar siguiendo los rastros de algún waddan.

No sé, quizás fuera ese viento, el Irifi, que me entró hace tantos años por un oído y nunca ha conseguido salir, el que me llevó aquel día hasta la Cueva de los locos…

 

Recuerdo que la primera vez que fui consciente de asomarme al infinito fue atravesando Mauritania por las desoladas llanuras del Tassiat y las dunas del Achkar. Por aquel entonces todavía jugaba a ser rebelde, bebía whisky Dyc con coca, escuchaba a los Limones y viajaba con poco dinero y mucho morro (no como ahora).

Desde aquella vez, sigo obsesionado con los desiertos, y no he dejado de soñar con seguir las rutas de aquellos exploradores que intentaron desvelar el misterio de la ciudad de Tombuctú. Por proximidad a mi casa, últimamente me atraían más las aventuras de aquellos que intentaron llegar allí a través de la ruta de Murzuk, y de entre ellas, especialmente la aventura de Gordon Laing, todo corazón, o el gran viaje de Henry Barth a través del Sahara. En sus cartas y escritos ambos aseguraban haber encontrado en lo más profundo del  desierto un jardín secreto en el que manaba la auténtica fuente de la libertad, a la que se dirigían a beber aquellas grandes caravanas procedentes de Egipto a través de Khufra.

Al igual que en el siglo XIX, la inseguridad en la zona hace que continúe siendo muy peligroso acercarse y  ha hecho que este lugar haya permanecido perdido e inaccesible por años. Y como es sabido, todos los lugares perdidos alimentan historias ocultas y excitan la imaginación, sobre todo de las mentes más volátiles, algo así como la mía, (si es que soy carne de cañón…)

Y saber durante todos estos años, que tras aquellas dunas lejanas que veía desde mi habitación, se encontraba ese jardín escondido, era toda una provocación que no podía desatender durante mucho más tiempo. De hecho todavía no sé cómo aguanté tanto tiempo…

 

Así que un día decidí dejar de soñar y cumplir alguno de los sueños, escogí un grupo de tuareg entre los amigos de Ubari, lo mejor de cada casa, llenamos los coches de armas, combustible, agua y un par de corderos maduritos, y nos internamos entre las dunas. No necesitábamos mas.

Mientras recorríamos el mar de dunas de Ubari, pensaba en aquellos primeros habitantes de la zona, los Garamantes. Aquella civilización, capaz de frenar el avance romano por el desierto, recorrió estas mismas dunas hace miles de años en cuadrigas impulsadas por caballos. Su capital estaba en Germa, muy muy cerca de donde llegamos aquel día, desde allí controlaban las rutas de los oasis a través del Sahara. Todavía se pueden ver las ruinas de su poderoso Imperio, aunque llegar hasta allí sí que es meterse en un buen lio. (No seré yo el que diga que no a esa aventura.)

Por el camino iban apareciendo lugares increíbles, sólo conocidos por los tuareg, todos descartados por los mapas, sin derecho a nombre, y que yo intentaba almacenar en mi memoria a golpe de selfie. Dunas de diferentes colores y tamaños, reducidos grupos de palmeras o una pequeña acacia, sin apenas leña para un calentón, que yacía solitaria entre aquel mar de dunas…Todo me emocionaba, que así soy yo de tierno con mi nuevo corazón, pero hubo un lugar donde sé que se me escapó el alma y allí debe estar todavía, atrapada en aquel silencio mortal, a los pies de una duna y un par de palmeras…

Y así subiendo dunas, bajando cortados o sacando coches atrapados en la arena nos dio la hora de comer. Tras la oración del salat al asr, y envuelto por un paisaje increíble, hicimos un fuego, y compartiendo plato y cuchara, devoramos pasta, cordero y kueskos ajenos. Así, de la mejor manera que conozco para disfrutar al máximo de las cosas sencillas, como aprendí en el Ejército: en camaradería.  Qué pena de vino….

Dejo para el próximo día si conseguimos encontrar el jardín secreto y las fuentes de la eterna libertad, o continuará siendo uno de los mitos que abundan en mis sueños….que lo que quería hoy era enseñaros las fotos que hice durante la ruta. Ademas, no siempre es necesario llegar, que muchas veces lo mejor se encuentra simplemente en el camino…

Reconozco que he hecho viajes a algunos lugares simplemente porque me sentía atrapado por la sonoridad de su nombre. Pronunciarlos todavía me atonta, (más aún si cabe), y me lleva en segundos a lugares lejanos, aventuras pendientes y amores perdidos. Son mi canto de sirena que nunca cesa, y me obligan a cruzar una vez tras otra el Mediterráneo en busca de aventura. Por mi querida Libia llaman a este mar el Baḩr al Abyaḑ al Mutawassiţ “ese mar blanco que hay en medio” y no andan desencaminados, pues separa mis dos mundos, a veces tan distantes, los de la razón y el corazón.

Mombasa, Tombuctú, Kisangani, Lubumbashi o Kani Kombolé son algunos de mis nombres favoritos, a los que el camino me va llevando poco a poco. Soy consciente de que puede parecer una excusa, pero a ver quién se resiste a una tentación como la que hace unos meses me empujó hacia el interior de Gambia, seducido sin posibilidad de escape por el exotismo de un lugar que prometía a gritos aventura: la remota isla de Janjanbureh. ( pronúnciese Yanyanbureh que con J no no produce los mismos efectos tentadores)

Una isla que en el pasado ejerció también de foco de atracción tanto para esclavos liberados como exploradores y aventureros. Representaba además el límite del mundo conocido, más allá aguardaban la muerte o la gloria, o ambas dos que casi siempre venían juntas. Lo dicho, una poderosa tentación.

Allí descubrí, junto al río, un lugar que sigue como entonces, envuelto en un halo de aventura y romanticismo. Era tan solo un viejo embarcadero que daba acceso a un jardín frondoso que crecía a los pies de un gran fromager y de varios flamboyanes de un rojo encendido, una hamaca tentadora y varias chozas convertidas en un solitario lodge. Un lugar para quedarse. El lugar había sido invadido por decenas de amistosos monos, nadie más. (Amistosos hasta que vienen por tu comida, y entonces todo se convierte en una lucha por la supervivencia….)

Llegué hasta aquel lugar por el rio, siguiendo los pasos de Mungo Park, que hace algo más de 200 años remontó el rio persiguiendo el sueño de encontrar Tombuctú, la perla mejor escondida del desierto. Le costó la vida, que siempre ha tenido cierto peligro soñar. Como él, y como tantos exploradores que le siguieron, embarqué en el gran estuario de Banjul, dispuesto a seguir el curso del río hasta el otro extremo del país.

Enseguida me encontré con la primera gran sorpresa de la ruta, el bosque sagrado de Makasutu. Allí, entre árboles y manglares hay oculto un lugar que monos y cocodrilos se resisten a abandonar. Así debe ser el Paraíso, aunque también el Purgatorio, pues tienta a la práctica desmesurada de varios pecados capitales, y no me refiero al de la envidia que me entró al ver el lugar.

Si conseguís salir de allí, continuando entre los manglares, iréis descubriendo otros lugares tan imprescindibles como Sita Joyeh, una pequeña isla habitada por gigantescos baobabs centenarios, después un bosque de árboles fantasmas, más tarde una aldea djola, perdida entre un palmeral…. Hay una sorpresa a cada recodo, y es que sólo por el río se pueden desvelar los mejores secretos de Gambia.

