Cada vez que algo atormenta mi alma, huyo al desierto en busca de consuelo. La nueva causa de mis desvelos no es otra que el desastre ocurrido en la última carrera benéfica que ha organizado la Asociación Deportiva de Corredores de Hoyo de Manzanares (no me esponsorizan (todavía) pero me gusta lo que hacen, porqué y cómo). En ésta carrera no sólo me ha ganado mi cuñado Eduardo, al que por primera vez desde que llevamos corriendo juntos no le he visto ni el tubo de escape, sino que poco antes de la meta un chaval de no mas de 10 años, una máquina, me ha dado una pasada tan humillante, que mi ego, siempre necesitado de alabanzas, va a necesitar mas todavía para poder recuperarse del todo.

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Este hecho, aunque aislado por el momento, no es sino el primer síntoma real de envejecimiento. Aunque me niegue a aceptarlo y parezca tan increíblemente bien conservado (para mi edad) a la par que bello (para qué negarlo), ya estoy entrando en el tiempo de descuento y me asusta porque todavía me quedan demasiadas cosas por hacer.

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Así que, en esta ocasión, he venido a refugiarme y encontrar la paz entre las dunas tunecinas del Gran Erg Oriental, aprovechando que por casualidad me encontraba en Túnez atendiendo a un mandao de los míos. Aunque al final no he conseguido mas que engañarme a mi mismo, pues el venir aquí no es un bálsamo para mis dolores sino un placebo temporal, ya que a medida que me voy alejando del Sáhara, va regresando mi pena.

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Pero mientras estoy en el desierto el tiempo se detiene y todo se desvanece. Allí no llega el ruido de la ciudad, ni todo aquello que me atormenta. A veces, con suerte, el único ruido perceptible es el Canto de las Dunas, música celestial que interpretan los granos de arena al moverse y que los tuareg atribuyen a sirenas o djenous, que con sus cantos atraen a los viajeros hacia su perdición (y esa es una llamada a la que nunca he sabido resistirme). Ralph Bagnold (no teneis ni p idea de quien es pero ya os he hablado de él, un día voy a tener que poneros un examen sorpresa) aseguraba que este sonido podia ser tan fuerte que en ocasiones tenía que hablar a gritos para poder ser oído con el ruido de la arena.

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Antes de empezar a contar algo sobre el Erg, que soy consciente de que todavía no he empezado, voy a hacer un ejercicio mental con vosotros. Probar a cerrar los ojos (unos segundos, no vale dormirse) e imaginad un sitio en el que os gustaría estar ahora mismo (tiene que ser en el desierto, no vale un resort en el Caribe, qué pereza) para relajarse y disfrutar, olvidarse de todo, etc etc. Ahora, abrid los ojos y decidme si lo que habíais pensado se parece a esto de aquí abajo.

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O si queréis, imaginar un oasis donde poder perderos y corretear desnudos (algunos incluso mejor que vayáis vestidos) entre los palmerales, con el canto de los pajaritos y el sonido de los chorros de agua cayendo sobre pozas cristalinas…y decidme si se parece a éste de aquí.

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Si la respuesta es afirmativa, estais de suerte, pues os invito (éste verbo no es invitar de pagar, sino de animar a…) a que vengáis conmigo hasta aquí para que podáis cumplir con ese sueño que vuestro inconsciente os lleva gritando toda la vida.

Esto ha sido sólo una pausa publicitaria, estoy de pruebas hasta que consiga espónsores con posibles para Desertando, ésta vuestra asociación…

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Volviendo al desierto tunecino hay tantas cosas que ver, oasis, palmeras, desiertos, Douz, Ksar Gilane, Matmata, Chebika, Chenini, desiertos, palmeras, oasis… que se necesitaría casi una vida para quedarse y otra para recorrerlos. Además, no se debe ver todo en un solo viaje, porque si no, dejaríamos el país sin sentir la necesidad de regresar a por más y nunca deberíamos salir de ningún lugar con esa sensación.

