Esta vez voy a intentar sorprenderos trasladándoos al lugar más bajo, caluroso, seco e inhóspito de la tierra (y no, no me refiero a Hoyo de Manzanares en pleno mes de agosto).

Suena bien, la verdad, pero si además os digo que allí se encuentran montañas de sal, mares petrificados, llanuras infinitas de ardiente sal y arena quemada, volcanes en erupción, y una de las tribus más hostiles de África, entonces seguro que encontraréis este reclamo irresistible del todo.

Así lo sintió Nesbitt el primero que se aventuró a cruzarlo y sobrevivió para contarlo, después Rimbaud y luego Thessiger, y así lo sentí yo muchísimo después. Uno tras otro, todos fuimos acabando por allí, almas nómadas atraídas por tierra de nómadas. Es allí, en el Danakil, donde dicen que Etiopia guarda celosamente la Puerta de la Tierra y el silencio del desierto.

Me obsesionaban especialmente tres joyas escondidas en aquel desierto, alejadas, inaccesibles, exigentes, a salvo de turistas Simpson, sólo para mí: el Lago Abbe, el Lago Assal y sobre todo, el Dallol, el único volcán del mundo por debajo del nivel del mar y el sitio más caluroso de la tierra. Como podéis imaginar, fui para allá, varias veces, entré por Etiopia, por Yibuti, por todos los caminos, tenía que quitarme esa obsesión, pero ni por esas. Fui por eso y  por mi colección,  porque no sólo colecciono desiertos, también tengo mi particular atlas de lugares imposibles. En él están marcados aquellos lugares tan espectaculares como extraños donde el mundo real y el de los sueños parecen estar separados por una línea muy delgada. Y así es el Dallol, paisaje lunar, pero casi igual de inaccesible, un lugar imposible.

De aquellas exploraciones pasadas me quedo con la de Nesbitt, el primero en cruzarlo de norte a sur, que exploró la zona durante tres meses y medio con una caravana de poco más de 20 camellos. Al terminar describió el lugar como “una tierra de terror, de dificultades y de muerte”. Y no exageraba, yo mismo pude comprobar la dureza de atravesar esas tierras abrasadas en días de calma sofocante o azotado por fuertes vientos cargados de polvo. Menos mal que yo no me quejo (casi) y que al final del día, el puesto militar de Ahmed Ela, a los pies del Dallol tenía unas cervezas, de esas tan frías que sudan por si solas… Volviendo a la expedición de Nesbitt, que me disperso, por aquel entonces, los Afar controlaban todas las rutas del desierto hacia el norte y eran conocidos por su salvajismo y agresividad, siendo su trofeo preferido los testículos de sus enemigos. De hecho las tres expediciones que le precedieron fueron masacradas y según la tradición Afar sus testículos pasaron a formar parte de algún bello collar de cuentas, muy ponible. Nesbitt lo consiguió aunque en varias ocasiones puso en peligro su posible descendencia, llegando a perder a varios de sus hombres por los ataques de los Afar.

Reconozco que también me atrae la aventura de Rimbaud, el viajero perpetuo. Quería comerciar con los Afar y para ello organizó una caravana de más de 100 camellos que atravesó el desierto hasta Tadjoura, en Yibuti. Único extranjero rodeado de un millar de peligros. Asi se sentía, pero también lo consiguió. Salió desde Harar, la ciudad santa. Cerrada a los extranjeros hasta que Richard Burton cruzó sus puertas por primera vez. Noventa y nueve mezquitas, una por cada uno de los nombres de Alá. Impresionante la Ilamada a la oración del atardecer. Harar, la ciudad mercado, irresistible. La mejor época para llegar allí es en abril, cuando florecen las jacarandás y cubren la ciudad con un manto púrpura, y un paseo de buganvillas te marca la salida hacia el desierto. Tenéis que ir, en abril…