Más adelante se encuentra el humedal de Bao Bolong, frente al campamento de Tendaba, una de las mejores zonas del mundo para el avistamiento de aves. Allí vi garzas imperiales, cormoranes, pelicanos, chorlitos, jacanas… y hasta un colorido turaco, aunque reconozco que la práctica del Bird watching me produce el mismo torbellino de sensaciones que ver un partido de petanca. A mí lo que me gusta es el paisaje, y aquí, todo es espectacular.

Viajar por el Gambia es una buena manera de conocer las diferentes culturas que fueron asentándose a lo largo del rio, mandingas en la orilla norte, y diolas y fulas por el sur. Separados por el rio y unidos por varios ferrys, que por allí no hay puentes. Coged uno y echad pie a tierra en alguna aldea ribereña de cada lado, disfrutad del contacto con la gente, que por algo es la tierra de la sonrisa fácil. Perderos entre baobabs y palmeras por caminos de tierra ocre, constantemente transitados por mujeres envueltas en telas de llamativos colores y con andares de jirafa.

Por las mañanas aprovechábamos las horas de menos calor para bajar a comprar provisiones (más cervezas) y por la tarde aprovechábamos las horas de más calor para bebérnoslas. Planazo. Al atardecer, buscábamos un lugar para disfrutar de la puesta del sol y parábamos motores. Era cuando la calma se apoderaba del rio. Desde cubierta se veían pasar grupos de garzas blancas volando, sin ruido, reinaba el silencio, solo roto por el resoplido de algún hipopótamo cercano emergiendo del agua. Cómo me hacían recordar aquellos atardeceres en el rio Rufiji, o por el Níger y el Chari. Y después, al caer la noche, los bosques de la orilla cobraban una inusitada vida y miles de ruidos, todos ellos inquietantes, llenaban la noche. Estos momentos son para disfrutarlos con un gintonic y una buena compañía. Es parte de la vida.

No se tarda mucho en llegar a la isla, en tres días es posible alcanzarla, sin prisas, después, aquellos que tengan el espíritu inconformista se verán empujados a seguir hacia Basse, atravesar la frontera con Senegal y continuar por el río adentrándose en el parque de NiokoloKoba, por cierto que este nombre es bastante tentador. La aventura exige seguir más lejos todavía y continuar por el Gambia hasta su nacimiento en las montañas de Futa Djalon, que una vez allí, ya pensaremos en cómo volver.

Pero ésta vez la aventura terminó para mí en aquel embarcadero de la isla de Janjanbureh, una pena, pero no fue mal plan sentirse por una vez como Marlow por el Congo, capitán de mi propia aventura, a bordo del Jam Ono, “Para siempre joven”, un destartalado barco que se empeña en seguir haciendo lo que le gusta y se niega a aceptar que ya va teniendo algún que otro achaque. Como yo, almas gemelas destinadas a encontrarse…

Decía Lawrence de Arabia que todos los hombres sueñan aunque de diferente manera, pero  que aquellos que sueñan de día son hombres peligrosos pues pueden abrir los ojos, actuar e intentar hacer sus fantasías realidad.

Y así aparecí en Tanzania, a bordo de un minúsculo taxi-triciclo, el bajaji, acompañando a siete de esos locos peligrosos, que lo mismo buscaban manadas de elefantes, navegaban entre hipopótamos o se perdían en un bosque de gigantescos baobabs, mientras iban convirtiendo en realidad sus viejos sueños pendientes. Nada como los bajaji para transportar sueños, aventuras, risas, y poco mas cabe, y por eso ejercen en mí una permanente tentación, que ya me ha llevado a recorrer en ellos algunas zonas del Chad o del norte de Tanzania, hasta incluso intentar atravesar subido en uno el Desierto del Danakil, el lugar más inhóspito del mundo, algo que dejé pendiente para la próxima vez, quizás este invierno…inshaallah

Recuerdo que salimos de Dar es Salaam huyendo de las rutas turísticas del norte, hacia el sur, donde apunta siempre mi brújula, impulsados por unas enormes ansias de caminar el mundo y empezar la gran aventura. Una aventura cuya entrada secreta se encontraba en una terraza escondida, dominante sobre el rio Rufiji.

Me gusta mucho ese lugar de la reserva de Selous, allí, sin más compañía que una familia de hipopótamos y algún cocodrilo semidormido, el espíritu despierta y es imposible no caer atrapado por la tentación del África más salvaje. Esa terraza es la puerta de entrada al Reino del león. Allí solo manda el.

El lugar se vuelve mas especial todavía al atardecer, el cielo está limpio, el viento es fresco y el horizonte púrpura. Es un instante único, cuando el calor baja, todo se vuelve paz y sosiego mientras van cambiando los olores y colores de la tierra. Toca disfrutar de las vistas, entre conversaciones vagas y pensamientos profundos mientras enormes bandadas de murciélagos inician el vuelo y miles de pájaros vienen buscando cobijo entre los árboles. Con la noche ya solo se oye un continuo ronquido, casi siempre de hipopótamos, el barritar de elefantes cercanos, y a veces, con suerte, se puede oír el rugido de algún león marcando el territorio. Y con mucha más suerte todavía oirás la apertura de un botellín de cerveza helada. Nada como ese sonido para romper el hechizo del momento, o para hacerlo inolvidable.

También se oyen tambores lejanos, es el corazón de África que palpita. Dicen que cuando aparece la luna toda África danza, menos yo, que soy mas de barra fija. O quizás sean los latidos del corazón de Selous, el gran cazador, que no anda lejos. Se quedó allí, donde pertenecía, murió luchando contra los alemanes y allí mismo lo enterraron, a la sombra de un tamarindo.

La noche, el fuego y el vino invitan a recordar las aventuras de la jornada hasta que el cansancio nos va venciendo: el safari en bote por el laberinto de canales del rio Rufiji viendo animales acercarse a beber a la orilla, aquel grupo de leonas dormitando bajo una acacia o las cervezas en la aldea de Matambwe y el peligro de regresar al lodge en esas moto-taxi tuneadas, las piki piki, con varios elefantes junto al camino. Y así una tras otra, vamos recordando anécdotas del día hasta que llega el momento más esperado de la noche, que es cuando por fin me dejan que cuente alguna vieja batallita…Y enseguida todo vuelve a ser paz.

Tras Selous, mi espíritu nómada insiste en seguir la Cruz del Sur y bajar hasta el rio Ruwuma en la frontera con Mozambique, buscando el secreto de los Makonde, aventura en estado puro. Tampoco es mal plan ir hacia el oeste, atravesando zonas de selva tropical, pequeños poblados y manadas de animales salvajes, hasta  llegar al Parque Nacional de Ruaha, la cuna del imperio Hehe, el mejor lugar del mundo para ver licaones, el cazador más letal de Africa.

Pero por esta vez, aunque a regañadientes, el grupo “es mas flojillo¨” y probamos a ver como es eso de seguir los planes fijados y nos encaminamos hacia el noroeste, aceptando el desafío del Ol Donyo Lengai, el volcán sagrado de los masais, la morada de los dioses.

Da igual hacia donde te dirijas, todo es impresionante, es una tierra que fue creada para que cada uno pueda vivir sus propias ilusiones al menos una vez en la vida. Por el camino vamos acumulando recuerdos, de los que yo me reservo tres atardeceres y ningún amanecer, que siempre me han costado más. El tercero de mi lista fue en Tarangire, observando el caer de la tarde mientras decenas de elefantes caminaban en fila hacia algún lugar secreto, como movidos por algún extraño resorte o siguiendo a un flautista imaginario.