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Dice Mohamed, un nuevo amigo bereber, con esa filosofía sencilla pero aplastante que reina entre las gentes de por aquí, que lo importante no son los sitios que se planee visitar, todos son especiales, lo que realmente hará que el viaje sea inolvidable nos lo irá mostrando el camino y cada uno será distinto. Totalmente de acuerdo. Puede ser que, entre otras cosas, se refiriera a puestas de sol como ésta.

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Por eso, en esta entrada tan solo os propongo llegar allí, alquilar un Dyan 6 o algo similar y adentrarnos entre las dunas, primero desde Douz hasta las ruinas del fuerte romano de Tisariven, en los antiguos confines del Imperio. Al día siguiente continuaríamos entre las dunas, pasando por el oasis de Ksar Gilane hasta Tataouine. Y ya veremos que más nos depara el camino…

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El final de este trayecto,Tataouine, es un sitio especial, en él se libró la batalla mas trascendental de la historia de la Humanidad. A sus puertas, las fuerzas de la Coalición bajo el mando de Luke Skywalker y ayudados por los Ewok, esos peluchitos frutos de la union de un mapache con Winnie de Pooh en una noche de locura, derrotaron a las Fuerzas Imperiales quedando garantizada la seguridad no sólo del mundo libre sino de todo el imperio galáctico, incluido el planeta Ganímedes del que, según Cuarto Milenio, procedemos todos. La verdad es que yo no llegué hasta allí, horrorizado ante la posibilidad de encontrarme con algún motivado haciendo el friki (que los hay) con la careta de Darth Vader, pues tengo oído que acuden allí en romería. La próxima vez pasaremos por allí y entonces podré ponerme mi disfraz de R2D2.

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Por supuesto cualquier ruta que se organice es mandatory que incluya una visita a Chott el Jerid, uno de los mayores lagos salados de Africa, así como a los cuatro oasis situados en la franja que separa los dos lagos que lo forman. Reseco y quebradizo, lo que antaño fuera un obstáculo insalvable para las exploraciones, hoy atravesarlo es una experiencia única, para deleitarse con la variedad de colores del agua y dejarse confundir por los engaños de Fata Morgana, una ilusión óptica muy habitual en esta zona.

Esta foto que os adjunto debe ser otro mas de los trucos de Fata Morgana, porque me hice un selfie en el interior del lago y a pesar de la distancia me parece observar en mí un increíble parecido con George Clooney.

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Si después de unos días por el desierto os quedan ganas de mas aventura, o de sufrimiento, entonces os recomiendo viajar de vuelta en el expreso que une durante la noche Tozeur con Túnez. Ausente de detalles y con una definitiva apuesta por la austeridad y las incomodidades, sus repletos vagones evocan aquellos vuelos iniciales de Ryan Air. Desperté helado y desconcertado, con la puerta del vagón rota, abierta al frío de la noche y al ver los pasajeros tan abrigados y buscando el calor mutuo, me costó identificar si me encontraba en el tren procedente del desierto de Túnez o había vuelto a atravesar la barrera espacio temporal y me encontraba recorriendo el oblast de Irutsk, en Siberia, la tierra dormida por el frío. En fin, un infierno, digo toda una experiencia. Lo bueno es que se ahorra uno un dinerillo, eso sí, recomiendo que al subirse al tren se vaya con el pis hecho.

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Tras atravesar el Chott el Jerid nos encontraremos en una encrucijada, seguir camino hacia Nefta, antigua ciudad santa, sembrada de mezquitas y escuelas coránicas, o mejor todavía, subir hacia Midet en la montaña, en una ruta que atrapa, mas desierto, mas oasis y mas colores terrosos. Ambos son los últimos oasis tunecinos, detrás está Argelia, donde se encuentra el Tassilli N’Ajjer uno de los desiertos mas bonitos del mundo, cuya puerta se cierra ante nosotros por culpa de los malos. Menos mal que a través de unos amigos ya sé como voy a abrirla. Pronto escribiré sobre ello.