Si por algún casual no tenéis a mano un centenar de camellos ni un par de meses para recorrer con tranquilidad el Danakil, no os preocupéis, que hay opciones menos exigentes y altamente gratificantes. Solo tenéis que llegar en avión hasta Mekele y desde allí bajar hasta la localidad de Ahmed Ela. Antes de llegar podréis ver algunos bosques de mimosas o aislados arboles Dragón, pero a partir de Ahmed Ela, el desierto manda, alguna raquítica acacia a la que la muerte encontró de pie y poco más hasta llegar al Dallol. Allí la tierra hierve, más todavía, y los humeantes geiseres han esculpido extrañas formaciones junto a charcas de colores irreales. Un espectáculo único e indescriptible.

 

No muy lejos está la montaña de sal, con otras formaciones tan diferentes como extrañas, y hay llanuras de sal, y un lago de aceite y por supuesto las salinas, donde trabajan los extractores y los talladores de los bloques. Cada atardecer es posible ver largas caravanas de camellos transportando la sal extraída para venderla en el mercado de Berahile. Quedan pocas caravanas como éstas, un mundo perdido que se niega a desvanecer… Otro espectáculo impresionante

No muy lejos, pero por la peor pista del mundo se encuentra el volcán Erta Ale, uno de los pocos en el mundo con una laguna de lava en el cráter. Subid y probad a dormir a escasos metros del cráter. Este el último espectáculo que os propongo por hoy.

Nesbitt, Rimbaud y Thessiger tardaron cada uno más de 60 días en explorar este desierto, pero bastan tan solo cuatro días para recorrer el Dallol, visitar llanuras de sal, subir a un volcán en actividad y ver alguna de las últimas caravanas atravesando el desierto.

Parece que la falta de tiempo ya no va a valerte como excusa, búscate otra.

Hace mucho tiempo cayó en mi poder, o más bien caí yo en el suyo, un viejo mapa del antiguo África Ecuatorial Francesa, un tesoro. Acostumbraba a extender el mapa para pasar largos ratos sumergido en él, practicando mi deporte favorito, soñar, planear rutas. Tan pronto seguía las exploraciones del Conde de Brazza, como me internaba con los pigmeos Baka por las selvas de Dzanga Sangha siguiendo el rastro de los gorilas de llanura o de los elefantes del bosque. Si, ya sé que no es normal mi tara, pero la culpa es de los mapas, deberían estar prohibidos, todos, son adictivos e invitan a soñar y a perder la cabeza.

En aquel mapa me atraían poderosamente dos pequeños puntos perdidos en la nada, un fragmento de sabana africana atrapada entre el desierto del Este y la selva del Oeste. Parecía ser el mismísimo corazón del continente y yo siempre pensé que tenía que llegar hasta su corazón si quería empezar a comprender África, la tierra de los atardeceres púrpura y las noches estrelladas, el paraíso del misterio y la aventura, el reino del León.

Aquellos puntitos correspondían a Birao en la antigua región del Ubangui-Chari, dos ríos que delimitaban la región y que por cierto, ni sospechaba que navegaría años más tarde. Tan solo eso, dos puntitos de la República Centroafricana en la frontera con Sudán y Chad, pero sí, allí tenia que estar el corazón de África. Así que llevado de esta inconsciencia mía que me sale tan natural, y tanta gracia hizo siempre a mis padres…, decidí ir.

 

Poco o nada sabía de aquel rincón olvidado de África, por allí nunca pasaron Livingstone, ni los versos de Rimbaud, ni la locura de Kurtz, tampoco pasó Barth, ni ningún otro explorador enviado por la Royal Geographic Society en busca del vellocino de oro…Por allí sólo pasaron los janjaweed, las milicias islamistas de Darfur, el diablo a caballo, sembrando la muerte y la destrucción. Y los rebeldes ugandeses del Lord Resistance Army empeñados todavía en imponer por las armas un gobierno basado en los 10 Mandamientos, otra locura peligrosa, aunque en política, ya nada puede sorprenderme…

Bueno, también pasaron aquellos que escaparon de formar parte del almuerzo del Emperador Bokassa. Ah, y los paracaidistas de la Legión Extranjera francesa, que tomaron la ciudad tras aquél ataque de los rebeldes. Fueron ellos los que me enseñaron aquella canción, le Diable marche avec nous… Esos días, buscábamos por la mañana refugiados huyendo del horror y por la noche nosotros mismos buscábamos refugio del horror vivido, bebiendo aquellas guarradas con pastis que tanto gustan a los franceses, otro horror por cierto, sobre todo para un hombre de gustos tan refinados como los míos.