El segundo momento vino durante una excursión en piki piki para ver el atardecer a orillas del lago Manyara.  Recuerdo que me sentía feliz sobre la moto entre baobabs, pastores masais que regresaban a sus aldeas y manadas de ñus en procesión, como almas en pena.

Pero el mejor de mis atardeceres tanzanos siempre tiene lugar a orillas del Lago Natrón, la gema escondida de Tanzania. Me gusta subirme a una roca y disfrutar de la brisa del atardecer, del extraño color de las orillas y la paz de los flamencos. Sé que hay otras vidas, pero me gusta ésta. (me refiero a la mia, no a la de los flamencos).

A los pies del lago se levanta amenazador el cono perfecto del Ol Donyo Lengai. El último regalo del viaje se encuentra arriba, pero hay que subir a por él. La vista sobre el lago desde el cráter es imponente, en plena Avenida de los Volcanes, donde el Empakai, el Ngorongoro y hasta ocho cráteres dormitan desde hace ya tiempo. También se ven las paredes escarpadas de la franja del Rift y al fondo la mole del Kilimanjaro y las llanuras de Ndutu salpicadas de aldeas masais, y Kenia…Todo eso se vé. Sólo desde arriba…

Y una vez mas, allí arriba me doy cuenta de que termina la aventura y entonces me entra la nostalgia y recuerdo cómo he llegado hasta allí: como siempre, por culpa de un fuego, unos amigos, unos vinos y un no hay…

Os dejo con unas fotografías de baobabs que hice en aquel viaje, que quizás no digan nada, pero seguro que alguien habrá que entienda estos gustos mios tan raros.

Esta vez os voy a llevar por una ruta que siempre ha ocupado un lugar especial en mi mapa de deseos. Una ruta que abrieron un puñado de soñadores como Saint Exupery, Jean Mermoz o Guillaumet, pilotos de la línea Aeropostale, que arriesgaron tantas veces sus vidas enfrentándose a la noche, al mar o a un Sahara insumiso, con tal de llevar a toda costa el correo entre Dakar y Paris. Hombres de acción y amantes de la literatura, que aventura y poesía a menudo caminan de la mano.

Aquella ruta estaba diseñada para completarla en menos de un día, mediante relevos en escalas intermedias en aeródromos solitarios: Casablanca, Agadir, Cabo Juby, Port Etienne, St Louis y finalmente Dakar.  En palabras de Exupery, una ruta de viento, arena y estrellas, a la que yo, que no encuentro mejor reclamo que ése ni necesito mucho más, me siento totalmente unido.

Cada kilómetro que recorro de ella acelera mi corazón haciendo sentir la victoria de mi espíritu libre sobre la esclavitud de la oficina. Y eso que a diferencia de ellos, yo suelo tener la avioneta estropeada y tengo que hacer la ruta por tierra…. Disfruto cada segundo, desde el encanto colonial de St Louis, al silencio de las dunas del Azefal o el bullicio del mercado de camellos de Guelmin. Es una autentica ruta de los sentidos y como tal, me dejo arrastrar por todos ellos, menos del sentido común, ( el menos común de todos mis sentidos), porque así lo exige la aventura…..

Suelo imaginar los sentimientos que pasarían por los corazones de aquellos pilotos cada vez que salían de Dakar, volando bajo sobre la interminable playa que lleva a St Louis, mientras observaban la llegada de los pescadores en las aldeas de Kayar y Potou. O volando sobre los pequeños bosques de baobabs, las solitarias dunas de Lompoul (quedaros allí una noche…!!!) y las marismas de la Langue de Barbarie  donde miles de pelícanos paran a descansar del largo viaje.

Realizarlo con el coche, por la playa hasta que la marea lo permita, te da otra perspectiva que también tiene sorpresas escondidas, como unas simples cervezas en un chiringuito de nombre irrecordable…

Enseguida llega St L ouis, la etapa final del primer día. Entrar en la isla cruzando el Senegal es entrar en otro sueño, en el que aquellos lugares remotos que se inventara Herodoto, se convierten en realidad.  Déjate hipnotizar por el golpe de las olas batiendo el malecón de la isla exterior o por la visión de cientos de pirogues acumuladas en el barrio de Guet N’Dar. Pasea tranquilamente por el barrio colonial o dalo todo en los peores garitos que frecuentaba Mermoz. Y si te gusta el jazz, que he oído que hay gente a la que sí, ese es el lugar.

Para llegar a la siguiente etapa, Port Etienne,  la actual Nouadhibou, la mejor idea es trazar un plan descabellado e ir complicándolo sobre la marcha, pero como mínimo, ese plan tiene que pasar por los oasis del Ametlich, para después llegar a las playas del Banc D´Arguin donde mueren las suaves dunas del Achkar. Si no, no es un buen plan.

A mí me gusta mucho el Banc D´Arguin, aunque no siempre presente su cara más amable. Hay que llegar de día, porque los caminos son casi invisibles y hay una aldea, Arkeiss, que le encanta ocultarse en la noche y es difícil de localizar. Allí viven los Imraguen unos pescadores que mantienen desde siempre una alianza de pesca con los delfines. Suele haber además miles de pájaros que paran en camino a las frías tierras del norte, enormes colonias de cangrejos y hasta los restos de una ballena convertida en desierto.

El final de ésta etapa en Port Etienne tampoco deja indiferente, los acantilados de Cabo Blanco, las  callejuelas del colorido mercado, nuestra ciudad de La Guera, y desde hace años mi parte favorita, el cementerio de barcos varados en la playa. Eso sin olvidar saborear una baila en el centro de pesca, que a veces hay que complementar la dieta del fuet.

La siguiente y última etapa antes de Casablanca era Cabo Juby, uno de los puestos mas al norte de nuestro querido Sahara español, cuando nuestra presencia allí se reducía a un grupo de pequeñas guarniciones diseminadas en la inmensidad. Villa Cisneros, Tifariti, Bir Nzaran, Bir Gandus, Smara, Mahbes, Bir Lehlu….y cómo no, Edchera. Allí, en Cabo Juby, en ese lugar de arena y silencio estuvo Exupery como jefe de etapa, volando y escribiendo, que era lo que le gustaba, afortunado él…

 

Después de Cabo Juby y antes de llegar a Agadir, ya en Marruecos, venían Puerto Cansado y más al norte Sidi Ifni, corazón paracaidista, o donde fuera que emplazaran la misteriosa torre de Santa Cruz de Mar Pequeña. Siempre deseo volver a recorrer y rememorar las viejas glorias de mis antiguos en Ercunt o en los zocos del Arba del Mesti o Telata de Sbuia. Entraré en Telata o en el cielo…

Pero esta vez, mi aventura terminó en el Sáhara, justo entre las alturas que dominan Duna Blanca y la isla del Dragón. Y allí impresionado ante el paisaje de la entrada a la ría de Villa Cisneros, pensando con tristeza en tan buenos tiempos lejanos, dije adiós a tres amigos que me dio el camino y me fui a otra parte, como siempre, persiguiendo el viento…

 

 

Hay una puerta de entrada a la aventura africana que yo suelo atravesar con frecuencia. Tras ella, el tiempo no existe, se detuvo hace años y sigue a la espera de la llegada de otra caravana de camellos que vuelva a atravesar el colorido valle del Ounila, trayendo desde las lejanas arenas del Azeffal, oro de Ghana, plumas de avestruz del Sudán, nueces de cola o historias increíbles de remotos reinos.