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Cada vez que regreso de Trípoli aprovecho para retirarme a descansar a mis cuarteles de invierno. Me encanta disfrutar en familia de los apacibles otoños de Bruselas, con sus días grises, los árboles de mil tonalidades de ocres y amarillos, o contemplar la lluvia tras los cristales, que por cierto no para y ya me tiene hasta los mismísimos. Lo malo es que me pongo melancólico, y como decía Machado vienen a mi memoria historias tristes, sin poesía. Historias que me tienen casi blancos los cabellos….

cucharilla-tervurenAsín que mientras regreso al desierto, voy a aprovechar esta melancolía que me ha entrado para endiñaros una etapa de mi vida ‟jamas contada” en la que tuve la oportunidad de conocer uno de los sitios mas impactantes que recuerdo, un lugar donde Africa me mostró toda su crudeza. Allí ví cosas que nunca quise ver… y hoy por fin tengo el valor de sacarlas de lo mas profundo de mi memoria para que las conozcáis.

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Por cierto que la culpa de esto la tiene mi amigo Santi, que lleva unos cuantos meses en Bangui dándole cera a los angelitos de la Coalición Seleka y con sus fotos me ha ido arrancando los recuerdos día tras día. Ahora hay otra guerra, mas violenta quizás, con otros nombres y otras excusas, pero al final, mas de lo mismo…

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Mi misión fue en la localidad de Birao, en la prefectura de la Vakagá, un rincón olvidado de Dios en la República Centroafricana, en la confluencia con Sudan y Chad. Tan olvidado, que el emperador Bokassa escogió este lugar para desterrar para siempre a aquellos enemigos a los que no le dio por zamparse. Tan lejano, que era imposible llegar por tierra sin jugarse la vida. Tan aislado, que por lo menos representaba la tierra prometida para aquellos que habían perdido todo lo que tenían, incluso la esperanza. Y así, aislado que no solo, me sentí yo durante mi estancia en Birao. Sobre todo durante la estación de las lluvias, cuando el pueblo se convertía en una isla y era imposible entrar o salir de ella.

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Menos mal que me acogieron en sus pechos los mandos del Regimiento de Extranjeros Paracaidistas de la Legion Extranjera francesa que tenían allí su destacamento. También había un centro de Medicos del Mundo, con dos doctoras, en una misión igual de bonita e importante, pero a pesar de que puse mi mejor carita de bueno, ellas no me acogieron a sus pechos.

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No hacia mucho tiempo de mi llegada, la ciudad de Birao había sido atacada y quemada por los rebeldes del UFDR, por las temibles milicias janjaweed e incluso por las milicias del Lord Resistance Army, de Joseph Kony, famoso éste último por querer imponer a tiros un gobierno basado en los 10 mandamientos y en el uso de la bicicleta. Ahi está¡, un tipo con criterio. Aun así, continuaban llegando numerosos grupos de refugiados principalmente de Darfur que venían huyendo de los últimos ataques de los janjaweed.

 

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Así que durante la semana nos escoltaban por la zona buscando posibles núcleos de refugiados. Casi siempre encontrábamos algunos grupos intentando sobrevivir, a los que procurábamos trasladar a un gran campo de refugiados.

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En una de estas patrullas localizamos este colegio que ya os he puesto en alguna ocasión, y el apoyo a estos niños fue uno de los proyectos mas reconfortantes en los que he participado ever…

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Pero también había momentos de diversión y camaradería. Recuerdo aquellos viernes por la noche, bebiendo y olvidando que a veces es la mejor medicina, y para un corazón tan sensible como el mio, doble ración. Aunque sea de perroquet y tomata, aquellas guarradas que los franceses hacen con el pastiss y que tanto les gusta sólo a ellos. (y que yo me bebía por no hacerles un feo, claro…). Ni siquiera la noche que les preparé un exquisito calimocho paracaidista conseguí convencerles para que evolucionaran hacia gustos mas refinados.