Recuerdo las noches de regreso a la choza, la oscuridad más absoluta, y aquel cielo estrellado, pocas veces he vuelto a ver algo parecido, eran tantísimas que llegaban hasta el suelo, allá en el horizonte. Y el silencio, sólo roto por el ruido apagado y monótono de un grupo electrógeno lejano, un concierto de grillos y algunos pájaros y monos, maquinando como quitarme mis reservas de fuet y pan bimbo. Mi tesoro…

 

En el centro del pueblo presidía un gran baobab, a su sombra se concentraban todos los eventos importantes de la aldea, anuncios, cuentos, reuniones…. También tenía carácter sagrado y a sus pies acudían a descansar los espíritus de los antepasados. Junto al baobab nacía un pequeño mercado, tan colorido como escaso. También había una patrulla del ejército seis hombres, seis uniformes distintos, la única coincidencia de uniformidad estaba en  el calzado, todos cholas, y  en el kalashnikov, omnipresente en África.

Tras aquel gran baobab se extendía la ciudad y el pueblo vivía entre un laberinto de chozas de hojas de palma, espíritus de la sabana y rituales de iniciación.

 

Frente al mercado había un restaurante, La Chuiterie, bueno había otro, pero inspiraba menos confianza todavía que éste. Los sábados por la noche, aparte de algunos aldeanos,  acudían los cooperantes de ACNUR o de Médicos Sin Fronteras y el bar cobraba una vida diferente. La etnia de los Banga son conocidos por su música, y por supuesto como estaréis imaginando, yo la interpretaba a mi manera realizando esos arrítmicos movimientos imposibles que nadie más entiende. El gintonic, que me desinhibe. También había una mezquita y una iglesia, por entonces convivía en paz, no sé cómo estarán ahora después de que el país quedara envuelto por la violencia entre la coalición musulmana Seleka y las milicias cristianas.

Cada dos domingos venía a oficiar misa el párroco de la localidad de Ouanda Djallé, a más de dos horas de distancia. Era el gran día, las mujeres se arreglaban con coloridos vestidos y los hombres, otro estilo… La misa duraba casi dos horas, pero no recuerdo haber asistido a ninguna celebración tan alegre y bonita. No importaba que la oficiaran en Sangho, el mensaje me llegó  fuerte y claro. Todo el mundo ofrecía de corazón lo poco que tenía, con alegría. Los bailes y los canticos de aquellas misas quedaran para siempre en mi memoria. Que se lo pregunten a aquel grupo que vino conmigo por el norte  de Tanzania…

Por Birao atravesaba la vía principal de comunicación con Sudán, aunque eso no quiere decir que estuviese asfaltada. La ruta pasaba junto al gran baobab, que ejercía además de terminal de pasajeros, justo allí nacía una avenida de enormes mangos que proporcionaban una sombra muy agradable ante el calor aplastante. La carretera llegaba hasta Am Dafok en la frontera con Darfur, de donde además de venir todas las mercancías sudanesas, venían también los males. De vez en cuando íbamos hasta allí, me gustaba mucho el color ocre de la tierra del camino cuando la luz de la mañana inundaba cada rincón. Alguna que otra vez aparecimos por la Reserva Nacional de St Floris, donde dicen que se podía observar a los Cinco Grandes (león, elefante, leopardo, rino y búfalo), aunque yo ya no recuerdo bien si vi uno o ninguno. Los furtivos, que están terminando con esta zona que todavía es Patrimonio de la Humanidad…

Allí, bajo aquel gran baobab, encontré el corazón de África, latiendo con mucha fuerza, y allí quedó una parte del mío. Por eso mi pena cuando un día vino un avión a sacarme, para nunca volver. Y por eso este ataque de nostalgia.