La puerta está medio oculta y sólo se llega a ella zigzagueando por una pista en muy mal estado sobre un valle donde la única compañía será un perdido rebaño de cabras funambulistas encaramadas a sus queridos árboles de argán y algún desdentado vendedor de geodas. Enseguida se va dejando atrás un pequeño bosque de sabinas retorcidas por ese viento del desierto, que por allí sopla siempre con venganza, caliente y asfixiante y unas viejas minas donde extraían la sal que llevaban las caravanas en dirección al desierto.

Y poco mas, pero tras atravesar un pequeño desfiladero de rocas negras descoloridas sobre tierras ocres aparece la aldea de Telouet, donde todavía aguantan en pie las ruinas de un palacio que poco a poco se va derritiendo sobre la tierra roja. Es el palacio de El Glaoui, el Pachá de Marrakeck y Señor del Atlas, que convirtió esta pequeña aldea en una nueva versión del reino de Sherezade y los cuentos de las 1001 noches.

Hombres de estado, militares, científicos o periodistas, todos los personajes importantes de la época fueron pasando por Palacio: desde Winston Churchill al General Patton, Ernest Hemingway, Petain o Montgomery …Y entre aquellos suelos de mármol, paredes estucadas y techos maravillosamente artesonados tuvieron lugar decisiones políticas, intrigas palaciegas, suculentos banquetes, suntuosos regalos, romances y hasta algunas escenas incontables en las que ahora no puedo pensar porque estoy recién operado del corazón, pero que mi mente calenturienta no para de imaginar que pasaron. Dicen que allí todo era posible.

Desde un balcón de palacio se divisa el valle del rio Ounila. No es mal contraste el de las cumbres nevadas del Atlas, los acantilados ocres, el intenso verde de las copas de las palmeras y los bosques de eucaliptos, con un cielo increíblemente azul. Poco más abajo se encuentra el Valle de las rosas, en Kelaa Mgoun y mas allá el desierto. Que rápido se entiende al bajar por este valle aquello que decía Kapuscinsky de que en África primero era el color y luego el olor. Aunque soy consciente que no se refería a esto cuando lo escribió.

 

Continuando por el valle desde Telouet hacia el gran desierto hay que bajar a media marcha y sin hambre, que la tripa vacía siempre ha sido mi peor consejera, atentos a cada recodo del camino, que en África la aventura está siempre al acecho. Por el camino los Glaoua construyeron decenas de Kasbahs para proteger y apoyar las caravanas que venían agotadas desde el oasis de Audaghost tras atravesar las muertas llanuras del Ametlich. Tenéis que parar en las kasbash de Ameniter o en Assaka, colgada sobre una gran grieta y en Tamdagh, en todas…todas me gustan. Recuerdo perfectamente la primera vez que recorrí esta pista, iba en mi vieja bmw, excitado, tratando de contener a mi solitaria hormona femenina que por cierto me lleva de cráneo con tanta sensibilidad y que se encontraba totalmente disparada ante la belleza del paisaje.

El broche final del día vendrá sumergido en un gintonic en copa de balón desde la terraza de Dar Mouna contemplando el ksar de Ait Ben Haddou al atardecer mientras se intenta imaginar las historias de aquel viejo pasado lleno de esplendor.

Para mí, de todos aquellos grandes personajes que pasaron por Telouet, Rosita Forbes, la gitana al sol, siempre ha sido mi predilecta. Dicen que la aventurera británica se enamoró de El Glaoui y que allí también conoció a El Raisuni, sobre el que escribió un libro del que se hizo una película muy especial, el Viento y el León. Me gusta mucho la despedida que el Raisuni le hace a su enamorada antes de perderse galopando hacia el Atlas:

Volveremos a vernos, Sra. Pedecaris, cuando los dos seamos como nubes doradas flotando sobre el viento…

Con los años se me ha ido ablandando un poco el espíritu y los días de lanzarme a la aventura empujado por algún juramento nocturno o en busca de un beso inalcanzable, empiezan a dar paso a los de disfrutar releyendo aquellas aventuras cercanas a la fantasía que tantas veces me hicieron soñar y que a tantos líos me llevaron.

Y será que por fin voy madurando, porque esta noche estoy encantado recordando una gran locura de la exploración africana cuyos pasos intenté seguir, a mi manera y con resultado desigual.

Me refiero a la gesta de Emile Gentil. Hace unos días escribía sobre las aventuras para desvelar el secreto del río Níger, y esta vez os llevo al río Ogooué, más al sur. Otro río, otro loco, otro sueño…

Aquella locura ideada por Gentil consistía en recorrer el interior de Gabón por el río en un barco de vapor, desmontarlo al llegar a su nacimiento y llevarlo a cuestas atravesando selvas, sabanas y zonas pantanosas para montarlo nuevamente en el Chad y navegar por los ríos Logone y Chari hasta llegar a la ciudad mercado de Kousseri, en el extremo norte de Camerún…

Y aunque así contado parezca de sencillísima ejecución, el asunto se veía complicado por las enfermedades, los animales salvajes y los hostiles habitantes del reino de Kanem Bornu.

 

Una idea descabellada, pero como dijo Unamuno, “Sólo el que intenta lo absurdo es capaz de conquistar lo imposible”. Y yo, que no he conseguido ningún imposible, pero cosas absurdas he hecho unas cuantas, fui y navegué por aquellos ríos, y por supuesto, entré en Kousseri. Todavía no sé bien porqué lo hice, si fue porque se encontraba en el límite de todo, y los limites siempre me han tentado o simplemente fui porque nunca antes había estado allí. El caso es que entré.

No suelo planear mucho las cosas, que planear en África es fantasear, que lo dijo Moravia y yo lo aprendí en mi primer día. Viajo ligero, aunque nunca me falta en la mochila un trozo de fuet, una navaja, mi moleskin, un mapa, el pañuelo que me regaló un saharaui, un kikoi manta keniata, un par de camisetas y mis calzoncillos de la suerte (limpios). Eso es lo único que necesito para dejar todo atrás y desaparecer… y con ello me subí a una destartalada barcaza (sin intención de desmontarla) y puse rumbo al rio Ogooué, para terminar una aventura empezada mucho tiempo atrás.

Recorrimos en ella las playas salvajes de Gabón, viajando a media marcha, entre densos manglares rojos y negros o bosques inundados, atravesamos aldeas perdidas de los fang entre bosques primitivos y pequeños claros, donde suelen acudir a beber tímidos sitatungas o búfalos y elefantes de bosque. Fue el final de una gran aventura a plazos. Apegado a los placeres de la carne, regresé cuando se terminó el fuet. Además, aunque disfruté, reconozco que algo de miedo me daba aquella noche, tan negra, invadida por los cánticos de las ranas, algún inquietante chapoteo cercano, el chillido de los monos o el movimiento invisible de algunos mamíferos… esa noche, todo me mantenía alerta.

Tiempo atrás había recorrido los rio Chari y Logone, navegando en canoa entre aldeas de los Saras por el Chad, o visitando poblados Musgum en el Camerún, con aquellas edificaciones tan características. Allí empezó para mí esta aventura. Recuerdo los atardeceres en el Chari, el olor a mango o nuez de cola, las bandadas de garcetas saliendo en grupo de una acacia solitaria o el ronroneo cercano de una familia de hipopótamos. Ahora desde la lejana prisión de mi oficina, recuerdo con especial nostalgia aquellos días.

Por el Chari llegué a Kousseri, la ciudad mercado, donde todavía quedaba en pie el Palacio del sultán Rabih, aquel que dio batalla a Gentil en el rio, y perdió.  Además del palacio había un colorido mercado de miserias, alimentado por un tráfico incesante de motos, camiones y camellos todos enormemente cargados, que atravesaban sin cesar el Chari por el único puente existente y que terminaba en la frontera con el Chad. Allí, bajo un ritmo incansable, todo se vendía y todo era posible.