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Tras los primeros pastiss empezaban los cánticos, con los siguientes nos prometíamos fidelité, fraternité y maternité, y para los últimos pelotazos ya nos decíamos eso de que tu eres mi segundo mejor amigo, etc etc. Después, tarareando su canción de Le diable marche avec nous, que todavía retumba en mi cabeza, regresaba a la choza, a dormir bajo l’etoil de Afrique. Allí, la oscuridad y el silencio más absoluto, sólo roto por el ruido lejano de algún grupo electrógeno todavía encendido y por los cercopitecos verdes, aquellos p monos omnipresentes, que acechaban permanentemente mi choza en busca de mi paquete de pan galleta, mi más preciado tesoro…

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Alli compartí choza, pero que corra el aire, con mi amigo Birane, senegalés (por seguridad he borrado los nombres de los uniformes y así nadie puede saber quien es cada uno). Tuve la suerte de que el destino hiciera que años después, nos volviéramos  a encontrar en Senegal, la vida, que sigue dando vueltas. Musulman fervoroso, siempre me hablaba del islam y de su proyecto de realizar el Hajj. Empezaba el día cada mañana con la fresca (a las cuatro y media) rezando en el pequeño espacio que había entre nuestros camastros. Eso me obligaba a dormír con un ojo siempre abierto, pues cada noche se repetía la misma escena y noche tras noche me llevaba el mismo susto de muerte, porque parecía que venia a por mi. Un sin vivir, vamos.

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Volviendo al pueblo, en el centro de la villa, rodeado de frondosos mangos, había un enorme baobab, bajo cuya sombra tenia lugar la vida cotidiana del pueblo. No solo servía como punto de encuentro, lugar de reunion, tablón de anuncios o hasta mercado, también tenía un carácter sagrado y a sus pies yacían enterrados algunos de los mejores griots del pueblo.

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Y aunque pequeño, también teníamos un restaurante, la Chuiterí Kounda. Bueno, la verdad es que había otro más, pero no íbamos nunca porque tenia muy mala pinta. La cabra carbonizada era un clásico entre las sugerencias diarias del chef, y reconozco que a mi me gustaba bastante.

cucharilla- la chuiteri de BiraoNo muy lejos de Birao se encontraba la reserva de fauna de Manovo Gounda St Floris, patrimonio de la UNESCO por la gran diverdidad de su flora y fauna. Tuve la suerte de realizar una patrulla por dicha reserva, pero como la mayor parte de los caminos estaban frecuentados por cazadores furtivos y atracadores, y además no pude convencer a Birane, mas sensato que yo, para que me acompañara, desistí de mi genial idea de alquilar un coche y recorrer el parque por mi cuenta, que era lo que me pedía el cuerpo.

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Así que esto que parecen dos cebúes, visten como dos cebúes y mugen como dos cebúes son los animales mas salvajes que pude fotografiar. sin contar a los p cercopitecos, que contento me tenían.

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La mitad del pueblo era musulmán y la otra mitad católica, así que en el pueblo había también una mezquita y una iglesia. Algunos domingos el párroco de la zona pasaba por Birao a dar misa. No me enteraba de mucho porque eran en sangho, y además duraban mas de dos horas y yo pasados los primeros cinco minutos tiendo a la dispersion, pero eran infinitamente mas alegres que aquellas de la parroquia de San Damaso a las que asistía de pequeño, (y de las que guardo muy buen recuerdo), así que me encantaba ir. Os tenia preparado un video para que entendierais que digo, pero soy incapable de hacerlo, si alguien me ayuda lo cuelgo ( cuelgo el video, no al que me ayude, ojo).

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Y con esto os dejo por hoy, ya sabeis un poco mas de como era la vida en Birao, un lugar olvidado de la prefectura de la Vakagá… La vida no era fácil, pero me gustaba estar ahí. Un día, llegó un avión, y me sacó de allí, para nunca mas volver. Por eso mi pena.

 

 

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