Uno de los lugares que hace volar mi efervescente imaginación, uno de tantos…, es el desierto libio, cuyas arenas se extienden hasta Egipto y Sudán.

A lo largo de los siglos, los únicos que se atrevieron a adentrarse por la inmensidad de aquellos espacios vacíos fueron los mercaderes de esclavos, que en grandes caravanas recorrían la llamada Ruta de los 40 días o Dar el Arba´in. De aquella ruta que unía el Nilo con el mercado de esclavos de El Fasher en Sudán, surgieron muchas leyendas, algunas de las cuales fueron recogidas en el libro “Las Perlas escondidas”. Contaban historias de tres oasis a la deriva, perdidos en aquel inmenso mar de arena, en uno de los cuales se encontraba la ciudad blanca y amurallada de Zerzura que atesoraba en su interior enormes riquezas.

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Leyendas que fueron corroboradas allá por 1835 cuando un pastor de camellos, que tenía una hermosa hija llamada Zoraida pero que no viene al caso por muy mona que fuera, le relató al egiptólogo John Wilkinson la existencia de esos tres oasis misteriosos, y en especial uno llamado Zerzura que se encontraba en la confluencia de tres valles en la meseta de Gilf el Kebir.

Exploraciones posteriores del Príncipe Kemal el Din y otros aventureros consiguieron localizar los oasis de Uweinat y Arkenu, pero el de Zerzura continuaba siendo un misterio.

Aquellas leyendas de oasis, ciudades y tesoros perdidos calaron muy hondo en aventureros, locos y amantes del desierto que la Providencia vino a juntar en 1930 en el Greek Bar de la localidad sudanesa de Wadi Halfa. Allí tras apagar con cerveza la enorme sed acumulada en sus viajes a través del desierto, se conjuraron para encontrar el último oasis, el oasis perdido de Zerzura. Locos aspirantes a tesoros inexistentes…

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Y así comenzó la última gran aventura de la exploración africana, con unas cervezas, unas leyendas y muchas ganas de aventura.

Usaron como base de partida para sus expediciones los lejanos oasis del sur. Recorrieron  el Desierto Negro del oasis de Bahariya y el Blanco de Farafra hasta más al sur del antiguo centro caravanero de Dakhla, allí donde nacen las dunas rojas de Gilf el Kebir. Descansaron en grandes palmerales o bajo la débil sombra de acacias solitarias, acamparon en lugares sin nombre o junto a las ruinas del Valle de las Momias Doradas y atravesaron llanuras del desierto abrasadas por el sol. Siempre intentando desvelar los secretos de esta tierra muerta, perdida y escondida. Cuando el escritor Edward Lear, al que imagino que habréis leído (no como yo), escribió que Egipto es una tierra para aprender del color, seguro que fue porque recorrió ésta mismo zona.

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Allí junto al desierto Blanco también buscaron otra leyenda, el Ejército perdido de Cambises, los 50000 persas que yacen para siempre sepultados por el Harmattan, ese infatigable viento caliente y seco que por aquí se llama Khamsin. Dicen que los djinns, los espíritus malignos del desierto, los transformaron en esas extrañas formaciones que confieren a esta zona un aspecto tan irreal como fantástico. Hay que ir a verlo.

Siguieron buscándolo durante años hasta que el inicio de la II Guerra Mundial hizo que el grupo se separara y combatieran en la misma zona pero en distintos bandos, abandonando la búsqueda del oasis para tiempos mejores. Así los británicos Ralph Bagnold y Patrick Clayton crearon el Long Range Desert Group, unidad encargada de espiar y frenar el avance de Rommel sobre el Cairo y por otro lado, el Conde Almasy (el protagonista de El paciente inglés) se convirtió en espía del Tercer Reich.