Y esta noche, mientras recordaba que atravesaba las aldeas perdidas de los fang, navegaba entre los hipopótamos del Chari o veía los elefantes de Kalamaloue acercándose a la ciudad de Kousserí, pensaba feliz que había sido una increíble aventura, otra mas.

Y como diría Hellen Keller, sorda, ciega y luchadora, la vida, o es aventura o es nada…

 

 

Y hablando de aventuras, y como no quiero que mis Consejos se pierdan o caigan en saco roto, aquí los vuelvo a escribir y los guardo:

1.-Escoge un destino diferente, lejano e inaccesible
2.-Una vez elegido no lo pienses dos veces
3.-Luego escoge cuidadosamente alguien que te acompañe
4.-Una vez elegido, piénsatelo dos veces
5.-Traza un buen plan
6.-No lo sigas. Cámbialo durante el camino, adáptate.
7.-Durante el viaje, haz siempre algo nuevo, algo que te de miedo, muuuucho miedo.
8.-No dejes de hacer cosas que lamentes no haber hecho, ni hagas cosas que luego lamentes haber hecho
9.-Enamórate perdidamente durante el camino, máximo tres días.
10.-No seas flojo
11.-Riete de todo
12.-Pruébalo (casi) todo
13.-Y finalmente, piensa con el corazón y no con la cabeza ( ni con otro apéndice del cuerpo…)

Estos trece consejos se resumen en uno, mira nuestra web  www.desertando.com y apúntate a alguna de nuestras aventuras

 

Cuenca del río Ogüé.

Algunas de las grandes gestas del siglo XIX, protagonistas todas de muchos de mis sueños confesables, tuvieron lugar intentando desvelar los misterios del Níger, un río que nadie sabía dónde estaba, ni hacia donde se dirigía, pero que, quizás por eso, ejercía un increíble poder de atracción. Un río con un espíritu rebelde que naciendo en las selvas de Futa Djalon, cerca de la costa, prefiere huir de ella, retorciéndose hasta internarse contra toda lógica en las ardientes arenas del desierto…  No, si yo fuera río haría lo mismo, le entiendo perfectamente.

La perspectiva de regresar este próximo otoño a Mali, acercarme hasta el puerto de Koulikoro y navegar en una pinaza por el río hasta Tombuctú me ha hecho pensar en aquellos exploradores que intentaron llegar allí siguiendo un impulso incontenible. Tan fuerte como el que motivó a Gordon Laing a arrastrarse durante 600 kilómetros por el desierto de Tanezrouft a pesar de estar gravemente herido (recibió dos disparos y hasta 28 heridas de sable de bastante gravedad), el que dio fuerzas a Oudney hasta morir estoico a camello consumido por las fiebres o arrastró a Mungo Park a internarse en soledad por el interior de África…Muchos otros lo intentaron, Clapperton, Lander…todos como Joseph Conrad, atraídos por esos espacios en blanco de maravilloso misterio. A ellos también les entiendo…

De todos aquellos que lo intentaron, creo que con el que más me siento identificado es con Ledyard. Dicen que fue convocado por la Royal Geographic Society para pedirle que se trasladara al Cairo y desde allí se internara en el interior de África atravesando un gran desierto desconocido hasta dar con el Níger y desvelar su secreto. Aquel día, cuando Sir Joseph Banks le preguntó cuando estaría listo para partir, contestó “mañana por la mañana”. Así me gusta, impulsivo y descerebrado, como uno que suscribe…

Mi camino fue diferente, pues el viento había borrado ya los pasos de aquellos aventureros, y aunque mucho menos peligroso, tampoco fue fácil, pues me sorprendieron la rebelión tuareg del Azawad, el golpe de estado del capitán Sanogo, algún que otro ataque terrorista, y lo que es peor, la falta de cobertura wifi en gran parte del itinerario. Por eso cuando me vi por primera vez frente al Níger, tan cerca de Tombuctú, estrella polar de mis viajes por el Sahara, convirtiendo en realidad lo que tantas veces soñé mientras recorría una y otra vez el mapa con un lápiz, se me llenaron los ojos de lágrimas y el corazón de recuerdos. Aunque quizá fuera el gin tonic que saboreé viendo el atardecer sobre el Níger desde aquella terraza de Segou, el que ablandó mis sentimientos.

Desde la terraza veía pasar las últimas pinazas del día. Y es que por el Níger hay que viajar así, despacio y en pinaza, viendo como en las orillas se van sucediendo grupos de mujeres lavando la ropa, familias de hipopótamos o ancianos a la sombra de algún gigantesco baobab, charlando, con todo el tiempo del mundo para perderlo… La pinaza se transforma en el transporte del alma, en un estado de permanente aventura y en continua exaltación de los sentidos. El Níger es el eje de la vida, atraviesa islas de pescadores bozo, aldeas bambaras o ciudades legendarias como Segou y Djenné. Inolvidable el paso por el bullicioso puerto de Mopti al atardecer o la mezcla de aromas (o mejor dicho olores), colores, la música de un djembé o los gritos de los mercados donde acuden por cientos bambaras, dogones, peuls, bozos, songais, senufos, mandingas o tuaregs con sus esclavos bellah. Más allá del puerto de Mopti, el Níger se va adentrando en el desierto, y se percibe la soledad en toda su grandiosidad. Después llega Tombuctú, la Perla del desierto, la ciudad de los 333 santos (aunque ya no quedan tantos), o Gao la capital del imperio Songhai….

En sus orillas nació, mucho tiempo atrás y de la mano del español Es Saheli, el arte sudanés, que consiguió unir agua, barro y paja para formar una obra de arte sublime y un estilo inconfundible. Acercaros a la mezquita de Djenné, el mayor edificio de barro del mundo, y vedlo con vuestros ojos, pasead por su fachada, mientras se oye la letanía de los niños recitando las suras del Corán…Id a verlo y entenderéis que digo.

Pero otro día os hablaré de estos lugares, que hoy os quería llevar a Segou. No lejos se encuentran las ruinas de Sekoro, el viejo Segou, la antigua capital del imperio bambara, donde hace mucho ya que el tiempo impuso sus derechos y ahora es tan solo dominio de los muertos.

Allí, en Segou, a orillas del río, después de más de un año de viaje en solitario y tras haber sido apresado, apaleado, robado, engañado, enfermado… fue donde llegó Mungo Park y desveló el secreto del curso del Níger.

Y feliz de la hazaña, mientras le explicaba a un nativo, probablemente un bambara, la importancia de su logro y los muchos sufrimientos pasados para conseguirlo, el nativo sorprendido, y con ese pragmatismo tan propio del lugar, le preguntó ¿es que no hay ríos en tu país?.

 

Recuerdo perfectamente aquel día. Hay años enteros perdidos en la memoria y sin embargo mantengo segundos que permanecerán intactos para siempre. Acabábamos de terminar de comer. Volábamos por el mar de dunas de Ubari a bordo de un destartalado todoterreno mientras en la radio sonaba Tinariwen, esa música tuareg, monótona como el mismo desierto que la inspira pero que tiene un encanto especial que adormece los sentidos y hace soñar al espíritu. Música que a mí, de sentimientos más básicos, me estaba amodorrando, a pesar de que unas moscas impertinentes y unos fusiles AK-74 que teníamos entre los pies, impedían que fuéramos lo relajados que la situación demandaba.