Menos mal que el tiempo volvería a juntarles en el desierto, la vida, que da muchas vueltas…

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A pesar de todas las expediciones posteriores, la ubicación del oasis continúa siendo un misterio y al igual que Tombuctú, simbolizan el ideal de la exploración, el espíritu romántico de la aventura.

Pero no hace falta ir hasta Wadi Halfa a iniciar la gran aventura de la vida, cualquier lugar sirve, tan solo basta un buen vino y un mejor amigo (que ninguna locura se inició bebiendo menta poleo) para dejar salir al joven que siempre permanecerá en cada uno de nosotros. Porque nuestro espíritu aventurero es como el acheb, esas semillas que permanecen enterradas durante años bajo la arena del desierto y florecen rápidas con el menor chaparrón, sólo necesitamos regarlo.

Yo nunca he dejado de buscar el oasis perdido de Zerzura. Ni sería la primera vez que una cosa lleva a la otra y unos gin tonics me han llevado a pasear por el palmeral de Dakhla, ver atardecer en el desierto blanco de Farafra o dormir bajo las dunas negras de Bahariya…

Esta vez me voy a despedir con el epitafio encontrado en la tumba de Tutan Khamon: Que tu espíritu viva y permanezca millones de años, sentado con la cara al viento del norte y los ojos llenos de felicidad.

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Una vez más me animo a escribir éste artículo desde el desierto de Ubari, al sur de Libia. Al atardecer me gusta acercarme a las dunas a desconectar del día, y el viento, que me suele traer recuerdos de antiguos amores o viejas historias, hoy me ha traído a la cabeza un sitio muy especial, el Lago Chad.

Recuerdo que la primera vez que supe de éste lugar fue leyendo a Julio Verne. De adolescente, mi belleza oculta pasaba totalmente desapercibida para las chicas, así que consumía los días refugiado en la lectura, devorando sus novelas, soñando sin freno… Lo mismo me acostaba con Miguel Strogoff (en sentido figurado) que me levantaba con la hija del Capitán Grant (unfortunately, mas figurado todavía)

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Pero de entre todas sus aventuras, mi favorita fue aquella en que tres amigos atravesaban África durante Cinco semanas en globo y especialmente cuando eran atacados por los biddiomahs, unos piratas que habitaban en unas islas remotas de un océano en mitad del desierto del Sahara. A mí me sonaba tan fantástico, que decidí que algún día iría allí.

Todo lo que fui leyendo después no hizo sino alimentar mis fantasías, y por tanto, mis ganas de ir. Las crónicas decían que en sus aguas acechaban mil peligros y que sus riberas estaban controladas por un antiguo imperio, tan lejano y desconocido que hasta los mapas lo habían olvidado.

Leyendas que se mantuvieron en la historia, hasta que en 1823 la expedición de Oudney, Clapperton y Dexham, alcanzó sus orillas, y empezaron a desvelarse algunos de sus enigmas. Descubrieron que esas historias de países imposibles, con hipogrifos y ninfas, tribus hostiles o cordilleras inventadas, eran sólo eso, viejas historias… como las mías. Pero el secreto del nacimiento del Níger se mantuvo intacto, pues el único río que allí llegaba era el Chari, más modesto, pero que también ofrecía grandes dosis de belleza y aventuras.

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Por eso recuerdo perfectamente mi entrada en Ndjamena, pues fue tan ansiada como desconcertante. Todavía se oían los disparos de los rebeldes del UFDD, que procedentes de Darfur, habían alcanzado la capital poniendo en jaque al Presidente Deby, pero a mí no se me iba de la cabeza la necesidad de llegar al lago. Menudo comienzo, presagiaba aventuras.