En aquel coche me acompañaban dos tuareg de confianza y un amigo llegado de España, hermano de sangre, muchas historias juntos por sitios extraños, no siempre fáciles. A pesar del calor llevábamos puesto el Chéché o Tagelmust para intentar pasar desapercibidos, aunque a mí me parece que a mi amigo le quedaba tan mal y a mí tan bien que provocábamos el efecto contrario. El otro coche que nos acompañaba estaba siendo tragado por el polvo rosa del harmatán, que había empezado a soplar levantando el desierto con un fuerte aire abrasador. Apenas se veía y hacía muchísimo calor.

Me gusta esa situación extraña que siempre precede a la aventura, aunque al final no termine de cuajar, da igual, es ése momento en el que la prudencia, que nunca ha sido mi fuerte, aconseja recapacitar y echar el freno, el que me atrae poderosamente. Aunque si de mí hubiera dependido habríamos continuado hasta alcanzar el lago Gabroun, el jardín más escondido del Sahara, o hasta las ruinas de Germa, la capital del imperio Garamante, la ciudad de los antiguos señores del desierto, tan cerca y a la vez tan inalcanzable. Pero de entre todos los deseos que invadieron mis sueños de aquella tarde, el que habría elegido cumplir sería el de perdernos por las montañas de Akakus, y acampar en cualquiera de esos miles de lugares sin nombre que sólo los tuareg conocen, al abrigo de los vientos y al calor de un fuego hecho de restos de acacias. Acampar y dejar que la noche nos alcanzara contando viejas y nuevas historias o hablando de mujeres, mientras saboreábamos un té espumoso, un gintonic  o cualquier otro jarabe de Fierabrás que nos hiciera recuperar del largo viaje.

Pero aquella tarde, mientras disfrutaba de aquella cabezada, y me quedaba cuajado pero siempre alerta, oí contar a los tuareg historias de un lugar siempre lejos, lejos de todo, un lugar hecho de silencio y soledad, donde se encontraba una extraña montaña de roca negra y caprichosas formaciones. Una misteriosa montaña, Jebel Akakus, en cuyas paredes se encontraban monumentos megalíticos y dibujos prehistóricos de cazadores, elefantes, jirafas, leopardos o cocodrilos, recuerdos de un pasado diferente, lleno de vida. Pinturas como el gran dios marciano que enloqueció a Henri Lhote en el Tassili o la cueva de los nadadores que enamoró al Conde Almasy en Uweinat. Esta es la otra gran riqueza escondida del Sahara.

Una maravilla que se me fue metiendo en el alma a medida que nos iban contando. Jebel Akakus, que los tuareg llaman Alkamar, el paisaje de la luna, una tierra que posee el poder de hacer que uno viaje hasta tan lejos y afronte algún que otro peligro. El mal ya estaba hecho, no había más remedio que ir.

Desde entonces este lugar se convirtió en mi obsesión, tristemente consciente de las dificultades y peligros para llegar allí, pero empeñado en hacerlo. Tuve suerte, porque fue a los pocos días que recibí la gran sorpresa, y es que a veces, en contadas ocasiones, el Cielo te manda un adelanto como compensación por los muchos desvelos y sacrificios realizados en este valle de lágrimas. Y este regalo del Cielo vino para mí en forma de invitación a sobrevolar por encima de dicha montaña.

Así que por fin allí estaba, ante mí, aquella impresionante mole negra del Tadrar Akakus, rodeada de silencio y desolación. Una desolación que se mostraba de muy diferentes formas, desde las interminables dunas blancas que dejamos en dirección a Murzuq a los laberintos de pináculos rocosos que emergen de entre la arena rojiza. Desde arriba divisaba tan pronto ríos fantasmagóricos, como esquinas de dunas de mil tonalidades o enormes formaciones encantadas de piedra, la imaginación disparada…Todo eso divisaba, la naturaleza sin domesticar.

Después de una hora de vuelo aterrizamos en Ghat, la ciudad de las tres fronteras, ciudad olvidada por el paso de la historia. Hasta aquí llegaron las cuadrigas de los garamantes, luego fue un importante centro caravanero y después el ultimo lugar de descanso de aquellos grandes exploradores, si es que lo tuvieron, antes de perderse para siempre camino de Tombuctú. Poco queda de su esplendor, convertida en un lugar de paso y frecuentado por una guerrilla invisible procedente de los países vecinos o por viajeros clandestinos cargados de esperanza y poco mas, y si acaso, algún loco como yo, emocionado.

Nunca en mi vida tuve un vuelo igual. Estaba extasiado y daba las gracias a todos aquellos grandes aventureros, como Alexander Gordon, los hermanos Lander, Heinrich Barth, Michael Asher y tantos otros que me precedieron por aquel lugar, cuyos relatos de aventuras me llenaron la cabeza de pajarillos y habían acabado por arrastrarme hasta allí.

Regalo del Cielo o Castigo Divino, porque ahora voy a tener que volver, y no me voy a quedar en Ghat.

 

Inicialmente había pensado titular el artículo la Venecia africana, y con este tan atractivo como poco original nombre sacado de una guía para turistas, quería llevaros a Benín y navegar por el laberinto de canales de Ganvié, la ciudad sobre el lago. Otro de esos lugares especiales que desde hace mucho tenía en pausa, a la espera de conseguir juntar tiempo y dinero, que son dos cosas que nunca me vienen juntas, aunque a decir verdad, ni separadas.

Pero Benín es mucho más, es como el significado de la palabra vudú, la fuerza, el alma, el África ancestral reflejada en sus etnias, es su esencia, el país de la magia. Por eso cuando recuerdo Benín, me aparecen con igual fuerza las danzas de máscaras gueledé, las fortalezas del País Somba o el olor tras la tormenta en la ciudad imperial de Abomey. Recuerdo también mis deseos de perderme por aquellos caminos de tierra roja entre las selvas del norte o simplemente el relax de la playa rastafari de Grand Popo; y por supuesto, recuerdo entrar por el paseo de eucaliptos encalados de Ouidah, la cuna del vudú, para atravesar el umbral que separa lo real y lo sobrenatural, la ciudad donde apenas se distingue entre vivos, muertos y ausentes…

Es todavía el África de la aventura y la sorpresa, lo que siempre busqué, que a veces aparece a la sombra de un baobab en las proximidades de una aldea Gourmanché, allá por el norte, mientras compartes fuet y un buen Ramon Bilbao a morro con una mejor compañía.

Volviendo a Ganvié, para entender el porqué de este lugar hay que remontarse 300 años, cuando el comercio de esclavos estaba en su apogeo y cerca, en Ouidah, belgas, ingleses, daneses, franceses y portugueses levantaron sus fuertes dedicados a la trata. La Puerta de No Retorno en la playa de la ciudad era el último lugar que veían de África. De allí salieron miles de esclavos tras ser subastados bajo el árbol de la plaza Chacha, marcados a fuego y hacinados en la oscuridad a la espera de ser embarcados hacia lo desconocido, dejando todo atrás, convertidos en mercancía.

Pero mi espíritu romántico y bohemio prefiere llevarme a recordar a aquellos botánicos, aventureros, tratantes, exploradores, buscadores de fortuna…  todos atraídos por la aventura, sabedores de que lo mejor de la vida se encuentra siempre al otro lado del miedo. Por eso dejaron todo, por eso llegaron a esta ciudad de tierra roja, bosques de caoba y playas vírgenes, por la aventura. Poco a poco fueron sucumbiendo, se los llevó el clima, las enfermedades o los ataques de los nativos. Cayeron tantos que Rudyard Kipling llamó a la costa de Guinea “la tumba del hombre blanco”. Aquí se empezó a beber el Gin-tonic como profilaxis contra la malaria, una de las grandes aportaciones del s.XIX a la medicina preventiva.

En Ouidah se mezclan todavía el sabor colonial que convive con templos vudús, mercados de fetiches, estatuas de dioses y leyendas. Se venera tanto al Dios cristiano como a los murciélagos que cuelgan del gran iroko del bosque sagrado de Kpassé, o a las serpientes del Templo de las Pitones (que aunque parece nombre de garito de carretera, es un templo dedicado a Dan, el dios serpiente).

Con el florecimiento del mercado de esclavos de Ouidah, algunos reinos como los fon de Dahomey, los Yoruba de Nigeria o los Ashanti de Ghana, tuvieron que decidir entre ser esclavistas o esclavos y para ello crearon ejércitos poderosos. El más singular y temido de todos era el de las Amazonas de Dahomey, célibes consagradas por entero a su rey y a la guerra, valientes y crueles que antes del combate bailaban la Danza de la decapitación (muy bailable). Una peli de Tarzán me hizo soñar con ellas, aunque la realidad estaba lejos de lo que mi imaginación de adolescente hormonado me sugería.

 

Fue el único ejército de amazonas que realmente existió, hasta la aparición de la Guardia Amazónica que Gadafi creó para su protección en el palacio de Bab el Aziziya. Vírgenes, expertas en artes marciales, capaces de pilotar aviones o combatir cuerpo a cuerpo, sofisticadas, bellas y temidas…. Otro África, también ya lejana. Al hamdulillah

El caso es que ante los ataques de las guerreras de Dahomey el rey de los Tofinu ideó esconderse en el lago Nokoué consciente de que sus enemigos no se atreverían a perseguirles hasta allí, pues tenían la creencia de que en el fondo del lago se escondía un terrible demonio. Y vencieron al lago y a la muerte a base de ingenio, ideando vivir sobre palafitos y apartarse del mundo.

La ciudad fue creciendo hasta convertirse en un caos de canales bulliciosos que es la base de su encanto. No es mal plan perderse por ese laberinto acuático, especialmente por el mercado flotante, donde cada mañana se acerca un desfile de mujeres con sus coloridos bubús y sus desvencijadas piraguas cargadas hasta arriba de fruta o verduras. El ambiente es fascinante. Mientras tanto, los hombres salen a pescar, que allí desde pequeños, todos son pescadores.

 

Una vez fui en domingo, cuando los cánticos religiosos se apoderan de la laguna, pues hasta cinco cultos diferentes conviven en la ciudad, toda una experiencia. Tuve la suerte de asistir a una misa de la secta del cristianismo celeste y todavía retumba en mi cabeza el exaltado sermón del pastor amenazando con ir al infierno de continuar esta vida pecadora.( que no lo diría por mi…)

Así es Ganvié, la versión más exótica de Venecia. Han pasado más de 300 años y desde entonces están ahí, son los hombres del agua, los moradores de Ganvié, “los que han encontrado la paz”, (como significa el nombre).

Qué afortunados son, yo sigo buscando la mía, mi paz…

Esta vez voy a intentar sorprenderos trasladándoos al lugar más bajo, caluroso, seco e inhóspito de la tierra (y no, no me refiero a Hoyo de Manzanares en pleno mes de agosto).

Suena bien, la verdad, pero si además os digo que allí se encuentran montañas de sal, mares petrificados, llanuras infinitas de ardiente sal y arena quemada, volcanes en erupción, y una de las tribus más hostiles de África, entonces seguro que encontraréis este reclamo irresistible del todo.

Así lo sintió Nesbitt el primero que se aventuró a cruzarlo y sobrevivió para contarlo, después Rimbaud y luego Thessiger, y así lo sentí yo muchísimo después. Uno tras otro, todos fuimos acabando por allí, almas nómadas atraídas por tierra de nómadas. Es allí, en el Danakil, donde dicen que Etiopia guarda celosamente la Puerta de la Tierra y el silencio del desierto.

Me obsesionaban especialmente tres joyas escondidas en aquel desierto, alejadas, inaccesibles, exigentes, a salvo de turistas Simpson, sólo para mí: el Lago Abbe, el Lago Assal y sobre todo, el Dallol, el único volcán del mundo por debajo del nivel del mar y el sitio más caluroso de la tierra. Como podéis imaginar, fui para allá, varias veces, entré por Etiopia, por Yibuti, por todos los caminos, tenía que quitarme esa obsesión, pero ni por esas. Fui por eso y  por mi colección,  porque no sólo colecciono desiertos, también tengo mi particular atlas de lugares imposibles. En él están marcados aquellos lugares tan espectaculares como extraños donde el mundo real y el de los sueños parecen estar separados por una línea muy delgada. Y así es el Dallol, paisaje lunar, pero casi igual de inaccesible, un lugar imposible.

De aquellas exploraciones pasadas me quedo con la de Nesbitt, el primero en cruzarlo de norte a sur, que exploró la zona durante tres meses y medio con una caravana de poco más de 20 camellos. Al terminar describió el lugar como “una tierra de terror, de dificultades y de muerte”. Y no exageraba, yo mismo pude comprobar la dureza de atravesar esas tierras abrasadas en días de calma sofocante o azotado por fuertes vientos cargados de polvo. Menos mal que yo no me quejo (casi) y que al final del día, el puesto militar de Ahmed Ela, a los pies del Dallol tenía unas cervezas, de esas tan frías que sudan por si solas… Volviendo a la expedición de Nesbitt, que me disperso, por aquel entonces, los Afar controlaban todas las rutas del desierto hacia el norte y eran conocidos por su salvajismo y agresividad, siendo su trofeo preferido los testículos de sus enemigos. De hecho las tres expediciones que le precedieron fueron masacradas y según la tradición Afar sus testículos pasaron a formar parte de algún bello collar de cuentas, muy ponible. Nesbitt lo consiguió aunque en varias ocasiones puso en peligro su posible descendencia, llegando a perder a varios de sus hombres por los ataques de los Afar.

Reconozco que también me atrae la aventura de Rimbaud, el viajero perpetuo. Quería comerciar con los Afar y para ello organizó una caravana de más de 100 camellos que atravesó el desierto hasta Tadjoura, en Yibuti. Único extranjero rodeado de un millar de peligros. Asi se sentía, pero también lo consiguió. Salió desde Harar, la ciudad santa. Cerrada a los extranjeros hasta que Richard Burton cruzó sus puertas por primera vez. Noventa y nueve mezquitas, una por cada uno de los nombres de Alá. Impresionante la Ilamada a la oración del atardecer. Harar, la ciudad mercado, irresistible. La mejor época para llegar allí es en abril, cuando florecen las jacarandás y cubren la ciudad con un manto púrpura, y un paseo de buganvillas te marca la salida hacia el desierto. Tenéis que ir, en abril…

Si por algún casual no tenéis a mano un centenar de camellos ni un par de meses para recorrer con tranquilidad el Danakil, no os preocupéis, que hay opciones menos exigentes y altamente gratificantes. Solo tenéis que llegar en avión hasta Mekele y desde allí bajar hasta la localidad de Ahmed Ela. Antes de llegar podréis ver algunos bosques de mimosas o aislados arboles Dragón, pero a partir de Ahmed Ela, el desierto manda, alguna raquítica acacia a la que la muerte encontró de pie y poco más hasta llegar al Dallol. Allí la tierra hierve, más todavía, y los humeantes geiseres han esculpido extrañas formaciones junto a charcas de colores irreales. Un espectáculo único e indescriptible.