Pese a la situación de seguridad de la capital, seguía abierto Le Carnivore, lugar prohibido, un antro, mi bar…y su música rompía el silencio de la noche como tambores lejanos llamando a la guerra. Allí, mientras bellezas de exageradas pelucas bailaban ritmos africanos con movimientos imposibles de traseros pétreos (imagino), yo apuraba mi gintonic y planeaba mis escapadas. Y el Lago Chad tanto por el extremo norte del Camerún, como por el lado chadiano fue siempre mi principal objetivo.

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Y por fin conseguí llegar, y después, fui varias veces más. El camino atravesaba aldeas escondidas entre acacias retorcidas por el sol, coloridos mercados y rebaños de camellos o cebúes de grandes cuernos.  Llegué incluso más allá, a Mao, la capital de Kanem-Bornu, aquel imperio olvidado de “la parte inútil del Chad” que dirían los franceses, (pero que tanto me atrae). De su pasado esplendor solo queda un sultán y un bullicioso mercado donde acuden Tedas, Kagas y algunos Tubus llegados de las montañas lejanas.

Me encantaba parar durante la ruta en un lugar llamado Dougia. Además de la belleza del paisaje, el lugar proporcionaba reposo y aventura a partes iguales. Parábamos a comer junto al rio, cerca de una familia de hipopótamos, que nos vigilaba o pasaba, ya no sé. Durante la comida nos divertíamos defendiendo cada miga de pan de los ataques coordinados de dos grullas coronadas y varias decenas de cercopitecos, esos monos descarados que se encuentran en cada rincón africano. Eran días increíbles. Desde allí se podía remontar el rio en pinaza hasta el lago, recorriendo bancos de arena, aldeas de pescadores, y palmerales, acompañados por la presencia de hipopótamos, cocodrilos y bandadas de abejarucos rojos que por centenares volaban sobre nosotros.

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Y entonces llegas al lago y, hasta yo que tengo la misma sensibilidad que un bistec a la plancha, rompes a llorar no sabes si de la emoción o sobrecogido por la belleza del paisaje. No lo puedo explicar, mejor venid a verlo, pero rápido que dicen que en 20 años desaparecerá. Entonces esto será la crónica de un lugar inventado. Y entonces lloraré, de pena.

En fin, viejas historia… el Salat al Maghreb, la llamada a la oración del atardecer, y el rugido de mis tripas llamando a la cena me han hecho regresar al mundo de los despiertos, aunque sigo pensando en los aventureros de aquella expedición. Me emociona saber que pasaron por aquí  siguiendo rumbo sur para atravesar las montañas del Tibesti y el mar de dunas de Yourab antes de alcanzar el imperio de Bornu. Los tres murieron en África, Oudney murió allí mismo, derrotado por el misterio que quería desvelar, Clapperton siguió obsesionado con el Níger y encontró la muerte buscando su desembocadura y Dexham falleció en Sierra Leona. A los tres se los llevó la misma enfermedad. Dicen que fue disentería. Pero yo sé que fue otra cosa, yo padezco el mismo mal, se llama África.

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Cuenta la leyenda que para frenar los deseos de Mussolini de invadir Etiopía, le propusieron ocupar el Desierto etíope del Ogadén, una parte del desierto del Danakil y ampliar sus territorios por el de Libia, éste contestó airado que él “no era un coleccionista de desiertos”.

Bueno, no sé que hay de malo en eso, yo sí que los colecciono, y los quiero ver todos, desde el mar de dunas del azefal, al erg de Bilma o las negras dunas de Qattara. Todos. Tengo en casa una moleskine que es mi perdición, en ella apunto cada desierto que aparece por mi vida, y que, tras ocupar una página de mi agenda pasa a convertirse en mi siguiente obsesión. Y  entonces no puedo parar hasta que voy a él. Recuerdo que en la primera página de aquella libreta anoté las dunas rojas del Achkar, después le siguieron las negras cumbres del Tibesti, el Amukruz y sus bosques de acacias, las ondulantes dunas del Amatlich, o las  coloridas lagunas de Ounianga donde descansaban del largo viaje derrotadas garzas y flamencos…fui anotando tantos lugares por miedo a que el tiempo borre de mi memoria aquellos sueños que tuve.