 

No muy lejos está la montaña de sal, con otras formaciones tan diferentes como extrañas, y hay llanuras de sal, y un lago de aceite y por supuesto las salinas, donde trabajan los extractores y los talladores de los bloques. Cada atardecer es posible ver largas caravanas de camellos transportando la sal extraída para venderla en el mercado de Berahile. Quedan pocas caravanas como éstas, un mundo perdido que se niega a desvanecer… Otro espectáculo impresionante

No muy lejos, pero por la peor pista del mundo se encuentra el volcán Erta Ale, uno de los pocos en el mundo con una laguna de lava en el cráter. Subid y probad a dormir a escasos metros del cráter. Este el último espectáculo que os propongo por hoy.

Nesbitt, Rimbaud y Thessiger tardaron cada uno más de 60 días en explorar este desierto, pero bastan tan solo cuatro días para recorrer el Dallol, visitar llanuras de sal, subir a un volcán en actividad y ver alguna de las últimas caravanas atravesando el desierto.

Parece que la falta de tiempo ya no va a valerte como excusa, búscate otra.

Hace mucho tiempo cayó en mi poder, o más bien caí yo en el suyo, un viejo mapa del antiguo África Ecuatorial Francesa, un tesoro. Acostumbraba a extender el mapa para pasar largos ratos sumergido en él, practicando mi deporte favorito, soñar, planear rutas. Tan pronto seguía las exploraciones del Conde de Brazza, como me internaba con los pigmeos Baka por las selvas de Dzanga Sangha siguiendo el rastro de los gorilas de llanura o de los elefantes del bosque. Si, ya sé que no es normal mi tara, pero la culpa es de los mapas, deberían estar prohibidos, todos, son adictivos e invitan a soñar y a perder la cabeza.

En aquel mapa me atraían poderosamente dos pequeños puntos perdidos en la nada, un fragmento de sabana africana atrapada entre el desierto del Este y la selva del Oeste. Parecía ser el mismísimo corazón del continente y yo siempre pensé que tenía que llegar hasta su corazón si quería empezar a comprender África, la tierra de los atardeceres púrpura y las noches estrelladas, el paraíso del misterio y la aventura, el reino del León.

Aquellos puntitos correspondían a Birao en la antigua región del Ubangui-Chari, dos ríos que delimitaban la región y que por cierto, ni sospechaba que navegaría años más tarde. Tan solo eso, dos puntitos de la República Centroafricana en la frontera con Sudán y Chad, pero sí, allí tenia que estar el corazón de África. Así que llevado de esta inconsciencia mía que me sale tan natural, y tanta gracia hizo siempre a mis padres…, decidí ir.

 

Poco o nada sabía de aquel rincón olvidado de África, por allí nunca pasaron Livingstone, ni los versos de Rimbaud, ni la locura de Kurtz, tampoco pasó Barth, ni ningún otro explorador enviado por la Royal Geographic Society en busca del vellocino de oro…Por allí sólo pasaron los janjaweed, las milicias islamistas de Darfur, el diablo a caballo, sembrando la muerte y la destrucción. Y los rebeldes ugandeses del Lord Resistance Army empeñados todavía en imponer por las armas un gobierno basado en los 10 Mandamientos, otra locura peligrosa, aunque en política, ya nada puede sorprenderme…

Bueno, también pasaron aquellos que escaparon de formar parte del almuerzo del Emperador Bokassa. Ah, y los paracaidistas de la Legión Extranjera francesa, que tomaron la ciudad tras aquél ataque de los rebeldes. Fueron ellos los que me enseñaron aquella canción, le Diable marche avec nous… Esos días, buscábamos por la mañana refugiados huyendo del horror y por la noche nosotros mismos buscábamos refugio del horror vivido, bebiendo aquellas guarradas con pastis que tanto gustan a los franceses, otro horror por cierto, sobre todo para un hombre de gustos tan refinados como los míos.

Recuerdo las noches de regreso a la choza, la oscuridad más absoluta, y aquel cielo estrellado, pocas veces he vuelto a ver algo parecido, eran tantísimas que llegaban hasta el suelo, allá en el horizonte. Y el silencio, sólo roto por el ruido apagado y monótono de un grupo electrógeno lejano, un concierto de grillos y algunos pájaros y monos, maquinando como quitarme mis reservas de fuet y pan bimbo. Mi tesoro…

 

En el centro del pueblo presidía un gran baobab, a su sombra se concentraban todos los eventos importantes de la aldea, anuncios, cuentos, reuniones…. También tenía carácter sagrado y a sus pies acudían a descansar los espíritus de los antepasados. Junto al baobab nacía un pequeño mercado, tan colorido como escaso. También había una patrulla del ejército seis hombres, seis uniformes distintos, la única coincidencia de uniformidad estaba en  el calzado, todos cholas, y  en el kalashnikov, omnipresente en África.

Tras aquel gran baobab se extendía la ciudad y el pueblo vivía entre un laberinto de chozas de hojas de palma, espíritus de la sabana y rituales de iniciación.

 

Frente al mercado había un restaurante, La Chuiterie, bueno había otro, pero inspiraba menos confianza todavía que éste. Los sábados por la noche, aparte de algunos aldeanos,  acudían los cooperantes de ACNUR o de Médicos Sin Fronteras y el bar cobraba una vida diferente. La etnia de los Banga son conocidos por su música, y por supuesto como estaréis imaginando, yo la interpretaba a mi manera realizando esos arrítmicos movimientos imposibles que nadie más entiende. El gintonic, que me desinhibe. También había una mezquita y una iglesia, por entonces convivía en paz, no sé cómo estarán ahora después de que el país quedara envuelto por la violencia entre la coalición musulmana Seleka y las milicias cristianas.

Cada dos domingos venía a oficiar misa el párroco de la localidad de Ouanda Djallé, a más de dos horas de distancia. Era el gran día, las mujeres se arreglaban con coloridos vestidos y los hombres, otro estilo… La misa duraba casi dos horas, pero no recuerdo haber asistido a ninguna celebración tan alegre y bonita. No importaba que la oficiaran en Sangho, el mensaje me llegó  fuerte y claro. Todo el mundo ofrecía de corazón lo poco que tenía, con alegría. Los bailes y los canticos de aquellas misas quedaran para siempre en mi memoria. Que se lo pregunten a aquel grupo que vino conmigo por el norte  de Tanzania…

Por Birao atravesaba la vía principal de comunicación con Sudán, aunque eso no quiere decir que estuviese asfaltada. La ruta pasaba junto al gran baobab, que ejercía además de terminal de pasajeros, justo allí nacía una avenida de enormes mangos que proporcionaban una sombra muy agradable ante el calor aplastante. La carretera llegaba hasta Am Dafok en la frontera con Darfur, de donde además de venir todas las mercancías sudanesas, venían también los males. De vez en cuando íbamos hasta allí, me gustaba mucho el color ocre de la tierra del camino cuando la luz de la mañana inundaba cada rincón. Alguna que otra vez aparecimos por la Reserva Nacional de St Floris, donde dicen que se podía observar a los Cinco Grandes (león, elefante, leopardo, rino y búfalo), aunque yo ya no recuerdo bien si vi uno o ninguno. Los furtivos, que están terminando con esta zona que todavía es Patrimonio de la Humanidad…

Allí, bajo aquel gran baobab, encontré el corazón de África, latiendo con mucha fuerza, y allí quedó una parte del mío. Por eso mi pena cuando un día vino un avión a sacarme, para nunca volver. Y por eso este ataque de nostalgia.

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