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Por eso me vine al sur de Libia, junto a las montañas de Akakus, persiguiendo aquella obsesión, encantado de disfrutar de todo aquello que no quiso el Duce. Con ganas de escaparme al otro lado de la duna, a darme un baño en los lagos de Ubari, uno de los oasis más bonitos del mundo o ver la ruinas de Germa, la capital de los Garamantes, el reino de las arenas.

Y por eso acepté la invitación de un amigo que me pidió que le acompañara a Yibuti, bueno, por eso y porque nunca he rehusado una pelea, jamás le he hecho la cobra a una chica, ni he dicho que no a una aventura… (ni a nada que sea por la patilla). Así que me fui para allá, para poder cerrar otra hoja pendiente de mi libreta que quedó abierta en mi última visita a éste país. Y es que allí, en la otra punta de Yibuti se encuentra uno de los lugares rechazados en aquél famoso trato, y en pleno desierto del Danakil, el Lago Abbe, que era justo lo que tenía yo en la cabeza y que quería contaros hoy.

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El viaje no es fácil, el paisaje es duro, la carretera atraviesa los desiertos de Gran y Pequeño Bara antes de desaparecer en Dikhil, la última aldea, el calor es extremo, la comida escasa y el alojamiento nulo, pero como dijo Livingstone, en esta expedición, no todo son placeres…

El único placer es el de la vista, recuerdo que describí así mi primera visión del lugar: El espectáculo te paraliza, te llena, te emociona. Quieres pararte a contemplarlo y a la vez quieres recorrerlo entero. Lo quieres todo. Te alegras de que el lugar sea tan remoto, duro y desconocido que sea sólo para ti… pero a la vez quieres compartirlo. (Ya no recuerdo si había bebido cuando escribí esto, pero no lo descarto)

El paisaje era increíble, había un desierto, blanco, y un volcán, un lago azul, y centenares de chimeneas humeantes, y caravanas de camellos y miles de flamencos rosas en el lago, y avestruces, hienas, facoceros, gacelas…. Y aquel guía, Jacob, que subí en Dikhil para guiarme por entre aquel laberinto de chimeneas. Nadie más. Sólo los dos, y algunos pastores Afar, éste es su territorio, gente dura hasta en el trato, como el terreno al que se apegan. Antiguamente eran temidos por aquella costumbre de cortar los testículos de sus enemigos y colgárselos del cuello. Parece que ya han dejado tan feo hábito, o por lo menos a mí no me dejaron “nenuco”, pero lo cierto es que por si acaso no dormí a pierna suelta.

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Acampamos allí mismo entre las rocas, no pensaba marcharme, hicimos un fuego, hablamos de la vida, mascamos qat y bebimos gintonics, un clásico. Al rato, caía adormilado y solo se oía el crepitar del fuego y las risas de las hienas que merodeaban por los alrededores

Mientras caía, imaginé como se debió sentir Rimbaud, el poeta maldito convertido en aventurero cuando llegó allí montado sobre sus zapatos de suelas de viento. Él fue el primero en verlo. Después vino Henry de Monfreid capitán de velero en el mar Rojo, traficante de armas y hachís, pescador de perlas, cazador en Kenia, fotógrafo, pintor…una vida intensa.  Mucho más tarde llegué yo, pero entre medias no hubo muchos más. Y así se mantiene, eterno, tal como lo vió Rimbaud, esperando a que llegues tú y empieces tu colección.

 

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Desde tiempos de los fenicios y hasta que no llegó el portugués Gil de Eanes y se atrevió a doblar el cabo Bojador, éste remoto lugar de África fue considerado el símbolo de lo desconocido, el lugar del Mare Tenebrosum tras el cual era imposible aventurarse sin la certeza de no regresar jamás. Tampoco contribuyeron a las exploraciones las extrañas crónicas del periplo de Hanon, ni mucho menos que Ptolomeo bautizara a este lugar del mapa como “el cabo del miedo”.

Qué equivocados estaban Herodoto y aquellos otros que afirmaban que más allá de esas tierras no había nada, pues el calor era tan extremo que la vida era imposible y cualquier hombre que osara internarse por allí se volvería negro ipso facto (en mi caso tardaría un pelín más, atravesando previamente todas las tonalidades de rosa). Pero claro, lo decían en un perfecto latinajo, plus ultra nihil est (mas allá no hay nada), y sonaba tan verídico que a cualquiera se le ocurría ponerlo en duda.

 

Pues eso, que gracias a Dios, se equivocaban, porque si tan sólo hubieran seguido unas millas más con rumbo sur, habrían encontrado uno de los lugares más increíbles que conozco, Dakhla.

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Lo siento por ellos, se lo perdieron, no tuvieron la suerte de ver la entrada por aquel istmo de arena blanca, mar turquesa y roca negra, la playa de Duna Blanca, las colonias de flamencos y la isla del Dragón. Se perdieron recorrer una costa abrupta azotada por el irifi, ese viento de poniente que de tanto azotarme me ha hecho tan independiente. No pudieron probar aquel pincho de gacela dorca, recién cobrada entre las dunas que me ofreció un amigo saharaui, o saborear unas bailas en el restaurante Samarkanda, mientras desde el otro lado de la ría y como canto de sirena, se siente la llamada de El Aargub, atrapado por el desierto. Tampoco pudieron acercarse a la Punta de la Sarga, divisar orcas y con suerte ver alguna de las ultimas focas monjes. Todo eso se perdieron…

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Así es Dakhla, “la entrada”, la puerta del paraíso, aunque para mí siempre será mi querida Villa Cisneros, nuestro destacamento más antiguo en el Sahara Occidental, desde 1884 que lo fundara el africanista Emilio Bonelli. Siempre se me ha representado como lugar de encuentro de legionarios, meharistas, saharauis, pescadores, paracas, buscadores de sueños o aventuras, gente dura, con mil historias escritas sobre una piel curtida por el sol y el siroco. Hoy viene gente diferente, pero siempre aventureros, y nadie sale de allí sin idea de regresar.

Yo soy uno de ellos, hace mucho tiempo que escogí ser como Gil de Eanes y atravesé el Cabo Bojador, y fui descubriendo África, en busca del oasis perdido de Zerzura o de cualquier otra aventura que sonara a locura.

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Por el camino fui encontrando amigos entre los peul, fulanis, tubus, tuareg, masais…escalé volcanes, y atravesé desiertos, pude ver las ultimas caravanas de camellos de los afar y decenas de elefantes por carreteras olvidadas de Camerún, incluso vi cazar al caracal…Recuerdo haber rezado a Dios ante las dunas del Tanezrouft y al diablo en los peores garitos de Bamako. He fumado hierbas extrañas con los hadzabe, bebido Konyagui con otros amigos guías en el corazón del Serengeti y he bailado mbalax en las noches de Dakar (con ese estilo mío tan personal, nunca bien comprendido…). Hubo noches que dormí en solitario en la duna de Chinghetti y otras en las que me emborraché con una compañía de la legión extranjera francesa en una aldea perdida de la Vakagá, mientras cantábamos aquella canción…Le Diable marche avec nous. Esa canción tan africana, y que necesito escuchar cuando me invade la nostalgia de antiguos camaradas y aventuras pasadas.

En fin, que durante estos años he visto golpes de estado, vivido revoluciones, me han disparado, detenido, timado, amenazado, emocionado, enamorado y hasta seducido (bueno de esto último no recuerdo bien si me ha pasado una o ninguna vez).Y por eso justo aquí, en Dakhla, donde hace tantísimos años empezó mi aventura es donde empiezo ésta otra, la de contaros el África que he visto, espero que os guste lo que iréis descubriendo.

Solo os pido una cosa, no hagáis mucho caso de las ideas de Herodoto y atreveros a cruzar vosotros también el cabo del miedo.

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